En la posada del Almirante Benbow, en la costa inglesa del siglo XVIII, se hospeda un viejo marino aterrador, el capitán Billy Bones, que paga por vigilar el horizonte y canta la canción que el libro dejó para siempre en el idioma de la aventura: «¡Quince hombres sobre el cofre del muerto, yo-jo-jo, y una botella de ron!». Cuando sus antiguos camaradas lo alcanzan —el ciego Pew y su «mancha negra», una de las escenas de terror más perfectas de la literatura juvenil—, Bones muere, y el hijo de la posadera, Jim Hawkins, encuentra en su cofre el mapa de la isla donde el pirata Flint enterró su tesoro. Con el doctor Livesey y el squire Trelawney, Jim zarpa en la Hispaniola. La tripulación la ha reclutado, con entusiasmo sospechoso, el cocinero de a bordo: un cojo simpatiquísimo con un loro en el hombro llamado John Silver el Largo.
El argumento
La novela avanza con la eficacia que fundó un género. Escondido en el barril de manzanas, Jim escucha la verdad: media tripulación son los antiguos piratas de Flint, Silver es su cabecilla y el motín estallará en cuanto el tesoro esté a bordo. En la isla, la partida se divide: los leales se hacen fuertes en la empalizada —el asalto de los piratas es puro Stevenson: rapidez, exactitud, nada sobra—, mientras Jim, que funciona como motor de la trama por pura iniciativa indisciplinada, encadena las hazañas: encuentra a Ben Gunn, el marinero abandonado tres años en la isla que sueña con queso; corta el ancla de la Hispaniola, mata al pirata Israel Hands en la arboladura en un duelo inolvidable y recupera el barco él solo.
El centro moral del libro es Silver: asesino y encantador, capaz de degollar a un marinero honrado y de proteger a Jim jugándose la vida, oportunista absoluto que negocia con los dos bandos y les gana a ambos en inteligencia. El tesoro, cuando llega, es una lección de ironía: el escondite está vacío —Ben Gunn lo desenterró hace meses— y la cacería termina con los piratas burlados ante el hoyo hueco. El regreso reparte los destinos: riqueza para los leales, la horca esquivada para Silver, que se esfuma en un puerto americano con un saco de monedas, sin castigo ni arrepentimiento, y las pesadillas para Jim, que aún oye en sueños la voz del loro: «¡Piezas de a ocho!».
Temas y sentido
Nacida de un mapa que Stevenson dibujó para entretener a su hijastro en un verano lluvioso de 1881, La isla del tesoro (1883) es el patrón oro del relato de aventuras: economía absoluta, escenas grabadas a fuego y el descubrimiento que la hace moderna: el villano magnético, moralmente ilegible, que se roba el libro. Todo el imaginario pirata posterior —el loro, la pata de palo, el mapa con la X, la mancha negra— sale de aquí, no de la historia real. Bajo la aventura corre la educación de Jim: el aprendizaje de que el encanto y el mal pueden compartir cara, contado sin una sola línea de sermón. Borges, que sabía de esto, la tuvo siempre entre los libros perfectos.