Resumen de la obra
En una calle modesta de París abre sus puertas una agencia de detectives con un reclamo imposible: «Agencia Barnett y Cía. Informaciones gratuitas». Su único empleado, Jim Barnett, un hombre de aspecto anticuado y elocuencia irresistible, resuelve los casos que la policía no sabe resolver y no cobra jamás a sus clientes. El truco, que el lector descubre enseguida y las víctimas demasiado tarde, es la premisa cómica del libro: Barnett se paga solo, discretamente, con el dinero de los culpables —y a veces con el de los clientes que resultan menos inocentes de lo que parecían—. Bajo el disfraz de Barnett, naturalmente, opera Arsène Lupin.
Las aventuras
El volumen, publicado en 1928, reúne los relatos aparecidos por entregas en la prensa francesa, construidos sobre un dúo de comedia perfecto: Barnett y el inspector Béchoux, policía profesional, vanidoso y fundamentalmente honrado, que recurre una y otra vez a la agencia gratuita porque necesita sus resultados, sabiendo —y sin poder probarlo nunca— que cada caso resuelto por Barnett termina con un culpable castigado, un misterio aclarado y una suma importante volatilizada. La relación entre ambos, mezcla de sociedad, chantaje amistoso y exasperación creciente, es el hilo cómico que cose los relatos: Béchoux jura cada vez no volver, y cada nuevo caso imposible lo devuelve a la puerta de la agencia.
Los casos siguen el molde del relato de detección breve que Leblanc dominaba desde Las ocho campanadas del reloj: enigmas domésticos y patrimoniales —herencias, robos imposibles, estafas elegantes, secretos de familia— resueltos por observación e ingenio, con la vuelta de tuerca final del cobro clandestino. La justicia de Barnett es la de Lupin de siempre: más equitativa que la legal y siempre rentable; los perjudicados por sus honorarios invisibles son invariablemente quienes menos simpatía merecen, de modo que el lector asiste a cada esquilmo con la conciencia tranquila.
Temas y sentido
La agencia Barnett y Compañía es la entrega más abiertamente cómica de la serie madura: Leblanc, que había pasado a su héroe por la tragedia (813), la guerra y el romanticismo (La condesa de Cagliostro), lo devuelve aquí a la ligereza de los orígenes, pero con un formato nuevo: la parodia del despacho de detective, es decir, del género que Conan Doyle había institucionalizado. El ladrón disfrazado de detective que cobra robando es una inversión maliciosa del modelo Holmes —consultorio, cliente, deducción— y a la vez un autorretrato del personaje en su madurez: Lupin ya no necesita robar, pero no sabe no hacerlo, y el juego se ha vuelto su única fidelidad.
Dentro del canon, el libro pertenece a la serie ligera: no hay tesoro histórico ni tragedia, sino artesanía de relojero y humor sostenido. Los personajes de Barnett y Béchoux tuvieron vida posterior en la obra de Leblanc —el inspector reaparece en novelas siguientes—, y el volumen funciona hoy como el mejor ejemplo del Lupin de comedia: la puerta de entrada ideal para el lector que quiera conocer al personaje en su registro más puro de juego, sin la maquinaria de las grandes novelas.