El libro de la selva (1894) es una colección de siete relatos, cada uno seguido de una canción o balada, que Kipling escribió en su casa de Vermont durante los inviernos de 1892-1894, recién nacida su hija Josephine, a partir de sus recuerdos y lecturas de la India donde había nacido y trabajado. Publicados primero en revistas con ilustraciones —algunas de su padre, John Lockwood Kipling—, los cuentos se recogieron en libro en 1894 y tuvieron continuación inmediata en El segundo libro de la selva (1895), con el que forman una unidad.
Los tres primeros relatos cuentan la historia que ha hecho universal al libro: la de Mowgli, el «cachorro de hombre». En «Los hermanos de Mowgli», un niño perdido llega al cubil de una manada de lobos de las colinas de Seeonee perseguido por el tigre cojo Shere Khan; adoptado por mamá Loba y aceptado en el Consejo de la Roca gracias a la fianza del oso Baloo, maestro de la Ley de la Selva, y de la pantera negra Bagheera, crece como un lobo hasta que la política de la manada y el odio del tigre lo obligan a robar la «Flor Roja» —el fuego— y a marcharse con los hombres. «La caza de Kaa» retrocede a su educación: secuestrado por el pueblo sin ley de los monos, los Bandar-log, es rescatado por Baloo, Bagheera y la pitón Kaa en las Moradas Frías, una ciudad en ruinas. En «¡Tigre! ¡Tigre!», adoptado por una aldea humana y convertido en pastor de búfalos, Mowgli ejecuta su venganza: hace estampar la manada sobre Shere Khan y tiende su piel sobre la Roca del Consejo, pero, expulsado también por los hombres como brujo, queda entre dos mundos, la herida que da al ciclo su resonancia adulta. Completan el volumen cuatro relatos independientes: «La foca blanca», odisea ártica de Kotick en busca de un refugio sin cazadores; «Rikki-tikki-tavi», el duelo de la mangosta doméstica contra las cobras Nag y Nagaina, quizá el cuento más perfecto de Kipling; «Toomai de los elefantes», el niño que presencia la danza secreta de los elefantes; y «Los servidores de Su Majestad», sátira militar contada por los animales de un campamento del ejército indio.
Las canciones que cierran cada relato —el «Canto de viaje» de los Bandar-log, la nana de la foca, el «Chil's Song»— no son adorno: Kipling, poeta antes que narrador para muchos de sus críticos, las usa para dar a cada pueblo animal su voz ritual, y algunas, como la «Ley de la Selva» versificada del segundo volumen, se citan desde hace más de un siglo como poesía gnómica por derecho propio.
El hilo que cose el libro es la Ley de la Selva: un orden no escrito de obligaciones mutuas que Kipling opone tanto al caos parlanchín de los Bandar-log como a la crueldad del tigre. Fábula sobre la educación, la pertenencia y la identidad dividida —Mowgli, como su autor, no es del todo de ningún mundo—, el libro funciona simultáneamente como aventura infantil y como mito moderno, y esa doble entrada explica su permanencia.