Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Vailima, Samoa, 1894) fue un escritor escocés, autor de La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y uno de los narradores puros más admirados de la lengua inglesa: maestro de la aventura, del terror psicológico y del ensayo, venerado por colegas tan distintos como Borges, Nabokov o Henry James, que fue su amigo y corresponsal.
Hijo único de una dinastía de ingenieros de faros —los «Lighthouse Stevenson» que iluminaron la costa escocesa—, defraudó el destino familiar dos veces: abandonó la ingeniería por el derecho y el derecho por la literatura. De salud pulmonar ruinosa desde niño, convirtió la búsqueda de climas benignos en materia de sus primeros libros de viaje (Viajes con una burra por las Cévennes, 1879) y en el patrón de su vida errante. La siguió el amor: cruzó el Atlántico y América en condiciones que casi lo matan para casarse en California con Fanny Osbourne, americana divorciada diez años mayor.
Su década prodigiosa empezó con un mapa dibujado para entretener a su hijastro: La isla del tesoro (1883) fundó la novela de aventuras moderna y creó en John Silver al villano más seductor del género. Siguieron La flecha negra, los relatos, y el annus mirabilis de 1886: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde —la fábula del doble que entró en el idioma universal— y Secuestrado, su gran novela escocesa, coronada después por El señor de Ballantrae (1889). En paralelo, una obra ensayística y epistolar deslumbrante que los escritores citan como escuela de estilo.
En 1888 zarpó hacia los Mares del Sur y ya no volvió: se estableció en Samoa, donde compró la finca de Vailima, se implicó en la política local defendiendo a los samoanos frente a las potencias coloniales —sus cartas de denuncia son periodismo mayor— y recibió el nombre con que aún se le recuerda allí: Tusitala, «el que cuenta historias». Murió de una hemorragia cerebral en 1894, a los 44 años, dejando a medias la que muchos consideran su obra más ambiciosa, Weir of Hermiston. Los jefes samoanos subieron su ataúd a hombros al monte Vaea, donde su tumba mira al Pacífico con su propio epitafio: «Aquí yace donde quiso yacer; de vuelta del mar está el marinero, y el cazador de vuelta de la colina».