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Ínsula Singularia

Obra analizada

El ángel que nos mira

Título original: Look Homeward, Angel

de Thomas Wolfe

1929novela226.926 palabras analizadas

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«Una piedra, una hoja, una puerta no encontrada; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todos los rostros olvidados...». Con ese proemio salmódico —una de las oberturas más famosas de la novela americana— comienza El ángel que nos mira, el debut torrencial con que Thomas Wolfe, a los veintiocho años, convirtió su infancia y juventud en epopeya. El subtítulo declara el género: «historia de una vida enterrada»; la vida es la suya, apenas disfrazada.

El argumento

La novela narra los primeros veinte años de Eugene Gant —Wolfe— en Altamont, trasunto exacto de Asheville, Carolina del Norte, entre 1900 y 1920. Pero el verdadero protagonista es la familia entera, uno de los clanes más vívidos de la literatura americana: W. O. Gant, el padre, cantero de lápidas, borracho ciclotímico y retórico torrencial que declama Shakespeare a gritos por las calles y cuya tienda guarda el ángel de mármol de Carrara del título —la estatua que no talló y no venderá, emblema de su vocación artística frustrada—; Eliza, la madre, de codicia inmobiliaria insaciable, que convierte el hogar en pensión de huéspedes («Dixieland») y disuelve a la familia en su negocio; y los hermanos: Ben, el más querible, condenado al trabajo y a la amargura; Steve, el calavera; Helen, Luke, Grover, el gemelo muerto en la infancia.

Eugene crece en ese caos vociferante como el raro de la casa: el lector insaciable, el niño de imaginación desmesurada al que la familia explota repartiendo periódicos y exhibe como promesa. La novela sigue sus estaciones —la escuela privada de los Leonard, donde Margaret Leonard le abre la literatura; el despertar sexual; los veranos de trabajo; la universidad estatal en Pulpit Hill, con sus novatadas y sus primeros triunfos— con un método único: cada episodio menor se narra con máxima intensidad lírica, porque la tesis del libro es que ninguna vida es menor vista desde dentro.

El clímax es la muerte de Ben, devorado por la gripe de 1918 en un capítulo célebre —la familia reunida en torno a la agonía, entre rencores contables y amor inarticulado— que la crítica cuenta entre las grandes escenas de muerte de la novela moderna. Liberado por esa pérdida, Eugene se despide: la conversación final con el fantasma de Ben en la plaza, junto al ángel de piedra, cierra el libro con la partida del héroe hacia el norte, el tren y el futuro: la «puerta no encontrada» que seguirá buscando el resto de la obra de Wolfe.

Temas y sentido

El ángel que nos mira es la novela de formación americana en su versión máxima: la provincia como cárcel y como mina de oro, la familia como tragedia cómica, el hambre —palabra clave de Wolfe— de mundo, de libros, de experiencia. Su materia es la memoria total: Wolfe quiso guardar cada olor, cada tren nocturno, cada voz de su ciudad, y su prosa —rapsódica, enumerativa, desmedida por programa— es el instrumento de ese rescate; los pasajes líricos («oh, perdido, y por el viento afligido, fantasma, vuelve») funcionan como estribillos de un réquiem por el tiempo. El libro escandalizó a Asheville, que se reconoció retratada casa por casa, y fundó de una vez el mito Wolfe: el gigante que quiso meter América entera en la novela de su vida. Todo lo que escribió después sale de esta puerta.

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