Resumen de la obra
Una de las últimas novelas de la serie arranca con su enigma inscrito en el título: dos mujeres que quizá sean una —una gran dama muerta años atrás en circunstancias trágicas y una humilde joven del presente, idénticas hasta la confusión—, y una sonrisa que los testigos reconocen en ambas. Alrededor de ese doble femenino, marca de fábrica del último Leblanc, se organiza una intriga de crimen antiguo y peligro presente: un asesinato sin resolver, una fortuna en juego, una banda dispuesta a matar de nuevo y una muchacha perseguida que no comprende por qué su rostro despierta codicia y espanto.
El argumento
El protagonista es, naturalmente, Arsène Lupin, sexagenario ya en la cronología externa de la serie pero intacto en la interna, operando bajo una de sus identidades tranquilas —el gran señor ocioso que se aburre— hasta que el misterio de la mujer de las dos sonrisas lo captura. Frente a él, el dispositivo habitual de la etapa final: una organización criminal con respetables fachadas, la policía oficial —con el marqués d'Erlemont y el obstinado inspector Gorgeret en el reparto— corriendo siempre una pista por detrás, y la joven Antonine como centro amenazado del tablero.
Leblanc administra la intriga con su mecánica probada: identidades dudosas, un secreto del pasado que explica el presente, persecuciones entre París y la provincia, y el juego del gato y el ratón entre Lupin y un adversario que ignora contra quién juega. La resolución del enigma central —qué une de verdad a las dos mujeres de la sonrisa idéntica— pertenece a la familia de soluciones sentimentales del último Leblanc: detrás del misterio criminal hay una historia de amor y de injusticia antigua que el héroe repara a su manera, castigando al culpable por procedimientos ajenos al código y retirándose después, como siempre, sin cobrar en nada que no sea el juego mismo.
Temas y sentido
Publicada en 1933 (Pierre Lafitte), La mujer de las dos sonrisas pertenece al ciclo de cierre de la serie, cuando Leblanc, septuagenario, espaciaba ya las entregas —tras ella solo vendrían Victor, de la Brigada Mundana (1933), La Cagliostro se venga (1935) y el inacabado Último amor—. Es un Lupin de fórmula, y de fórmula bien ejecutada: el doble femenino como enigma, el crimen del pasado como motor y el héroe como justiciero galante son los ingredientes que el autor llevaba una década refinando.
Para el lector que recorre la serie completa, su interés es el del crepúsculo: ver al personaje, nacido con el siglo, moverse por la Francia de los años treinta —automóviles, teléfonos, policía moderna— con las maneras intactas de la Belle Époque. La crítica de la serie la sitúa en la producción menor del autor, sin el brillo de las cumbres pero sin desfallecimiento del oficio: artesanía tardía de uno de los grandes constructores de intrigas de la literatura popular, y penúltima estación del ladrón más longevo del folletín francés.