L'Amour en visites (1898), traducido al español como El amor de visita, es la obra más extraña y personal del periodo intermedio de Alfred Jarry: un libro estructurado como una serie de «visitas» amorosas —once capítulos, once encuentros— en el que un joven llamado Lucien recorre las estaciones del amor de su tiempo como quien cumple un calendario social de pesadilla. Publicado dos años después del escándalo de Ubú rey y escrito en parte por encargo alimenticio de un editor de literatura galante, el libro desborda inmediatamente el molde: donde el editor esperaba un catálogo erótico convencional, Jarry entregó una autobiografía cifrada y una demolición del amor burgués.
El recorrido
Las visitas de Lucien componen una educación sentimental en clave de farsa amarga. Visita a la cortesana, a la mujer casada adúltera, a la prometida burguesa, a la prima, a la «vieja dama» —capítulo de crueldad memorable—, a la musa; los diálogos, construidos con los registros paródicos que Jarry dominaba como nadie (la cursilería del vodevil, la retórica del folletín sentimental, el lenguaje devoto), van vaciando una a una las formas socialmente admitidas del amor, mostradas como teatro, comercio o malentendido. El humor es el de Jarry en estado puro: la lógica llevada con cara seria hasta el disparate, la obscenidad tratada con etiqueta de salón.
Pero el libro guarda dos capítulos que lo elevan de la sátira galante a otra cosa. En «Chez Manette», la visita a la criada bretona, la crítica ha reconocido el material autobiográfico más directo que Jarry publicó nunca. Y sobre todo, la visita undécima, «Chez la Muse» —el encuentro del poeta con su musa—, abandona por completo la farsa: es una prosa visionaria y desesperada sobre la vocación literaria como posesión y condena, considerada una de las páginas mayores de su autor. El volumen se cierra con un apéndice teatral ubuesco («El amor en visitas de Ubú»), que devuelve el conjunto a la órbita del personaje que devoraba ya la vida de su creador.
Temas y sentido
El amor de visita pertenece a la constelación amorosa de Jarry junto a El amor absoluto (1899) y prepara El supermacho (1902): tres tratamientos del mismo problema —¿qué es el amor para una inteligencia que no puede dejar de ver su mecanismo?— en tres registros: la sátira social, el misticismo blasfemo y la ciencia ficción patafísica. Aquí el método es el inventario: el amor «de visita», es decir, domesticado, codificado, con horario, es diseccionado hasta mostrar que ninguna de sus formas resiste la mirada. La misoginia aparente del libro —real en su superficie, como en casi todo Jarry— envuelve algo más íntimo: el desajuste radical de su autor, célibe legendario, con todo el sistema del deseo de su época.
Para el lector actual, el libro es la puerta lateral perfecta al Jarry no teatral: menos citado que Ubú y menos mitificado que El supermacho, contiene en pocas páginas todos sus registros —la parodia, la obscenidad erudita, la crueldad, y esos dos o tres momentos de sinceridad vertiginosa que explican por qué los surrealistas lo adoraron—. Una rareza mayor del fin de siglo francés.