Maurice Leblanc (Ruan, 1864 – Perpiñán, 1941) fue un novelista francés, creador de Arsène Lupin, el «caballero ladrón» que se convirtió en el gran mito popular de las letras francesas del siglo XX y en la respuesta gala a Sherlock Holmes. Veinte libros de la serie, traducciones a decenas de lenguas y una descendencia que va del cine mudo al anime japonés y a la serie global de Netflix Lupin (2021) sostienen una vigencia que pocos autores populares han conservado durante más de un siglo.
Hijo de un armador normando, Leblanc abandonó el negocio familiar por el periodismo y la literatura en París, donde publicó novelas psicológicas de corte flaubertiano que la crítica estimó y el público ignoró: admirador de Maupassant, aspiraba a la literatura «seria». El destino decidió otra cosa: en 1905, el editor Pierre Lafitte le encargó un relato policiaco para el primer número de su revista Je sais tout, buscando un Holmes francés. «La detención de Arsène Lupin» gustó tanto que el personaje devoró al autor.
La serie encadenó cimas durante tres décadas: las colecciones de relatos (Arsène Lupin, caballero ladrón, 1907; Las ocho campanadas del reloj, 1923), el duelo paródico Arsène Lupin contra Herlock Sholmès (1908) —con el nombre anagramado tras la protesta de Conan Doyle—, y las grandes novelas: La aguja hueca (1909), que convirtió el acantilado de Étretat en mito nacional; 813 (1910), su cumbre trágica; El tapón de cristal (1912); La condesa de Cagliostro (1924), la precuela que dio juventud al héroe. Lupin —seductor, patriota, justiciero de guante blanco, maestro del disfraz— encarnó el ingenio francés de la Belle Époque y sobrevivió a ella.
Leblanc vivió la paradoja clásica del creador de un mito: fortuna, Legión de Honor y la queja perpetua de ser «la sombra de Lupin». Escribió hasta los años treinta —dejó inédita una última novela, El último amor de Arsène Lupin, publicada solo en 2012— y murió en Perpiñán en 1941, refugiado de la guerra. Su casa de Étretat, el Clos Lupin, es hoy museo del personaje: el ladrón acabó quedándose, como siempre, con la casa del autor.
El estilo narrativo de Maurice Leblanc se define por una voz omnisciente en tercera persona de una agilidad cinematográfica, que se desliza con fluidez hacia la focalización interna de sus protagonistas, privilegiando la perspectiva astuta, irónica y a veces vulnerable de su creación central, Arsène Lupin, y sus diversos alter egos. Este narrador, a menudo cómplice y confidencial, teje un tono característico que funde el suspense elegante de la intriga detectivesca con una ironía sutil, socarrona y frecuentemente autoparódica, creando una atmósfera única donde el crimen se transforma en un esp…
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