Resumen de la obra
París, en plena Gran Guerra. El capitán Patrice Belval, mutilado de guerra con una pierna de madera y un humor indestructible, está enamorado de una enfermera a la que todos llaman Mamá Coralie. Alrededor de ambos se cierra una conspiración que viene de lejos: atentados, un simbolismo obsesivo —una amatista, medallones con los retratos de ambos que ninguno de los dos se explica, la cifra de un pasado que los une sin que lo sepan— y, en el fondo del pozo, un secreto de guerra de primer orden: trescientos millones de francos en oro, el «triángulo de oro», sustraídos a Francia en el momento en que más los necesita.
El argumento
La primera mitad de la novela es un thriller de amenaza creciente sin Lupin a la vista: Belval y Coralie descubren que sus destinos fueron atados una generación atrás por una historia de amor y crimen entre sus padres, y que el hombre que destruyó a aquellos —un villano de crueldad minuciosa que se mueve entre la respetabilidad y el espionaje— ha decidido completar el trabajo con los hijos. La pareja cae de trampa en trampa hasta el episodio más recordado del libro: encerrados en un pabellón sellado, condenados a una muerte lenta cuidadosamente escenografiada por su verdugo.
Cuando todo está perdido, Belval juega una carta legendaria: hace llegar un mensaje a don Luis Perenna —el nombre español bajo el que Arsène Lupin, oficialmente muerto y patrióticamente reciclado, sirve a Francia desde la sombra—. La entrada de Lupin en el último tercio cambia el género del libro: del thriller de víctimas pasamos al recital del maestro, que en pocos días desmonta la conspiración, localiza el oro escondido —la solución del escondite, monumental y a la vista de todo París, es uno de los hallazgos más celebrados de Leblanc— y ajusta cuentas con el villano con su mezcla habitual de justicia expeditiva y teatro.
Temas y sentido
El triángulo de oro, publicado por entregas en Le Journal en 1917 y en volumen en 1918, pertenece al ciclo de guerra de la serie: las novelas en que Leblanc puso a su ladrón al servicio de la nación. El oro escondido no es aquí un tesoro de leyenda como el de La aguja hueca, sino economía de guerra: la sangría financiera de Francia convertida en materia novelesca en tiempo real, con el enemigo exterior e interior como telón. El patriotismo del libro es el de su momento —explícito, movilizado, sin ironía—, y leerlo hoy es leer también un documento del ánimo francés de 1917.
Dentro de la serie, la novela consagra la fórmula del «Lupin providencial»: el héroe ya no protagoniza la historia desde el principio, sino que entra en ella como fuerza de resolución, casi como número musical esperado —procedimiento que Leblanc repetiría y que administra aquí con oficio, haciendo desear su aparición durante doscientas páginas—. La pareja Belval-Coralie aporta el registro sentimental y folletinesco, con su secreto de familia y su amor amenazado, y el villano, uno de los más sádicos de Leblanc, el contrapeso de sombra. No alcanza la perfección de mecanismo de El tapón de cristal ni la hondura de 813 —la crítica de la serie lo sitúa en su segunda fila, la de los Lupin de oficio espléndido—, pero contiene escenas mayores del canon y una de las soluciones de escondite más elegantes de toda la saga.