Capítulo 1: El ciego que vio el alma
La galería olía a trementina y a polvo de siglos. No era un olor desagradable, sino más bien la fragancia de lo inmutable, de aquello que sobrevive a las manos que lo crean. Dorian Gray inhaló profundamente, dejando que el aroma le llenara los pulmones como si fuera un vino añejo, y sonrió ante su propio espejo en el cristal empañado de una vitrina que contenía máscaras africanas.
—¿Seguro que es aquí, querido Marcel? —preguntó sin volverse, ajustando el alfiler de corbata que centelleaba como una gota de sangre solidificada.
Marcel Dubois, un marchante de arte cuya nariz parecía diseñada para olfatear billetes, asintió con la vehemencia de quien ha apostado su reputación en una jugada arriesgada.
—Nadie pinta como Étienne Noir, _mon ami_. Nadie. Los críticos dicen que es un médium, que los espíritus guían sus manos. Yo digo que es el mejor falsificador de París, pero eso no se lo repita a nadie.
—Fascinante —murmuró Dorian, y lo decía en serio.
Había recorrido media Europa huyendo del aburrimiento, ese monstruo devorador que acechaba en cada rincón de su existencia perfecta. Londres se había vuelto insoportable tras el incidente del retrato —no, no pensaría en aquello—, y París le ofrecía el anonimato que su belleza exigía. Aquí era simplemente un inglés rico, un dandy más entre los tantos que poblaban los cafés de Montmartre. Nadie conocía su secreto. Nadie sabía que llevaba veinte años sin envejecer un solo día.
La galería era un espacio angosto, alargado como un ataúd de pie. Las paredes, cubiertas de terciopelo carmesí, absorbían la luz de las lámparas de gas creando una penumbra densa, casi tangible. Cuadros de todos los tamaños colgaban en profusión caótica: paisajes urbanos de un París gris y lluvioso, retratos de mujeres de mirada vacía, naturalezas muertas donde las frutas parecían pudrirse ante los ojos del espectador. Pero había un lienzo, en el centro de la pared del fondo, que dominaba el espacio con una presencia magnética.
—Es su autorretrato —explicó Marcel, notando la dirección de la mirada de Dorian—. Noir lo pintó hace tres años, justo antes de perder la vista. Dicen que fue en ese momento cuando su arte se volvió... _autre chose_. Otra cosa.
Dorian se acercó al lienzo. El hombre representado era joven, de facciones angulosas y mirada intensa, pero lo que capturaba la atención no era el rostro, sino los ojos. Eran ojos que miraban desde dentro del cuadro, ojos que parecían seguirlo a uno por la habitación. Y sin embargo, el pintor era ciego.
—¿Cómo lo hace? —preguntó, casi para sí mismo.
—Nadie lo sabe. Él dice que ve con las manos, que los colores le hablan. Yo digo que es un truco, pero un truco que vende.
Dorian sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. No era miedo, exactamente, sino una especie de reconocimiento, como si aquella pintura hubiera estado esperándolo. Se volvió hacia Marcel.
—Quiero que me pinte.
El estudio de Étienne Noir ocupaba el último piso de un edificio en la rue des Abbesses, un lugar al que se accedía por una escalera de caracol tan estrecha que dos personas no podían subir de frente. Las paredes estaban desconchadas, la barandilla temblaba al apoyarse, y el aire olía a humedad y a algo más, un olor dulzón que Dorian no logró identificar hasta que llegó al rellano.
Era olor a pintura fresca, sí, pero también a flores marchitas, a incienso barato, a algo que recordaba vagamente a la sangre.
La puerta estaba entreabierta. Dorian empujó sin llamar.
El estudio era un caos organizado. Caballetes de todos los tamaños ocupaban el espacio como árboles en un bosque, y entre ellos, montañas de lienzos apilados contra las paredes. El suelo estaba cubierto de manchas de color que formaban un mapa abstracto de la actividad del pintor. En el centro de la habitación, iluminado por la luz grisácea que entraba por una claraboya, un hombre delgado trabajaba con una concentración absoluta.
Étienne Noir no se volvió al oír la puerta. Sus manos, manchadas de azul ultramar y ocre, se movían sobre un lienzo con la precisión de un cirujano. Sus ojos, cubiertos por unas gafas oscuras que parecían dos agujeros negros en su rostro, miraban hacia ninguna parte.
—Señor Gray —dijo, y su voz era como papel de lija sobre madera—. Le esperaba.
Dorian sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Noir sonrió, una mueca que no llegaba a sus ojos ciegos.
—El señor Dubois me habló de usted. Dijo que era el hombre más hermoso que había visto jamás, y que deseaba un retrato. ¿Es cierto?
—Sí.
—Siéntese, entonces. Allí, donde la luz cae sobre la silla de terciopelo.
Dorian obedeció, sintiéndose como un actor que entra en escena sin conocer el guion. La silla era incómoda, demasiado baja, y el terciopelo estaba gastado por el uso. Noir se acercó, y por primera vez Dorian pudo observar al pintor con detenimiento.
Era joven, no más de treinta años, pero su rostro estaba marcado por una fatiga que iba más allá de lo físico. Tenía la piel cetrina, casi translúcida, y las manos temblaban ligeramente, aunque sus dedos se movían con una seguridad absoluta. Las gafas oscuras ocultaban sus ojos, pero Dorian sintió que, de algún modo, Noir lo estaba mirando. Penetrándolo.
—No necesito verlo —dijo Noir, como respondiendo a una pregunta no formulada—. Lo veo aquí —se tocó la sien—. Y aquí —se tocó el pecho, justo sobre el corazón.
—¿Qué ve?
Noir guardó silencio un momento. Sus manos comenzaron a mezclar colores en una paleta, pero no parecía estar mirándola. Simplemente sabía.
—Veo a un hombre que ha vivido demasiado. Veo capas y capas de experiencias, como las capas de pintura en un lienzo antiguo. Veo belleza, sí, mucha belleza. Pero también veo algo más. Algo que se esconde detrás de los ojos.
—¿Y qué es?
—Una sombra. Una sombra que crece.
Dorian sintió que el aire se volvía denso, casi irrespirable. Quiso levantarse, marcharse, olvidar que había entrado en aquel estudio maldito. Pero algo lo mantenía en su sitio, una curiosidad malsana, un deseo de ver hasta dónde llegaba aquel juego.
—Pínteme, entonces —dijo, y su voz sonó firme a pesar del temblor que recorría su interior.
Noir asintió y comenzó a pintar.
Las horas pasaron como minutos. Dorian perdió la noción del tiempo mientras el pintor trabajaba en silencio, sus manos moviéndose con una velocidad hipnótica. De vez en cuando, Noir se detenía, inclinaba la cabeza como si escuchara algo, y luego continuaba. Nunca pidió a Dorian que girara la cabeza, que adoptara una pose diferente. Parecía estar pintando algo que solo él podía ver.
Cuando cayó la noche, Noir dejó caer los pinceles.
—Está terminado.
Dorian se levantó, sintiendo los músculos entumecidos. Se acercó al lienzo, y lo que vio lo dejó sin aliento.
El retrato era perfecto. No, la palabra era insuficiente. El retrato era él, pero más que él. Cada rasgo estaba capturado con una precisión que iba más allá de lo físico: la curva de los labios, el brillo de los ojos, la textura del cabello. Pero había algo más, algo que hacía que el corazón de Dorian latiera con fuerza.
El retrato respiraba.
No era una ilusión óptica ni un truco de la luz. La pintura se movía, imperceptiblemente, como si el lienzo fuera una ventana a un mundo vivo. Los ojos del retrato —sus ojos— lo miraban con una intensidad que resultaba perturbadora. Y en la frente, apenas visible, había una pequeña mancha de humedad.
—¿Qué es eso? —preguntó Dorian, señalando la mancha.
Noir se encogió de hombros.
—No lo sé. No puedo verlo.
—Pero lo ha pintado.
—No he pintado nada que no estuviera allí.
Dorian sintió un escalofrío. Quiso tocar la mancha, pero Noir lo detuvo con un gesto.
—No lo toque. La pintura está fresca. Espere a que se seque.
—¿Cuánto tiempo?
—Toda la noche. Vuelva mañana.
Dorian dudó. Quería llevarse el retrato, quería destruirlo, quería arrancarlo del caballete y hacerlo pedazos. Pero algo lo detuvo, una voz interior que le susurraba que aquello era importante, que debía esperar.
—Mañana, entonces —dijo, y salió del estudio sin mirar atrás.
El apartamento de Dorian ocupaba el último piso de un edificio en el quai de Bourbon, con vistas al Sena. Era un espacio amplio, decorado con el gusto exquisito de quien ha pasado años perfeccionando el arte de vivir. Muebles Luis XV, porcelanas chinas, alfombras persas, cuadros de maestros olvidados. Todo era bello, todo era caro, todo era perfecto.
Pero esa noche, Dorian no podía disfrutar de su belleza. Algo lo inquietaba, una sombra que se había instalado en su mente y no quería marcharse. El recuerdo del retrato, de aquellos ojos que lo miraban desde el lienzo, de la mancha de humedad en la frente.
Se sirvió un coñac y se sentó junto a la ventana. La noche era fría, y las luces de París titilaban como estrellas caídas. El Sena fluía oscuro y silencioso, llevándose consigo los secretos de la ciudad.
Debía haber sido pasada la medianoche cuando Dorian se quedó dormido en el sillón. Soñó con el retrato, con la mancha de humedad que crecía y se extendía, cubriendo el lienzo como una marea negra. Soñó que la mancha se desprendía del cuadro y flotaba hacia él, y que al tocarlo sentía un dolor agudo en la frente.
Se despertó sobresaltado.
El apartamento estaba a oscuras. La lámpara de gas se había apagado, y solo la luz de la luna entraba por la ventana, bañando la habitación en una claridad fantasmal. Dorian se levantó, sintiendo un dolor punzante en la sien.
Se llevó la mano a la frente. La piel estaba caliente, húmeda.
Corrió al baño y encendió la luz. Se miró en el espejo.
No había nada. Su frente estaba perfecta, lisa, sin una sola imperfección. Pero el dolor persistía, y cuando se tocó de nuevo, sintió algo que no debería estar allí. Una pequeña mancha de humedad, como si hubiera estado sudando.
Pero no había sudado.
Sintió un escalofrío que no venía del frío. Recordó la mancha en el retrato, la advertencia de Noir, el sueño. Sin pensarlo dos veces, salió del apartamento y bajó las escaleras a toda prisa.
Las calles de París estaban desiertas. La lluvia había cesado, pero el suelo estaba mojado, y las farolas de gas creaban charcos de luz amarillenta en las aceras. Dorian caminó rápido, su respiración formando nubes de vapor en el aire frío. Llegó al estudio en menos de diez minutos.
La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Entró.
El estudio estaba sumido en la penumbra, pero la claraboya dejaba pasar suficiente luz de luna para ver. El retrato seguía en el caballete, cubierto con un paño blanco.
Dorian se acercó lentamente. El corazón le latía con fuerza, y sentía un nudo en el estómago que no lograba disipar. Algo le decía que no debía mirar, que debía dar media vuelta y olvidar todo aquello. Pero la curiosidad era más fuerte.
Levantó el paño.
El retrato era el mismo. Perfecto, hermoso, vivo. Pero ahora la mancha de humedad en la frente era más grande, más visible. Y cuando Dorian se inclinó para observarla de cerca, sintió que el mundo se detenía.
La mancha tenía forma de letra. Una letra que no reconocía, un símbolo antiguo, como los que había visto en los libros de ocultismo que coleccionaba en su juventud.
Y entonces sintió el dolor.
No era un dolor físico, sino algo más profundo, más primigenio. Un dolor que nacía en la frente y se extendía por todo su ser, como si algo estuviera rasgando su alma. Se llevó las manos a la cabeza y cayó de rodillas, sintiendo que el suelo se abría bajo él.
Cuando el dolor cesó, Dorian levantó la mirada.
El retrato había cambiado. Ahora la mancha era más grande, y desde ella partían pequeñas grietas que recorrían la frente del lienzo. Grietas que no estaban allí antes.
Dorian se tocó la frente. La piel estaba caliente, y bajo sus dedos sintió algo que no debería estar allí. Una pequeña hendidura, como una cicatriz recién formada.
El pacto estaba sellado.
—No —susurró, y su voz sonó hueca en el silencio del estudio.
Se levantó temblando, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Veinte años. Veinte años había logrado mantener su secreto, su juventud eterna, su belleza intacta. Y ahora, en una noche, todo se deshacía como un castillo de naipes.
Miró el retrato con odio. Quiso arrancarlo del caballete, destrozarlo, reducirlo a cenizas. Pero algo lo detuvo. Una voz interior que le susurraba que aquello era solo el principio, que lo peor estaba por llegar.
Salió del estudio sin volverse, dejando el retrato cubierto por el paño blanco como un sudario.
En la calle, la lluvia comenzó a caer de nuevo. Dorian levantó la mirada hacia el cielo negro, sintiendo las gotas frías en su rostro. Y por primera vez en veinte años, sintió miedo.
Un miedo que no era a la muerte, ni al dolor, ni al castigo. Era un miedo más profundo, más antiguo. El miedo a perder lo único que realmente poseía: su belleza.
Pero mientras caminaba de vuelta a su apartamento, no podía dejar de pensar en las palabras de Noir.
_Una sombra. Una sombra que crece._
Y en la frente, bajo la lluvia, la pequeña hendidura latía como un segundo corazón.
Capítulo 2: La máscara se resquebraja
El estudio de Étienne Noir olía a trementina y a jazmín podrido. Dorian Gray permaneció inmóvil frente al caballete vacío durante lo que debieron ser horas, aunque el tiempo en aquella habitación se comportaba como un animal herido: se arrastraba, se encogía, se negaba a avanzar. Sus dedos temblaban al tocar la frente, donde el símbolo —aquel que había visto por primera vez en el retrato— latía ahora con un pulso propio, una pequeña brasa bajo la piel.
—No debería doler —murmuró Étienne desde la penumbra.
Dorian se volvió. El pintor ciego estaba sentado en un sillón desvencijado, sus manos huesudas descansando sobre las rodillas como dos arañas muertas. Sus ojos blancos miraban hacia ninguna parte, pero había en su sonrisa una certeza que helaba la sangre.
—¿Qué sabe usted del dolor? —preguntó Dorian, y su voz sonó más afilada de lo que había deseado.
—Sé que el suyo apenas comienza.
Dorian rió, pero la risa se quebró en su garganta. Se acercó a la ventana y apartó la cortina de terciopelo polvoriento. Afuera, París se extendía bajo una lluvia fina y pertinaz, los tejados de pizarra brillando como escamas de serpiente. Las farolas de gas parpadeaban, dibujando halos amarillentos en la niebla. Desde algún lugar cercano llegaba el acordeón de un organillero callejero, una melodía alegre que sonaba a farsa.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó Dorian sin volverse.
—Nada. Ya lo tengo todo.
—El cuadro.
—El cuadro es solo un espejo. Lo que vi en usted, señor Gray, no fue su rostro. Fue el vacío que lo habita.
Dorian sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Durante veinte años había escuchado cumplidos sobre su belleza, había visto el deseo en los ojos de hombres y mujeres, había aprendido a usar su juventud como un arma. Pero nadie, nadie había mirado a través de él. Excepto Basil, pensó. Y Basil había muerto.
—Puedo hacer que desaparezca —dijo Étienne, y su voz tenía la textura de la seda rasgada—. Puedo devolverle su... libertad.
—¿A qué precio?
—Su alma ya no le pertenece, señor Gray. Lo único que puedo ofrecerle es tiempo. Un poco más de tiempo antes de que el retrato lo consuma por completo.
Dorian se volvió bruscamente. El pintor seguía inmóvil, su sonrisa intacta.
—¿Qué debo hacer?
—Olvidar. Olvide que el retrato existe. Entréguese a la ciudad. París es la tumba más hermosa que existe. Déjese morir en ella, noche tras noche, y quizás... quizás el olvido le conceda una prórroga.
Aquella noche, Dorian se sumergió en las profundidades de París como un hombre que busca ahogarse.
Había oído hablar de las catacumbas, por supuesto. En Londres circulaban rumores sobre las fiestas que se celebraban en los osarios, sobre los excesos que la ciudad ocultaba bajo sus elegantes bulevares. Pero nada lo había preparado para la realidad.
El acceso era un edificio abandonado en el Boulevard Saint-Germain, una antigua imprenta cuyo sótano se abría a kilómetros de túneles. Un hombre con un parche en el ojo y un abrigo demasiado grande para su cuerpo flaco le indicó el camino a cambio de un billete de cien francos. Dorian descendió las escaleras de caracol sintiendo cómo la humedad se adhería a su piel como una segunda epidermis.
El olor llegó primero: tierra húmeda, cera derretida, sudor y algo más, algo metálico y dulzón que reconocería en cualquier parte. Sangre.
Las catacumbas se abrían ante él como el vientre de una bestia de piedra. Miles de cráneos y fémures formaban patrones geométricos en las paredes, calaveras sonrientes iluminadas por antorchas de aceite que proyectaban sombras danzantes. En el centro de la cámara principal, una multitud se movía al ritmo de una música que no venía de instrumento alguno, sino de un gramófono oculto entre los huesos, la aguja rayando un disco de jazz que sonaba a lamento.
Dorian observó desde las sombras. Vio cuerpos entrelazados, rostros pintados, ojos vidriosos por el opio y el éter. Vio a un hombre que bailaba con una calavera atada a su cintura, a una mujer que lamía la sangre de un corte en el brazo de su amante. Vio la belleza de la decadencia, la elegancia de la putrefacción.
Y sintió, por primera vez en años, que estaba en casa.
—¿Buscas algo en particular, mon cher?
La voz llegó desde detrás de él, aterciopelada y peligrosa. Dorian se volvió y se encontró con un hombre alto, vestido con un frac impecable, su rostro angular iluminado por la luz vacilante de una antorcha cercana. Tenía los ojos más negros que Dorian hubiera visto jamás, dos pozos sin fondo que parecían absorber la luz.
—Busco olvido —respondió Dorian.
—Entonces has venido al lugar correcto. Las catacumbas son el útero de París. Aquí todo nace y todo muere. Aquí los pecados no pesan, porque la tierra ya está llena de huesos.
—¿Cómo te llamas?
—Hoy, Lucien. Mañana, quizás, otra cosa. Los nombres son máscaras, y las máscaras se cambian como la ropa.
Lucien lo tomó del brazo con una familiaridad que debería haber sido ofensiva, pero que Dorian encontró extrañamente reconfortante. Lo guió a través de la multitud, sorteando cuerpos sudorosos y miradas vidriosas, hasta una cámara más pequeña donde un grupo de personas se sentaba en círculo alrededor de una mesa baja.
En el centro de la mesa había un espejo.
—El juego de las verdades —dijo Lucien, y su sonrisa era la de un lobo—. ¿Te atreves?
Dorian se sentó. Las otras caras lo miraron con una mezcla de curiosidad y depredación. Había una mujer de cabello cobrizo y labios partidos, un hombre calvo con cicatrices en el cuello, un joven pálido que no dejaba de temblar, y una criatura andrógina cuyo género era imposible determinar, vestida con terciopelo púrpura y joyas de plata.
—El espejo muestra lo que escondes —dijo la mujer de cabello cobrizo—. Míralo y dinos qué ves.
Dorian obedeció. Inclinándose sobre la mesa, miró su propio reflejo. Por un momento, solo vio su rostro: los pómulos altos, los labios rojos, los ojos del color del mar antes de la tormenta. Pero entonces la imagen comenzó a ondularse, y algo más emergió de las profundidades del espejo.
Vio un jardín en Oxford, y a un joven rubio que reía bajo un sauce llorón. Vio sus propias manos manchadas de sangre, y un cuerpo que caía al Támesis. Vio un retrato en un ático, envejeciendo mientras él permanecía joven. Vio el símbolo en su frente, creciendo, extendiéndose como una vid venenosa.
Y entonces vio algo más: una figura encapuchada, sentada en un trono de cráneos, que señalaba hacia él con un dedo descarnado.
Dorian apartó la mirada, jadeando.
—Interesante —dijo Lucien, y su voz tenía un tono de satisfacción—. Muy interesante. Has visto al Recolector.
—¿Qué es eso?
—No es un qué. Es un quién. O un qué será, según se mire. El Recolector viene a buscar las almas que han sido prometidas. Y tú, querido Dorian... tú tienes una deuda pendiente.
Dorian sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Cómo sabía ese hombre su nombre? ¿Cómo podía saber nada de él?
—No te preocupes —dijo Lucien, y su mano encontró el hombro de Dorian, los dedos presionando con una fuerza inesperada—. Todos tenemos deudas. La cuestión es cómo las pagamos.
Las noches siguientes se convirtieron en un torbellino de excesos.
Dorian se entregó a París con una voracidad que sorprendió incluso a sí mismo. Catacumbas, cabarets, fumaderos de opio, salones privados donde las cortinas de terciopelo ocultaban placeres que ningún ojo decente debería presenciar. Probó el éter, la cocaína, el hachís. Se acostó con hombres y mujeres y con aquellos que se negaban a ser categorizados. Bailó hasta que sus pies sangraron, bebió hasta que el mundo se volvió borroso, rió hasta que su garganta quedó en carne viva.
Y cada mañana, al regresar al apartamento que había alquilado en la Rue de la Paix, se enfrentaba al retrato.
El cambio era sutil al principio. Una arruga alrededor de los ojos que no estaba allí el día anterior. Un tono grisáceo en la piel. La sombra de una barba incipiente que Dorian, en su propia carne, no podía ver. Pero el cuadro lo mostraba todo: cada exceso, cada pecado, cada momento de abandono quedaba grabado en el lienzo como una cicatriz.
Una mañana, después de una noche particularmente salvaje, encontró una mancha de sangre en el cuello del retrato. No una mancha de pintura, sino sangre real, fresca, que goteaba lentamente sobre el marco dorado.
Dorian retrocedió, horrorizado. Se tocó el cuello, buscando una herida, pero su piel estaba intacta. La sangre, sin embargo, era real. Podía olerla, podía sentir su humedad en el aire.
—¿Qué has hecho? —susurró, aunque no sabía si hablaba con el retrato, con Étienne Noir, o con algún dios olvidado que se divertía a su costa.
Esa tarde, recibió una carta de Lord Henry.
Mi querido Dorian:
París debe estar tratándote bien, pues tus cartas son cada vez más breves y menos frecuentes. No te culpo. Londres es una ciudad de ceniza comparada con la capital del placer. Pero permíteme un consejo, aunque sé que los consejos son como el arsénico: en pequeñas dosis, estimulan; en exceso, matan.
Cuidado con la belleza de la decadencia, querido amigo. Es adictiva, y su precio suele pagarse en moneda que no se ve, pero que pesa más que el plomo.
Tu siempre afectuoso,
Harry
Dorian quemó la carta con la llama de una vela, observando cómo el papel se retorcía y ennegrecía antes de convertirse en cenizas. Las palabras de Lord Henry eran como cuchillos: afiladas, precisas, y siempre destinadas a herir.
Pero tenía razón, maldito fuera.
Conoció a Colette en el Le Sphinx, un cabaret del Barrio Latino donde el humo del cigarrillo formaba nubes bajas y el jazz fluía como un río de melancolía. Ella cantaba en el escenario, su voz de contralto envolviendo cada nota con una sensualidad que hacía olvidar el aliento. Tenía el cabello negro como el azabache, corto y peinado hacia atrás al estilo garçonne, y unos ojos verdes que parecían contener todos los secretos de la ciudad.
Después del espectáculo, Dorian la esperó en el camerino. Colette entró, se detuvo al verlo, y sonrió con una mezcla de sorpresa y diversión.
—El inglés de las catacumbas —dijo, y su voz tenía el mismo tono aterciopelado que cuando cantaba—. Te he visto en mis sueños.
—Espero que hayan sido sueños agradables.
—Depende. ¿Eres amable o cruel?
—Soy ambas cosas, dependiendo del día.
—Entonces tendré que descubrirlo por mí misma.
Fue así de simple. Colette no era como las mujeres que Dorian había conocido en Londres, criaturas de porcelana quebradiza que se rompían ante la menor presión. Ella era acero envuelto en seda, peligrosa y magnética en igual medida.
Se volvieron amantes esa misma noche, en el apartamento de ella en Montmartre, entre botellas de vino vacías y discos de jazz rayados. Colette hacía el amor como cantaba: con una intensidad que consumía todo a su alrededor, dejando a Dorian sin aliento y sin defensas.
Pero con el paso de los días, algo comenzó a cambiar.
—Estás distante —dijo ella una noche, mientras yacían en la cama deshecha, la luz grisácea del amanecer filtrándose a través de las cortinas—. Como si estuvieras en otra parte, incluso cuando estás dentro de mí.
—Estoy aquí —respondió Dorian, pero incluso él podía oír la falsedad en sus palabras.
—No. Tu cuerpo está aquí, pero tu mente... tu mente está en un lugar oscuro. Lo siento cuando te toco. Hay algo frío en ti, Dorian. Algo que no es humano.
Él se incorporó, la ira encendiéndose en su pecho como una llama.
—No sabes de lo que hablas.
—Sé más de lo que crees. He visto hombres como tú antes. Hombres que huyen de algo. Hombres que llevan un peso que no pueden dejar. La diferencia es que tú... tú no pareces estar huyendo de nada. Pareces estar siendo perseguido.
Dorian sintió que las palabras de Colette se clavaban en su carne como agujas. Quería negarlo, quería reír, quería tomar su rostro entre las manos y besarla hasta que olvidara todo lo que había dicho.
En lugar de eso, se vistió en silencio y se fue.
La mansión del marchante de arte estaba en el distrito 16, una construcción de piedra blanca con jardines impecables y un portero que saludaba con la rigidez de un soldado. Dorian había sido invitado a través de Lucien, quien le había asegurado que el hombre —un tal François Delacroix— tenía acceso a las piezas más exquisitas de Europa.
—Colecciona cuadros, esculturas, objetos —había dicho Lucien, mientras compartían una botella de absenta en un café de Montparnasse—. Pero también colecciona secretos. Y los secretos, querido Dorian, valen más que cualquier obra de arte.
Delacroix resultó ser un hombre de mediana edad, calvo y con gafas de alambre, que vestía un traje impecable y hablaba con un acento que delataba sus orígenes alsacianos. Su mansión era un museo privado: cuadros de Degas y Renoir colgaban en las paredes, una escultura de Rodin ocupaba el centro del vestíbulo, y en las vitrinas de caoba se exhibían joyas antiguas y máscaras africanas.
—He oído que tiene un ojo excepcional, señor Gray —dijo Delacroix, sirviendo dos copas de coñac—. Y que está interesado en adquirir piezas... difíciles de encontrar.
—Depende de lo que considere difícil.
—Oh, ya sabe. Obras que han sido declaradas degeneradas. Arte que los nuevos amos de Europa preferirían ver destruido.
Dorian sintió un escalofrío. Las palabras de Delacroix tenían un tono que no le gustaba, una familiaridad que sugería que el marchante sabía más de lo que decía.
—¿A qué se refiere exactamente?
Delacroix sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Vamos, señor Gray. No me tome por tonto. Sé quién es usted. Sé lo que busca. Y sé que tiene acceso a ciertos círculos en Londres que podrían ser... útiles.
—No tengo idea de lo que está hablando.
—Claro que sí. La guerra se acerca, señor Gray. No es cuestión de si, sino de cuándo. Y cuando llegue, habrá ganadores y perdedores. Yo solo quiero asegurarme de estar del lado correcto.
Dorian dejó la copa de coñac sobre la mesa, el licor sin tocar.
—Creo que se ha equivocado de persona.
—¿De verdad? —Delacroix se levantó y caminó hacia un escritorio, de donde extrajo una fotografía—. Entonces, ¿cómo explica esto?
La fotografía mostraba a Dorian en las catacumbas, su rostro iluminado por la luz de las antorchas, sus ojos brillando con un destello de locura. Estaba hablando con Lucien, y en el fondo se veían los cráneos alineados en las paredes.
—Ha sido seguido desde que llegó a París —dijo Delacroix—. ¿Cree que no sabemos quién es realmente? Dorian Gray, el hombre que no envejece. El hombre que ha vivido durante décadas sin que su rostro muestre el paso del tiempo. ¿Cree que eso pasa desapercibido?
Dorian sintió que el mundo se inclinaba. Su secreto, el que había guardado durante veinte años, estaba siendo desnudado por un marchante de arte que olía a coñac barato y a ambición.
—¿Qué quiere? —preguntó, y su voz sonó a derrota.
—Quiero que trabaje para mí. Hay personas en Londres, personas influyentes, que necesitan saber ciertas cosas. Usted puede ser mis ojos y oídos. A cambio, yo puedo ofrecerle protección. Y quizás... quizás incluso una cura para lo que lo aqueja.
—No hay cura.
—Siempre la hay, señor Gray. Solo hay que saber dónde buscar.
Esa noche, Dorian regresó a su apartamento con el corazón latiendo como un tambor de guerra. Delacroix era un espía, un agente de la Alemania nazi que operaba en París, tejiendo una red de información que se extendía por toda Europa. Y él, Dorian Gray, se había dejado atrapar como una mosca en una telaraña.
Pero había algo más, algo que Delacroix había insinuado sin decir directamente. Una cura. La posibilidad de liberarse del retrato, de romper el vínculo que lo ataba a esa maldición viviente.
Dorian entró en el estudio donde guardaba el cuadro, cubierto con una sábana blanca que parecía un sudario. Con manos temblorosas, retiró la tela.
El retrato había empeorado. Las arrugas alrededor de los ojos eran profundas, la piel tenía un tono cetrino, y los labios se curvaban en una sonrisa que no era la suya. Pero lo peor estaba en los ojos: los ojos del retrato miraban con una inteligencia malvada, como si la pintura hubiera cobrado vida y estuviera observándolo con odio.
Y en la frente, el símbolo había crecido. Ahora era una marca visible, una cicatriz que dividía su rostro pintado en dos mitades.
—No —susurró Dorian—. No. No. No.
Tomó una vela del escritorio y la acercó al lienzo. La llama titiló, lamiendo la superficie pintada. El aceite caliente comenzó a burbujear, la pintura a derretirse.
Pero el retrato no ardía.
Dorian observó, horrorizado, cómo la llama se extinguía por sí sola, cómo el lienzo se cerraba sobre la herida abierta por el fuego, cómo la pintura se regeneraba como carne viva.
El retrato sonreía.
Y desde algún lugar de la habitación, Dorian escuchó una risa. No era suya. No era humana.
Era la risa de alguien que sabía que había ganado.
A la mañana siguiente, Dorian despertó con el sabor del fracaso en la boca. El retrato seguía allí, intacto, su sonrisa burlona grabada en la memoria de Dorian como una advertencia.
Colette lo llamó tres veces. No respondió.
Lord Henry envió un telegrama: "He oído rumores inquietantes sobre París. Cuídate de los marchantes de arte que huelen a azufre."
Dorian quemó el telegrama junto con el resto de las cartas que había recibido, observando cómo las cenizas se elevaban hacia el techo como almas en pena.
Sabía lo que tenía que hacer. Delacroix le había ofrecido una salida, aunque fuera a través de la traición. Étienne Noir le había ofrecido olvido, aunque fuera a costa de su alma. Y el retrato... el retrato le ofrecía una verdad que no quería enfrentar.
No había escapatoria.
No había redención.
Solo quedaba el placer, el exceso, la entrega total a la oscuridad que lo había estado esperando desde el principio.
Esa noche, Dorian Gray se vistió con su mejor traje, se peinó con esmero, y salió a buscar a Lucien.
París lo esperaba, con sus fauces abiertas y su aliento de podredumbre.
Y Dorian, sonriendo como el retrato que lo condenaba, se entregó a ellas.
Capítulo 3: El eco de las víctimas
La lluvia caía sobre París como un velo de gasa negra, filtrando la luz de las farolas hasta convertirla en un polvo dorado y enfermizo. Dorian Gray caminaba por el Boulevard de Clichy con la elegancia de quien ha aprendido a moverse entre las sombras como si fueran su elemento natural, aunque aquella mañana sus pasos tenían la urgencia temblorosa de un animal acorralado.
Había dormido mal. El retrato sangraba.
No era una metáfora, ni un sueño, ni el efecto del ajenjo. Cuando había entrado en su apartamento de la Rue de la Paix, tras una noche de absenta y caricias vacías en el cabaret de Colette, la mancha en la frente del lienzo había crecido hasta formar un hilillo carmesí que descendía por la nariz pintada, goteando sobre el marco dorado con una lentitud obscena.
Dorian había limpiado la sangre con un pañuelo de seda blanca, y al hacerlo, había sentido el tacto húmedo en su propia piel. No en la frente —no aún— sino en los dedos, como si al tocar el retrato estuviera tocando su propia carne putrefacta.
Ahora, bajo la lluvia matinal, aquella sensación persistía. Un cosquilleo bajo la piel, como si algo se moviera dentro de él.
El Café de la Rotonde bullía con la energía nerviosa del mediodía parisino. Hombres de gabardina y mujeres con boas de pluma se apiñaban en las mesas de mármol, fumando, discutiendo, riendo con esa alegría histérica que precede a las catástrofes. Dorian ocupó su mesa habitual, junto al ventanal, y pidió un Pernod sin mirar al camarero.
—Monsieur Gray.
La voz llegó desde su izquierda, cortante como un bisturí. Dorian giró la cabeza y encontró a un hombre de rostro anguloso, traje oscuro, bigote recortado con precisión militar. No era francés —hablaba con un acento alemán que pretendía ocultarse bajo una dicción afectada— y sus ojos tenían ese brillo metálico que Dorian había aprendido a reconocer en los hombres que buscan algo, aunque no sepan exactamente qué.
—¿Me conoce? —preguntó Dorian, encendiendo un cigarrillo con mano firme.
—Todo París conoce a Dorian Gray. —El hombre se sentó sin invitación, colocando un maletín de cuero negro sobre la mesa—. Soy el Hauptsturmführer Klaus Richter. Departamento de Investigaciones Especiales.
—¿La Gestapo? —Dorian exhaló el humo lentamente, dejando que la palabra flotara entre ellos como una acusación—. Creía que estaban ocupados persiguiendo judíos y comunistas, no artistas ingleses.
Richter sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos. Tenía la piel cetrina, como si hubiera pasado demasiado tiempo en sótanos sin luz.
—Nos interesan los espías, Monsieur Gray. Y los rumores dicen que usted ha estado... reuniéndose con personas de interés. Un pintor ciego en Montmartre. Un poeta anarquista en las catacumbas. Una cantante judía en Montparnasse.
—Colette no es judía —dijo Dorian, y supo inmediatamente que había sido un error.
—¿Ah, no? —Richter abrió el maletín y extrajo una fotografía—. Entonces tal vez pueda explicarme esto.
La imagen mostraba el cuerpo de una mujer tendido sobre adoquines, el cabello rubio extendido como un halo, los ojos abiertos mirando al cielo vacío. Dorian reconoció el rostro antes de que su mente pudiera procesar el horror.
Marguerite.
La prostituta de Montmartre a la que había abandonado dos años atrás, después de una semana de juegos y promesas vacías. La había dejado en un callejón, llorando, con las medias rotas y el rímel corrido, y no había vuelto a pensar en ella hasta aquel momento.
—La encontraron esta mañana —dijo Richter, observando la reacción de Dorian con la atención de un entomólogo—. Estrangulada. Sin señales de violencia sexual. Como si el asesino hubiera querido... ¿cómo decirlo?... preservar su belleza en el momento de la muerte.
Dorian apartó la mirada de la fotografía y se concentró en el humo de su cigarrillo, en el aroma del ajenjo, en cualquier cosa que no fuera aquellos ojos muertos.
—No sé quién es —mintió.
—¿Seguro? Porque tenemos testigos que la vieron salir de su apartamento, Monsieur Gray. Hace dos años, pero los testigos recuerdan. Usted es... inolvidable.
Richter guardó la fotografía con movimientos precisos, como quien coloca una pieza de ajedrez en su lugar exacto.
—No la maté —dijo Dorian, y era verdad. Pero al decirlo, sintió el peso de otras muertes, de otras vidas rotas, y supo que la verdad era un lujo que ya no podía permitirse.
—No estoy diciendo que lo hiciera. —Richter se levantó, ajustándose los puños de la camisa—. Solo le informo de que hay un patrón, Monsieur Gray. Personas que han tenido... relaciones cercanas con usted están muriendo. Y cuando mueren, sus ojos parecen mirar hacia algo que solo ellas pueden ver.
El alemán se inclinó sobre la mesa, y por un instante, Dorian sintió el aliento cálido y rancio de sus palabras.
—Tenga cuidado. París es una ciudad peligrosa para los hombres con secretos.
Permaneció en el café durante una hora, bebiendo absenta como si el licor pudiera disolver la imagen de Marguerite en su memoria. Pero el alcohol solo la volvía más nítida: sus ojos azules, su risa fácil, la forma en que apoyaba la cabeza en su hombro mientras él le prometía un futuro que nunca existió.
—¿Dorian?
La voz de Lucien llegó como un eco desde la puerta. El poeta atravesó el café con pasos rápidos, su gabardina empapada, el cabello oscuro pegado a la frente. Parecía haber envejecido diez años desde la noche en las catacumbas.
—Tienes que venir —dijo, agarrando el brazo de Dorian con dedos temblorosos—. Es Armand. Lo han encontrado en el Sena.
El cuerpo flotaba entre dos barcazas, atrapado por la corriente perezosa del río. La lluvia había cesado, y un sol pálido iluminaba la escena con la crueldad de un reflector de teatro. Dorian observó desde la orilla mientras los gendarmes izaban el cadáver con cuerdas y ganchos.
Armand Dubois, el poeta que había ridiculizado a Dorian en un café de Saint-Germain-des-Prés tres semanas atrás. "Belleza sin alma", había dicho, riendo con sus amigos. "Un Narciso que se ahoga en su propio reflejo". Dorian había sonreído, había brindado con él, y había olvidado el incidente hasta aquel momento.
Pero Armand no había olvidado. Y ahora Armand no tenía ojos.
—Se los arrancaron —dijo Lucien, con la voz quebrada—. Los médicos dicen que con las manos. Como si alguien hubiera querido... ver algo que estaba dentro.
Dorian sintió que el mundo se inclinaba. El retrato. La sangre. Los rostros que emergían bajo el barniz como ahogados emergiendo del agua.
—Necesito irme —susurró.
—¿Irte? —Lucien lo miró con incredulidad—. Dorian, acaban de encontrar a tu amante muerta y a un hombre que te insultó sin ojos. La policía va a interrogarte. La Gestapo ya te tiene en su lista. ¿A dónde piensas ir?
Dorian no respondió. Caminó hacia el Boulevard Saint-Michel con pasos mecánicos, sintiendo las miradas de los transeúntes como agujas en la nuca. París entero parecía observarlo, juzgarlo, saber.
El apartamento olía a opio y a rosas podridas. Dorian había encendido todas las lámparas, pero la luz amarillenta solo lograba que las sombras parecieran más profundas, más vivas. El retrato estaba cubierto con una sábana blanca, pero incluso a través de la tela podía sentir su presencia, como un corazón latiendo en la pared.
Se sirvió una copa de coñac y la vació de un trago. Luego otra. Luego empezó a preparar la pipa de opio con manos que no dejaban de temblar.
El humo dulce llenó la habitación, y con él llegó el olvido. Pero no el olvido completo —nunca el olvido completo— sino un velo de gasa que distorsionaba la realidad sin ocultarla del todo.
Vio a Marguerite en el espejo del recibidor. Vio su rostro pálido, sus ojos vacíos, el moretón violáceo alrededor de su cuello. Parpadeó y la imagen desapareció, pero quedó grabada en su retina como una fotografía revelada con ácido.
—No fui yo —dijo en voz alta, y su voz sonó extraña, distante, como si perteneciera a otro—. Yo no los maté.
Pero el retrato sabía la verdad. El retrato recordaba cada desprecio, cada traición, cada vida que Dorian había pisoteado en su búsqueda interminable de placer. Y el retrato estaba cobrando la deuda.
Se levantó tambaleándose y arrancó la sábana de un tirón.
El lienzo había cambiado.
Ya no era solo la mancha en la frente, ni el hilillo de sangre. Ahora los rostros emergían de la superficie como bajo una capa de barniz líquido: Marguerite con su expresión de sorpresa eterna; Armand con las cuencas vacías; otros que Dorian apenas recordaba —una costurera de Londres, un joven soldado de Brighton, una actriz de segunda fila que se había enamorado de él y había terminado en el Támesis.
Todos estaban allí, atrapados en la pintura, mirándolo con ojos que acusaban sin palabras.
Dorian gritó.
El sonido rasgó el silencio del apartamento, pero nadie vino. Nadie vendría nunca. Estaba solo con sus víctimas, atrapado en una galería de horrores que él mismo había creado.
La noche cayó sobre París como una losa de terciopelo negro. Dorian deambuló por las calles sin rumbo, buscando en el laberinto de callejones y bulevares un alivio que sabía imposible. Las farolas proyectaban halos de luz amarilla que se reflejaban en los adoquines mojados, creando espejos efímeros donde su imagen aparecía y desaparecía.
En cada reflejo veía algo distinto.
En la ventana de una pastelería, un hombre de cuarenta años con arrugas profundas y ojos apagados. En el escaparate de una librería, un anciano encorvado con la piel colgando de los huesos. En el charco de un callejón, un esqueleto vestido con harapos elegantes, sonriendo con una calavera que aún conservaba restos de carne podrida.
—No es real —susurró, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne—. Es el opio. Solo el opio.
Pero sabía que mentía. El retrato estaba cobrando su precio, y París se había convertido en el espejo de su condena.
Colette lo esperaba en el camerino del cabaret, sentada frente a un espejo de marco dorado que duplicaba su belleza sin piedad. Cuando Dorian entró, ella no se volvió para mirarlo. Sus ojos permanecieron fijos en el reflejo, como si buscara algo que solo ella podía ver.
—Lo sé —dijo, y su voz tenía el tono plano de quien ha aceptado lo inevitable—. Lo sé todo.
—Colette...
—Marguerite era mi amiga. —Ahora sí se volvió, y sus ojos verdes brillaban con lágrimas que no llegaban a caer—. Cuando desapareciste de su vida, ella vino a mí. Lloró durante semanas. Dijo que le habías robado el alma.
Dorian abrió la boca para negar, para explicar, pero las palabras se atascaron en su garganta como espinas.
—No la maté —logró decir al fin.
—No —Colette se levantó, lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano—. No la mataste tú. Pero algo la mató. Algo que está conectado contigo. Algo que vi en tus ojos la primera noche que me besaste.
Se acercó a él, y por un instante Dorian creyó que iba a abrazarlo. En lugar de eso, extendió la mano y tocó su mejilla con la punta de los dedos.
—Tienes frío —susurró—. Como un muerto.
—Colette, por favor...
—No. —Retiró la mano como si hubiera tocado brasas—. No puedo. No quiero ser la próxima cara en tu galería de horrores.
Salió del camerino sin mirar atrás, dejando la puerta abierta. Dorian escuchó sus pasos alejarse por el pasillo, mezclándose con la música del cabaret, con las risas, con los aplausos. El mundo continuaba, indiferente a su dolor.
Se dejó caer en la silla frente al espejo y observó su reflejo. Por un momento, fue el Dorian de siempre: joven, hermoso, eterno. Pero entonces la imagen comenzó a deformarse, a envejecer, a pudrirse, hasta que lo que miró desde el cristal fue un monstruo de carne colgante y huesos visibles.
—No —susurró, tapándose los ojos con las manos—. No, no, no.
Cuando los abrió, el espejo mostraba solo su rostro, perfecto e inmaculado. Pero en el fondo, detrás de su hombro, había una sombra. Una figura encapuchada que lo observaba con ojos que no eran ojos, con una sonrisa que no era una sonrisa.
El Recolector.
Dorian giró en redondo, pero la habitación estaba vacía. Solo la lámpara de gas parpadeando, solo el aroma del maquillaje y el sudor, solo el eco de sus propias pisadas sobre el suelo de madera.
Regresó al apartamento cuando el cielo empezaba a clarear, gris como una mortaja. La ciudad despertaba lentamente, con el rumor de los primeros tranvías y el olor del pan recién horneado. Pero Dorian no sentía hambre, ni sueño, ni deseo. Solo una fatiga inmensa, como si hubiera estado caminando durante siglos.
El retrato lo esperaba.
Ya no sangraba. Los rostros de las víctimas habían desaparecido bajo la superficie, dejando solo una superficie lisa y oscura, como un espejo de agua quieta. Pero cuando Dorian se acercó, vio algo nuevo en el lienzo.
Una figura.
La silueta del Recolector, de pie detrás de su propio retrato, con una mano extendida hacia él. Y en la palma abierta, algo que brillaba con luz propia: un espejo pequeño, redondo, como el que había visto en las catacumbas.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Dorian, y su voz era apenas un susurro.
El lienzo no respondió. Pero la figura se movió.
Un dedo largo y pálido señaló hacia la puerta, hacia la ciudad, hacia el mundo que lo esperaba.
Dorian comprendió.
No era suficiente esconderse. No era suficiente olvidar. El Recolector quería que pagara su deuda, y la única moneda que aceptaba eran las almas. Las almas que Dorian había corrompido, las almas que había prometido sin saber lo que prometía.
—No —dijo, negando con la cabeza—. No te daré más.
Pero incluso mientras lo decía, sintió el peso de su propia condena. El retrato no era solo un espejo de su corrupción; era un contrato. Y los contratos, como había aprendido en sus años de excesos, siempre se cumplen.
La mañana entró por la ventana, pálida y fría. Dorian se sentó frente al retrato y esperó.
No sabía qué esperaba. Tal vez el final. Tal vez el olvido. Tal vez un milagro que sabía imposible.
Pero mientras esperaba, los rostros comenzaron a emerger de nuevo, uno tras otro, como burbujas en un estanque de aceite. Marguerite, Armand, la costurera, el soldado, la actriz. Y detrás de ellos, otros que aún no conocía, otros que estaban por venir.
El eco de sus víctimas llenó la habitación, y Dorian cerró los ojos.
—Perdón —susurró—. Perdón.
Pero el silencio fue su única respuesta.
Capítulo 4: La cacería del alma
La lluvia caía sobre París como un velo funerario, cada gota un pequeño puñal de cristal que perforaba la noche. Dorian Gray caminaba sin rumbo, su gabardina empapada adherida a los hombros como una segunda piel, los zapatos de cuero italiano arruinados por los charcos del asfalto. En los cafés de Montparnasse, las luces amarillas se filtraban a través de ventanas empañadas, revelando siluetas de bohemios que bebían absenta y discutían sobre la guerra que se avecinaba como una tormenta inevitable.
Pero Dorian no veía nada de eso.
Solo veía el rostro de Armand Dubois flotando en el Sena, los ojos vaciados como si alguien hubiera querido borrar lo que habían visto. Solo veía la sangre en el retrato, esa mancha húmeda y carmesí que crecía cada noche como un cáncer en la frente pintada.
¿Cuánto tiempo llevaba caminando?
No lo sabía. El tiempo se había vuelto líquido, maleable, como las horas en una pesadilla que se niega a terminar. Las farolas de gas parpadeaban a su paso, y en cada reflejo de escaparate creía ver una sombra que no era la suya, una figura encapuchada que lo observaba desde el otro lado del cristal.
—Señor Gray.
La voz llegó desde algún lugar a su izquierda, y Dorian se detuvo tan bruscamente que casi perdió el equilibrio. Un gendarme lo miraba desde la entrada de una panadería cerrada, el bigote erizado bajo la visera del kepis.
—¿Está usted bien? Parece perdido.
Dorian esbozó una sonrisa, esa sonrisa que había perfeccionado durante décadas, el gesto de un hombre que no tiene nada que temer.
—Perfectamente, gracias. Solo disfruto de la noche.
El gendarme lo estudió un momento, sus ojos recorriendo el traje empapado, la falta de paraguas, el temblor casi imperceptible en las manos enguantadas.
—No es una noche para paseos, monsieur. Hay toque de queda a partir de las once. Y con todo lo que está pasando...
—¿Todo lo que está pasando? —preguntó Dorian, y su voz sonó extrañamente aguda incluso para él.
El gendarme bajó la voz, acercándose un paso.
—Los asesinatos. ¿No ha oído? Anoche encontraron a otro. Un poeta, creo. Sin ojos. Como el otro.
Dorian sintió que el estómago se le helaba.
—He oído rumores, sí.
—Dicen que es un loco. O un espía. Los alemanes, quizás, sembrando el caos antes de... —el gendarme hizo un gesto vago hacia el este, hacia la frontera—. Pero yo le digo una cosa, monsieur: cuídese. No es seguro estar solo en las calles.
—Lo tendré en cuenta.
Dorian continuó caminando, pero ahora sus pasos eran más rápidos, más erráticos. Las palabras del gendarme resonaban en su cabeza como campanas de iglesia: Sin ojos. Como el otro.
Armand Dubois había visto el retrato. Había visto la sangre, las caras de los muertos, la verdad que Dorian ocultaba bajo su máscara de perfección. Y ahora Armand no tenía ojos.
¿Fui yo?
La pregunta lo perseguía como un perro rabioso. No recordaba haberlo hecho. Pero había tantas cosas que no recordaba, tantas noches que se desvanecían en brumas de opio y alcohol, tantos momentos en que su cuerpo actuaba mientras su mente flotaba en algún lugar distante, observando desde lejos como un espectador en un teatro de horrores.
Llegó al Sena sin darse cuenta, el agua negra y aceitosa moviéndose perezosamente bajo los arcos del Pont Neuf. Se apoyó en la barandilla de piedra, sintiendo el frío morder sus dedos a través de los guantes. Las luces de la ciudad se reflejaban en la superficie del río como estrellas caídas, bellas y falsas.
—Eres difícil de encontrar, Dorian.
La voz era suave, casi amable, y provenía de las sombras bajo el arco del puente. Dorian se giró, el corazón golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
Una figura emergió de la oscuridad, alta y delgada, vestida con un abrigo negro que llegaba hasta los tobillos. Cuando la luz de una farola cercana iluminó su rostro, Dorian reconoció los rasgos afilados, los ojos grises como el acero, el cabello rubio peinado hacia atrás con precisión germánica.
Klaus Richter.
—Herr Richter —dijo Dorian, y su voz sonó sorprendentemente calmada—. No esperaba encontrarlo aquí.
—Yo tampoco esperaba encontrarlo a usted. Pero los caminos de la noche son extraños, ¿no cree?
Richter se acercó lentamente, sus pasos resonando en los adoquines mojados con un ritmo hipnótico. Llevaba un cigarrillo entre los dedos, la brasa roja brillando como un ojo en la penumbra.
—He estado pensando en nuestra conversación anterior, Herr Gray. En la señorita Dubois. En el poeta Armand. En todas esas muertes que parecen seguirle como sombras.
—Son coincidencias.
—¿Coincidencias? —Richter rió, un sonido seco y sin alegría—. En mi experiencia, las coincidencias son como las mentiras: cuanto más las examinas, más se desmoronan.
Se detuvo a unos pasos de Dorian, aspirando lentamente el humo del cigarrillo. El aroma del tabaco se mezcló con el olor a humedad y carbón del río.
—Sé lo que es usted, Herr Gray.
Dorian sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
—No sé de qué habla.
—Oh, creo que sí. —Richter apagó el cigarrillo contra la barandilla de piedra, el gesto meticuloso, casi ritual—. Usted es un hombre que ha vivido demasiado tiempo. Un hombre que ha visto demasiadas cosas. Un hombre que... —hizo una pausa, sus ojos grises fijos en los de Dorian— ...que no envejece.
El silencio se extendió entre ellos como un abismo. Las aguas del Sena murmuraban abajo, llevándose secretos hacia el mar.
—He oído historias —continuó Richter, su voz ahora más baja, más íntima—. Historias de un hombre en Londres, hace décadas. Un hombre de belleza imposible, que frecuentaba los teatros y los burdeles, que dejaba un rastro de escándalos y muertes a su paso. Un hombre que desapareció justo cuando las autoridades comenzaban a hacer preguntas.
—Londres está lejos.
—No tanto como parece. Y los archivos de la Gestapo son exhaustivos. Tenemos contactos en Scotland Yard, en la Sûreté, en todos los lugares donde los hombres guardan secretos. —Richter sonrió, y había algo depredador en esa sonrisa—. El retrato, Herr Gray. El retrato que el pintor ciego hizo de usted. ¿Qué esconde?
Dorian no respondió. No podía. Las palabras se habían atascado en su garganta como espinas.
—No importa —dijo Richter, girándose para irse—. Lo descubriré. Siempre descubro la verdad, al final. Es mi talento.
Comenzó a alejarse, sus pasos resonando en la noche, pero se detuvo después de unos metros.
—Una última cosa, Herr Gray. He oído que el pintor, ese tal Noir, se esconde en una iglesia abandonada cerca de Saint-Germain. La iglesia de Saint-Sulpice, la antigua, la que cerraron después del incendio. Si yo fuera usted, iría a visitarlo. Antes de que alguien más lo haga.
Y desapareció en la oscuridad, dejando a Dorian solo con el río y sus fantasmas.
La iglesia de Saint-Sulpice se alzaba al final de una callejuela estrecha, su fachada de piedra ennegrecida por el humo y el tiempo. Las ventanas estaban tapiadas con tablones de madera, y una cadena oxidada colgaba de las puertas principales, selladas con un candado que parecía haber resistido décadas de lluvia y abandono.
Dorian rodeó el edificio, encontrando una entrada lateral, una puerta pequeña y baja que cedió con un empujón. El interior olía a polvo, a incienso rancio, a madera quemada. La luz de su linterna revelaba bancos rotos, un altar profanado, frescos descascarados donde santos y vírgenes miraban con ojos vacíos.
—¿Señor Noir?
Su voz resonó en el espacio vacío, rebotando contra los muros de piedra. No hubo respuesta.
Avanzó entre los escombros, la linterna temblando en su mano. En el ábside, donde antes había estado el altar mayor, encontró una escalera de caracol que descendía hacia la cripta. El aire se volvía más frío a cada paso, más denso, cargado de un aroma a tierra húmeda y a algo más, algo metálico y dulzón.
Sangre.
La palabra apareció en su mente sin ser invitada, y Dorian apretó la mandíbula, forzándose a continuar.
La cripta era más grande de lo que había imaginado, un espacio abovedado donde las sombras se acumulaban como telarañas. En el centro, rodeado de velas que parpadeaban con una luz enfermiza, estaba Étienne Noir.
El pintor estaba sentado en una silla de madera, su rostro ciego vuelto hacia la entrada como si pudiera ver a Dorian a través de la oscuridad. Sus manos descansaban sobre un lienzo cubierto con un paño negro, y a su lado había un frasco de vidrio lleno de un líquido rojo oscuro.
—Sabía que vendrías —dijo Noir, su voz suave y rasposa, como papel de lija sobre seda—. Era inevitable.
—¿Cómo sabías que era yo?
Noir sonrió, una mueca que no llegaba a sus ojos ciegos.
—Huelo tu perfume. Tu miedo. Tu culpa. —Hizo una pausa, inclinando la cabeza como si escuchara algo que Dorian no podía oír—. Y oigo tu corazón. Late demasiado rápido para ser el de un hombre inocente.
Dorian se acercó, la linterna iluminando el rostro del pintor. Las cuencas vacías donde deberían haber estado sus ojos eran dos pozos de sombra, pero la piel alrededor estaba marcada por cicatrices finas, como si alguien hubiera intentado abrirlas con un cuchillo.
—El retrato —dijo Dorian, y su voz sonó rota, desesperada—. ¿Qué le hiciste al retrato?
—No le hice nada. Solo pinté lo que vi.
—¡Viste mi alma!
—Sí. —Noir asintió lentamente, sin perturbación—. Vi tu alma, Dorian Gray. Vi todo lo que has hecho, todas las vidas que has destruido, todas las almas que has consumido para alimentar tu belleza. Y lo pinté.
—¿Por qué?
—Porque alguien me lo pidió.
Dorian sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Quién?
Noir guardó silencio un momento, sus dedos ciegos acariciando el borde del lienzo cubierto.
—¿Has oído hablar del Recolector, Dorian? El que viene cuando se vence un plazo, cuando se cumple una deuda. El que toma lo que se le prometió.
Las palabras de Lucien en las catacumbas resonaron en la mente de Dorian: El Recolector. Viene por ti, Dorian. Viene por tu alma.
—No sé de qué hablas.
—Mientes. —La voz de Noir era suave, pero implacable—. Mientes como has mentido durante décadas, como has mentido a todos los que te han amado, a todos los que han caído en tu red de belleza y promesas vacías. Pero a mí no puedes mentirme, Dorian. No tengo ojos que puedas engañar.
Dorian sintió que las lágrimas comenzaban a quemar sus ojos, lágrimas que no había derramado en años, quizás en siglos.
—¿Qué puedo hacer? —susurró—. ¿Cómo puedo detener esto?
Noir se levantó lentamente, sus manos temblorosas alzando el lienzo cubierto.
—El retrato es un espejo de tu alma. Pero también es una prisión. Mientras exista, estarás atado a él, condenado a ver tu corrupción crecer hasta que no quede nada de ti excepto la bestia que has creado.
—¿Puedes destruirlo?
—Puedo. —Noir dio un paso hacia Dorian, el lienzo entre ellos como una ofrenda—. Pero tiene un precio.
—¿Qué precio?
—Tu alma, Dorian. Tu alma para el Recolector.
El silencio cayó entre ellos como una losa de mármol. Dorian miró el lienzo cubierto, imaginando las imágenes que había visto en el estudio de Noir, las caras de los muertos, la sangre, la podredumbre.
—¿Y si me niego?
—Entonces el retrato seguirá creciendo. Las manchas se extenderán. Las caras se volverán más nítidas, más reales. Y cada noche, cuando cierres los ojos, las verás. Oirás sus voces. Sentirás sus dedos fríos en tu piel. —Noir inclinó la cabeza, su voz convirtiéndose en un susurro—. Y cuando el retrato esté completo, cuando tu alma esté completamente plasmada en el lienzo, entonces el Recolector vendrá. Y te llevará.
Dorian sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó en una columna de piedra, el frío penetrando a través de su ropa.
—No —dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. No acepto tu trato.
Noir suspiró, un sonido que era casi de alivio.
—Lo sabía. Sabía que te negarías. Eres demasiado orgulloso, demasiado apegado a esta máscara de belleza que has construido. Prefieres arder en tu propio infierno que admitir que has perdido.
—No he perdido —dijo Dorian, enderezándose—. Encontraré otra manera.
—No hay otra manera. —Noir se volvió, colocando el lienzo contra la pared—. El retrato está ligado a ti por un pacto que hiciste hace mucho tiempo, un pacto que no recuerdas pero que tu alma sí. Solo la destrucción del retrato puede liberarte, y solo el Recolector tiene el poder de destruirlo sin liberar el horror que contiene.
—Entonces encontraré a alguien más.
—No hay nadie más. —Noir se sentó de nuevo, sus manos cayendo sobre sus rodillas—. Soy el único que puede ayudarte, y mi ayuda tiene un precio que no estás dispuesto a pagar. Así que vete, Dorian Gray. Vete y enfrenta tu destino.
Dorian apretó los puños, sintiendo la rabia crecer en su pecho como una bestia despertando.
—No sabes nada de mí —dijo, y su voz temblaba de furia—. No sabes lo que he sacrificado, lo que he soportado. No sabes nada.
—Sé más de ti de lo que crees. —Noir levantó su rostro ciego hacia Dorian, y por un momento, Dorian juró que podía ver algo brillar en esas cuencas vacías—. He pintado tu alma. He visto cada pecado, cada mentira, cada acto de crueldad. He visto a la mujer que empujaste por las escaleras en Viena. He visto al niño que dejaste morir en los muelles de Marsella. He visto a todos los que amaste y destruiste, todos los que confiaron en ti y a los que traicionaste.
Dorian dio un paso atrás, el horror helándole la sangre.
—No puedes saber eso.
—Lo sé. Y también sé que el retrato sangra. —Noir sonrió, y su sonrisa era terrible—. Sangra porque tu alma está muriendo, Dorian. Porque cada vez que cometes un pecado, una parte de ti muere y queda atrapada en el lienzo. Pronto no quedará nada. Solo el retrato. Solo la bestia.
Dorian quiso responder, quiso gritar, quiso negar todo lo que el pintor había dicho. Pero las palabras no llegaron. En su lugar, sintió algo caliente y húmedo deslizándose por su frente.
Se tocó la piel con los dedos, y cuando los miró, estaban manchados de rojo.
Sangre.
Sangre real, caliente, viva.
—El retrato —susurró Noir, y su voz sonó como una profecía—. El retrato está sangrando.
Dorian salió de la iglesia corriendo, las piernas moviéndose sin su control, los pulmones ardiendo con cada bocanada de aire frío. La lluvia había cesado, pero las calles seguían mojadas, los adoquines brillando como espejos rotos bajo la luz de las farolas.
Corrió sin rumbo, sin dirección, solo necesitando escapar, necesitando poner distancia entre él y las palabras de Noir, entre él y la verdad que había visto reflejada en esas cuencas vacías.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando llegó a su apartamento. La puerta estaba entreabierta, la cerradura forzada. Entró con el corazón en la garganta, la linterna iluminando el desorden: cajones abiertos, libros esparcidos por el suelo, el armario vaciado.
La Gestapo.
Pero no. La Gestapo no habría dejado ese rastro. La Gestapo era meticulosa, ordenada. Esto era otra cosa. Esto era...
Se detuvo frente al caballete donde había colocado el segundo retrato, el que Noir había pintado. El paño que lo cubría había sido arrancado, y el lienzo estaba al descubierto.
Dorian sintió que el mundo se detenía.
El retrato había cambiado. Ya no era solo la imagen de un hombre hermoso con una mancha en la frente. Ahora la mancha se había extendido, cubriendo media cara como una máscara carmesí. Y de ella emergían rostros, docenas de rostros, apretados contra la superficie del lienzo como si intentaran escapar.
Reconoció a Marguerite Dubois, sus ojos abiertos en un grito silencioso. Reconoció a Armand, sus cuencas vacías mirando desde la pintura. Reconoció a otros, decenas de otros, cuyos nombres había olvidado pero cuyos rostros habían quedado grabados en su memoria como cicatrices.
Y mientras miraba, una gota de sangre cayó del lienzo al suelo, formando un charco diminuto que se extendía lentamente sobre la madera.
Dorian cayó de rodillas, las manos temblorosas cubriéndose el rostro. Podía sentir la sangre deslizándose por su frente, goteando sobre sus dedos, manchando su ropa. Podía oír susurros en la oscuridad, voces que llamaban su nombre, voces que reclamaban lo que les había robado.
Dorian... Dorian...
Y entonces, entre todas las voces, una se elevó por encima de las demás. Una voz que conocía, una voz que había escuchado en sus pesadillas durante décadas.
Has olvidado tu promesa, Dorian.
Dorian levantó la cabeza, y en el espejo frente a él, vio una figura encapuchada que lo observaba desde el otro lado del cristal.
El plazo se acerca. Y el Recolector siempre cobra.
Dorian quiso gritar, pero ningún sonido salió de su garganta. Solo la sangre, cayendo sobre sus manos, sobre el suelo, sobre el retrato que lo mostraba tal como era: un hombre muerto que aún respiraba, un alma condenada que aún soñaba con la redención.
Y en el silencio de la noche parisina, mientras las sirenas de la policía ululaban en la distancia y los fantasmas del pasado susurraban su condena, Dorian Gray comprendió por fin la verdad que había estado evitando durante todos aquellos años.
No había escape.
No había perdón.
Solo el retrato.
Solo la sangre.
Solo el fin.
Capítulo 5: La sombra en el Sena
La noche sobre París era un manto de terciopelo negro salpicado de lágrimas de gas. La lluvia caía con una persistencia que parecía la respiración misma de la ciudad, cada gota un latido en el pulso moribundo de los adoquines. Dorian Gray caminaba por los muelles del Sena, sus pasos resonando como un réquiem en la bruma que se alzaba del agua aceitosa.
Llevaba tres días sin dormir. Tres días desde que Étienne Noir le había mostrado la verdad en la cripta de Saint-Sulpice, desde que el pintor ciego había pronunciado aquellas palabras que ahora quemaban como ácido en su memoria: "El Recolector viene por ti, y cuando llegue, no habrá belleza que te salve, ni juventud que te proteja, ni retrato que oculte lo que eres."
El retrato.
Lo llevaba consigo, enrollado bajo el brazo como un fardo maldito, envuelto en una lona empapada. Podía sentirlo a través de la tela, vibrando con una energía que no era humana, respirando con un ritmo que se sincronizaba con los latidos de su propio corazón. Sabía lo que el lienzo mostraba ahora: no la belleza inmortal de su juventud, sino un monstruo de carne podrida y ojos vacíos, una bestia de sombras y remordimientos que llevaba las caras de todos los que había destruido.
Basil Hallward. Sibyl Vane. Armand Dubois. Y tantos otros cuyos nombres se perdían en la niebla del placer y la crueldad.
—No hay escapatoria, ¿verdad? —murmuró Dorian, su voz apenas un susurro que el viento arrancó de sus labios y arrojó al Sena.
El río no respondió. Solo el chapoteo de las aguas contra los pilares de piedra, solo el gemido de una barcaza a lo lejos, solo el tic-tac de un reloj en alguna torre invisible marcando las horas que le quedaban.
Se detuvo frente a la balaustrada, apoyando las manos en la piedra fría y resbaladiza. La lluvia empapaba su cabello, sus ropas, su rostro, y por un momento, casi podía engañarse a sí mismo creyendo que las lágrimas que corrían por sus mejillas eran solo agua. Pero mentir siempre había sido su talento, incluso mintiéndose a sí mismo.
—Señor Gray.
La voz llegó desde la oscuridad, cortante como un bisturí, fría como el mármol de las tumbas. Dorian se giró lentamente, y allí estaba Klaus Richter, saliendo de entre las sombras de un arco de piedra, su gabardina negra empapada, su rostro una máscara de determinación implacable.
—Richter —dijo Dorian, y su voz sonó extrañamente tranquila, como si la cercanía del final hubiera quemado toda emoción superficial—. ¿Ha venido a arrestarme?
—No he venido a arrestarle, señor Gray. He venido a salvarle.
Dorian rió, una risa amarga que se perdió en la noche.
—¿Salvarme? ¿Usted? Un oficial de la Gestapo interesado en retratos malditos y asesinatos sin resolver. ¿Qué sabe usted de salvar almas?
Richter se acercó, sus pasos cuidadosos sobre los adoquines mojados. Cuando estuvo a unos pasos de distancia, se detuvo y levantó la mano. En ella, Dorian vio un objeto que le hizo contener el aliento: un pequeño espejo de mano, antiguo, con el marco de plata oxidada.
—Sé más de lo que imagina, señor Gray. Sé que usted hizo un pacto hace décadas en Londres. Sé que el retrato que lleva consigo no es una simple pintura, sino un contrato de sangre. Y sé que esta noche, el Recolector vendrá a cobrar su deuda.
—¿Cómo...? —Dorian negó con la cabeza, confuso—. ¿Cómo sabe usted todo eso?
—Porque yo también hice un pacto —dijo Richter, y por primera vez, su voz perdió el filo de acero para revelar un cansancio profundo, antiguo—. No con su Recolector, sino con algo similar. Algo que habita en los bosques de mi tierra natal, en Prusia Oriental. Algo que me ha perseguido durante treinta años.
Dorian observó al alemán con nuevos ojos. Bajo la luz mortecina de las farolas, vio las marcas que antes había pasado por alto: las ojeras profundas, el temblor casi imperceptible de sus manos, la forma en que sus ojos se movían constantemente, como buscando algo en las sombras.
—¿Y qué quiere de mí? —preguntó Dorian.
—Quiero que no cometa el mismo error que yo. Cuando llegue el momento, no intente negociar. No intente engañar. El Recolector es más antiguo que cualquier dios que los hombres hayan inventado, y ha visto todos los trucos, todas las mentiras, todas las promesas vacías. Si intenta engañarlo, su sufrimiento será eterno.
—¿Y qué debo hacer entonces?
Richter guardó el espejo en el bolsillo de su gabardina y dio un paso atrás.
—Eso, señor Gray, es algo que solo usted puede decidir. Pero le daré un consejo: hay cosas peores que la muerte. Yo he visto algunas de ellas.
Antes de que Dorian pudiera responder, Richter se había desvanecido en la niebla, sus pasos perdiéndose en el laberinto de callejones que bordeaban el río. Dorian se quedó solo, el retrato bajo el brazo, el Sena a sus espaldas, y la noche abriéndose ante él como una boca hambrienta.
Decidió ir al café.
No sabía por qué. Quizás era el deseo de sentir algo familiar antes del final, o quizás la esperanza tonta de encontrar a Colette allí, sentada en su mesa habitual, bebiendo absenta y sonriendo con esa sonrisa que siempre le hacía olvidar, aunque fuera por un momento, la monstruosidad que llevaba dentro.
El Café de la Rotonde estaba casi vacío a esas horas. Unos pocos clientes, borrachos o soñolientos, ocupaban las mesas del fondo. El humo del tabaco flotaba en el aire como un fantasma perezoso. Dorian se sentó en la barra y pidió un ajenjo sin mirar al camarero.
—¿Estás bien, chéri?
La voz de Colette llegó como un bálsamo y un veneno al mismo tiempo. Dorian levantó la vista y la vio, apoyada en la puerta de la cocina, su delantal manchado de vino, su cabello suelto cayendo sobre sus hombros como una cascada de noche.
—No —dijo Dorian, y por primera vez en mucho tiempo, dijo la verdad—. No estoy bien.
Colette se acercó lentamente, sus ojos azules fijos en él, leyendo algo en su rostro que ella nunca había visto antes. Se sentó a su lado, apartó el vaso de ajenjo y tomó sus manos entre las suyas.
—Háblame —dijo—. Dime qué te pasa.
Y Dorian, el hombre que había vivido décadas de mentiras, el hombre que había perfeccionado el arte de la máscara, el hombre que había destruido todo lo que amaba simplemente para sentir algo, se encontró a sí mismo contándole la verdad.
Le habló de Basil Hallward y el primer retrato. Le habló de Sibyl Vane y su suicidio. Le habló de los años de placer y crueldad, de las orgías en casas señoriales, de los jóvenes que había arruinado, de los amigos que había traicionado. Le habló del pacto, del Recolector, del nuevo retrato que ahora llevaba consigo, palpitando como un corazón enfermo.
Cuando terminó, el café se había quedado en silencio. Incluso los borrachos habían dejado de hablar, como si las palabras de Dorian hubieran tejido un hechizo que paralizaba todo a su alrededor.
Colette lo miró largamente. Sus ojos no mostraban horror, ni repulsión, ni siquiera compasión. Solo una tristeza profunda, como la de alguien que mira una obra de arte hermosa pero irremediablemente rota.
—Podría haberte odiado —dijo ella al fin—. Podría haberme ido, o gritar, o llamar a la policía. Pero no puedo. Porque a pesar de todo lo que has hecho, veo en tus ojos algo que quizás ni tú mismo reconoces.
—¿Qué? —preguntó Dorian, su voz apenas un susurro.
—A un hombre que quiere ser libre.
Dorian sintió algo romperse en su interior. No era dolor, exactamente. Era más bien la sensación de una puerta abriéndose, de una posibilidad que nunca había considerado.
—No sé si merezco la libertad —dijo—. He hecho cosas terribles, Colette. Cosas que no puedo deshacer.
—Quizás no puedas deshacerlas. Pero puedes elegir cómo termina esto.
Dorian la miró, y por un momento, vio en ella algo que había buscado toda su vida sin saberlo: una conexión genuina, sin máscaras, sin juegos, sin mentiras.
—Gracias —dijo, y la palabra sonó extraña en sus labios, como si hubiera olvidado cómo pronunciarla.
Colette sonrió, una sonrisa triste pero hermosa, y apretó sus manos.
—No me des las gracias todavía. La noche no ha terminado.
El Recolector llegó cuando el reloj de Saint-Germain marcó las tres de la madrugada.
Dorian lo sintió antes de verlo: un frío que no era del aire, una oscuridad que no era ausencia de luz, un silencio que no era quietud. Estaba de vuelta en los muelles del Sena, habiendo dejado a Colette en el café con una promesa que no sabía si podría cumplir.
—Volveré —le había dicho—. Pase lo que pase, volveré.
Mentira, quizás. O quizás no. Ya no estaba seguro de nada.
El retrato yacía en el suelo, desenrollado, mirando al cielo nocturno con sus ojos vacíos. La imagen era peor de lo que Dorian había imaginado: un ser de carne podrida y huesos quebrados, un collage de cadáveres y sombras, una abominación que llevaba su rostro pero no su alma.
Y ante él, emergiendo de la niebla, apareció el Recolector.
No era un hombre. No era una bestia. Era una forma, un contorno, una ausencia que de alguna manera ocupaba espacio. Tenía brazos, pero no manos. Tenía piernas, pero no pies. Y donde debería haber un rostro, solo había un velo de oscuridad, más negro que la noche, más profundo que el Sena.
—Dorian Gray —dijo, y su voz era el crujir de huesos viejos, el susurro de telarañas, el eco de tumbas abiertas—. Has llegado al final de tu camino.
—He llegado —dijo Dorian, y su voz no tembló—. Pero no he venido a rendirme.
El Recolector inclinó la cabeza, un gesto que podría haber sido curiosidad o burla.
—¿No? Entonces, ¿a qué has venido?
—A negociar.
—No hay negociación posible. Tu alma me pertenece. El pacto está sellado.
—El pacto se selló con otro retrato —dijo Dorian, señalando el lienzo en el suelo—. Este es nuevo. Este no forma parte del acuerdo original.
El Recolector guardó silencio por un momento. La niebla a su alrededor se arremolinó, como si estuviera considerando las palabras de Dorian.
—Eres astuto, Dorian Gray. Siempre lo has sido. Pero la astucia no te salvará. El retrato puede ser nuevo, pero el alma que contiene es la misma. Tu esencia, tu corrupción, tu pecado... todo está ahí, grabado en la tela con sangre y sombras.
—Entonces, ¿qué propones?
El Recolector extendió un brazo, y en su extremo, donde debería haber una mano, se formó una garra de sombra, afilada como un cuchillo.
—Propongo que aceptes tu destino. Que te rindas a la oscuridad que siempre has llevado dentro. Que dejes de luchar, y dejes que te consuma.
Dorian miró la garra. Miró el retrato. Miró el Sena, negro y profundo, fluyendo hacia el mar como la vida fluye hacia la muerte.
Y entonces, sonrió.
—No —dijo.
Y antes de que el Recolector pudiera reaccionar, Dorian agarró el retrato, lo levantó sobre su cabeza, y lo arrojó al río.
El lienzo golpeó el agua con un chapoteo que resonó en la noche como un disparo. Durante un segundo, flotó en la superficie, la imagen monstruosa mirando al cielo con sus ojos muertos. Y luego, lentamente, comenzó a hundirse, arrastrado por la corriente hacia las profundidades del Sena.
El Recolector emitió un sonido que no era humano. Un aullido de furia y dolor que sacudió los adoquines y quebró las ventanas de los edificios cercanos.
—¡INSENSATO! —gritó, y su voz era el trueno y el terremoto, el incendio y la inundación—. ¡Has firmado tu condena!
—Quizás —dijo Dorian, dando un paso hacia el borde del muelle—. Pero al menos será mi condena, no la tuya.
Y saltó.
El agua del Sena era fría, más fría de lo que había imaginado, un abrazo de hielo que le robó el aliento y le llenó los pulmones de oscuridad. Mientras se hundía, sintió algo que no había sentido en décadas: paz.
Las sombras se arremolinaban a su alrededor, susurrando promesas de eternidad y tormento. Pero Dorian no las escuchó. Cerró los ojos, y se dejó llevar.
La mañana siguiente amaneció clara y fría. El sol se elevó sobre París como un ojo dorado, lavando las calles con luz y olvidando los horrores de la noche.
El cuerpo de Dorian Gray nunca fue encontrado.
Algunos dijeron que había huido de Francia, que había embarcado hacia América bajo un nombre falso. Otros dijeron que la Gestapo lo había arrestado y ejecutado en secreto, borrando toda evidencia de su existencia. Unos pocos, los que conocían la verdad, guardaron silencio y esperaron.
Colette esperó tres días en el Café de la Rotonde, mirando la puerta, esperando que Dorian cumpliera su promesa. Cuando el tercer día amaneció sin noticias, pagó su cuenta, se puso el abrigo, y salió a la calle sin mirar atrás.
Klaus Richter presentó su informe a sus superiores: el sospechoso había muerto ahogado, el caso estaba cerrado. Esa noche, quemó el espejo de plata en una hoguera en las afueras de la ciudad, y observó las llamas consumir el metal hasta que no quedó más que cenizas.
Étienne Noir, el pintor ciego, desapareció de su cripta en Saint-Sulpice. Los sacerdotes encontraron solo su bastón y su gabardina, doblados cuidadosamente sobre el altar. En el suelo, alguien había escrito con tiza una palabra: "LIBERADO".
Seis meses después, en una subasta en Berlín, un coleccionista alemán compró un lote de pinturas francesas confiscadas a familias judías. Entre ellas, había un retrato de un joven de belleza extraordinaria, vestido con ropas de otra época, con una sonrisa que parecía burlarse del espectador.
El coleccionista colgó el retrato en su estudio, sobre la chimenea, donde pudiera verlo cada día. Y cada noche, cuando apagaba las luces y se retiraba a dormir, juraba haber visto un parpadeo en los ojos del lienzo, un movimiento en la sonrisa, una sombra que se movía tras el cristal.
Pero cuando encendía las luces, el retrato estaba inmóvil, perfecto, eterno.
Y la sonrisa de Dorian Gray, aún joven, aún hermoso, aún corrupto, parecía decir:
"Hasta pronto."
FIN