Oscar Wilde (Dublín, 1854 – París, 1900) fue un escritor irlandés, autor de El retrato de Dorian Gray y La importancia de llamarse Ernesto, apóstol del esteticismo y el conversador más brillante de su época; también su víctima más célebre: los procesos de 1895 que lo condenaron por su homosexualidad destruyeron en meses al hombre más ingenioso de Londres y crearon al mártir cuya tumba en Père-Lachaise sigue cubierta de besos.
Hijo de un cirujano eminente y de una poeta nacionalista, brilló en Trinity College y en Oxford, donde absorbió el esteticismo de Ruskin y Pater y ganó el premio Newdigate de poesía. Antes de tener obra ya tenía personaje: el dandi del girasol y la vestimenta imposible que se hizo famoso paseando su ingenio, hasta el punto de que le pagaron una gira de conferencias por Estados Unidos (1882) —de la que la leyenda conserva su declaración en la aduana: «no tengo nada que declarar excepto mi genio».
Su década prodigiosa fue la de 1890. La única novela, El retrato de Dorian Gray (1890-1891), escandalizó a la prensa victoriana y fijó su credo («no existen libros morales o inmorales; los libros están bien o mal escritos»); los cuentos de El príncipe feliz (1888) y Una casa de granadas lo revelaron fabulista exquisito; y sus cuatro comedias de sociedad —El abanico de lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia, Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto (1895)— renovaron el teatro inglés con el epigrama como arma de demolición social.
En la cumbre exacta de esa gloria llegó la caída: su relación con lord Alfred Douglas lo enfrentó al padre de este, el marqués de Queensberry; la querella por difamación que Wilde imprudentemente interpuso se volvió contra él, y en 1895 fue condenado a dos años de trabajos forzados por «indecencia grave». De la cárcel de Reading salieron la carta-confesión De profundis y, ya en libertad, la Balada de la cárcel de Reading (1898), su testamento poético. Arruinado y exiliado bajo nombre falso, murió en un hotel de París en 1900, a los 46 años, recibido en la Iglesia católica in extremis.
La posteridad lo ha resarcido por completo: sus comedias no han salido nunca de cartel, Dorian Gray es un mito moderno, sus epigramas son patrimonio del idioma y el Reino Unido lo indultó oficialmente en 2017. Como él mismo profetizó, puso su talento en la obra y su genio en la vida; la historia acabó quedándose con ambos.
Oscar Wilde despliega una voz narrativa omnisciente que actúa como un director de escena esteticista, cediendo constantemente el protagonismo a diálogos teatrales y penetrando en la psicología de sus personajes con una ironía ácida y distante. Esta perspectiva crea un tono característico que funde la languidez sensual de las descripciones —cargadas de fragancias, polvo dorado y texturas suntuosas— con un cinismo epigramático y una atmósfera de decadencia moral que oscila entre lo lírico y lo macabro. La atmósfera resultante es la de un salón elegante donde, bajo la conversación brillante, se o…