Kim (1901) es la única gran novela de Kipling y su despedida literaria de la India: la escribió en Inglaterra, a lo largo de varios años y con la ayuda memoriosa de su padre, John Lockwood Kipling, conservador del museo de Lahore que aparece retratado en el primer capítulo. Se publicó por entregas en 1900-1901 y en libro en octubre de 1901.
Kimball O'Hara, «Kim», es un huérfano irlandés que vive como un pilluelo nativo en las calles de Lahore: moreno, políglota, conocido como «Amigo de todo el Mundo». Su vida cambia cuando conoce a un lama tibetano que busca el Río de la Flecha, cuyas aguas lavan todo pecado, y se convierte en su chela (discípulo), mendigando para él por el Grand Trunk Road, la gran carretera que es el escenario coral del libro. En paralelo, Kim lleva un mensaje cifrado para Mahbub Alí, tratante de caballos afgano y agente del servicio secreto británico: sin saberlo, ha empezado a jugar el «Gran Juego», el pulso de espionaje entre Gran Bretaña y Rusia por el control de Asia Central. Cuando el regimiento de su padre lo identifica por los documentos que lleva al cuello, Kim es escolarizado a la fuerza en San Javier; el lama, en un gesto que sella el vínculo entre ambos, paga su educación. Durante las vacaciones, el muchacho se adiestra en el oficio del espionaje con Lurgan Sahib, joyero e hipnotizador de Simla, y con el babu bengalí Hurree Chunder Mookerjee, uno de los grandes personajes cómicos y heroicos de la novela. La trama culmina en el Himalaya: acompañando al lama en su peregrinación, Kim intercepta los documentos de dos agentes rusos que exploran los pasos del norte, a costa de una crisis física y espiritual. La novela se cierra con una doble consumación deliberadamente abierta: el lama encuentra su Río y ofrece a su discípulo la salvación ganada, mientras el Gran Juego reclama al recién estrenado agente; a la pregunta que vertebra el libro —«¿quién es Kim?»— el final no responde.
La novela avanza como su propio escenario, la Grand Trunk Road: por acumulación de encuentros. La vieja dama de Kulu que adopta a la pareja de peregrinos, la mujer de Shamlegh que desprecia a los sahibs, los soldados, sacerdotes, prestamistas y faquires que suben y bajan del relato componen un censo humano que Kipling maneja sin condescendencia, en un inglés que transparenta los giros del urdu y del hindi. El humor —la vanidad de Kim, la erudición pedante y valerosa del babu, los regateos del afgano— equilibra en todo momento la corriente mística del lama.
Más que la trama de espías, lo que ha hecho perdurar a Kim es su textura: el retrato más rico, afectuoso y sensorial de la India que haya dado la literatura inglesa —bazares, trenes, castas, lenguas y religiones en fricción constante— y la ternura sin sentimentalismo del vínculo entre el niño espía y el santo desapegado del mundo, dos formas opuestas de estar en la vida que la novela se niega a jerarquizar. Esa tensión entre acción y contemplación, entre pertenecer a todos los mundos y a ninguno, convierte el libro de aventuras en una meditación sobre la identidad.