«Grande fue el año y terrible el año 1918 de la era cristiana, segundo de la revolución». Así, con solemnidad de crónica bíblica, abre Bulgákov su primera novela: la historia de una familia y de una ciudad en el invierno en que el mundo antiguo se acabó. La ciudad es Kiev —llamada en el libro simplemente «la Ciudad»—, y la familia son los Turbín: Alexéi, médico militar de veintiocho años; Elena, la hermana de oro; y Nikolka, el cadete de diecisiete. Acaban de enterrar a su madre, y el piso familiar del número 13 de la bajada de San Alexéi —las estufas encendidas, el reloj que toca gavota, los visillos color crema, los libros de la infancia— es la última isla caliente de un mundo que se hunde.
El argumento
La novela cubre unas pocas semanas del invierno de 1918-1919, el momento más grotesco de la guerra civil en Ucrania: los alemanes que ocupaban el país se retiran tras su derrota en la Gran Guerra; el hetman Skoropadski, su títere, se dispone a huir; sobre la Ciudad avanza el ejército campesino de Petliura, el atamán nacionalista, y en el horizonte esperan los bolcheviques. Los oficiales y cadetes rusos de la Ciudad —los restos de la «guardia blanca»— se organizan para una defensa que sus propios jefes han decidido ya abandonar.
Bulgákov narra la debacle con una mezcla inédita de épica doméstica y sátira feroz. La traición está arriba: el hetman escapa disfrazado de mayor alemán; el marido de Elena, el arribista Talberg, huye en el mismo tren dejando a su mujer; los comandantes disuelven a sus cadetes cuando ya es tarde. El heroísmo está abajo y es inútil: el coronel Nai-Turs, uno de los grandes personajes del libro, muere cubriendo con una ametralladora la retirada de sus muchachos, y Nikolka, testigo de esa muerte, arriesgará la vida por darle sepultura. Alexéi, herido en la huida, es salvado por una desconocida, Yulia, en una secuencia de fiebre y delirio donde la novela se abre a lo visionario: los sueños proféticos —el sargento Zhilin ante un Dios que acoge por igual a rojos y blancos, porque «para mí sois todos iguales, caídos en el campo de batalla»— elevan la crónica a meditación sobre la historia.
La Ciudad cae; Petliura gobierna cuarenta y siete días de pogromos y requisas; y cuando su ejército huye a su vez ante los bolcheviques, la novela se cierra como empezó: con los Turbín y sus amigos alrededor de la mesa, el piso intacto como un arca, y las estrellas —la Venus vespertina y el Marte rojo— brillando sobre todos, indiferentes. «Todo pasará. Los sufrimientos, los tormentos, la sangre, el hambre y la peste... ¿Por qué no queremos mirar las estrellas?».
Temas y sentido
La guardia blanca es el réquiem de Bulgákov por su propio mundo: la intelligentsia rusa de Kiev, su ciudad natal, retratada sin idealización —cobardes y traidores abundan— pero con una piedad que la literatura soviética tenía prohibida: los vencidos de la revolución como seres humanos, no como caricaturas de clase. La casa como valor supremo —las estufas, los libros, la vajilla: la civilización doméstica frente al huracán— es el corazón moral del libro, y su herencia declarada es Tolstói: la familia en la historia, Guerra y paz en escala de piso burgués. Primera piedra del universo bulgakoviano, la novela contiene ya su mezcla maestra: crónica exacta, farsa, sueño y compasión.