Un periodista de Nueva York —nunca sabremos su nombre— redacta el consultorio sentimental de su diario bajo la firma de «Miss Lonelyhearts», la señorita Corazones Solitarios. El puesto es una broma de la redacción, un destino de castigo; las cartas que recibe no lo son. Escriben la chica sin nariz («¿qué hice yo para merecer un destino tan terrible?»), el muchacho cuya hermana retrasada ha sido violada, la mujer molida a palos por un marido que la policía devuelve a casa: el dolor americano en estado bruto, con faltas de ortografía. Y el redactor, hijo de un pastor baptista, descubre que no puede seguir contestando con frases hechas: las cartas lo están destruyendo. Sobre esa premisa mínima, Nathanael West construyó en 1933 una de las novelas más feroces y perfectas de la literatura norteamericana: cincuenta y ocho páginas que pesan como quinientas.
El argumento
La novela avanza en capítulos breves con títulos de viñeta —«Miss Lonelyhearts y el cordero», «Miss Lonelyhearts en el país de los sueños»— que funcionan como estaciones de un vía crucis paródico. El protagonista busca salidas y las agota una a una: el cinismo de la redacción, encarnado en Shrike, su jefe de sección, demonio verbal que perora brillantes sermones burlones contra todos los consuelos posibles —el arte, el campo, el hedonismo, Dios—; el sexo sin fe con su prometida Betty, la única persona sana del libro, cuya receta de felicidad rural el enfermo ya no puede tragar; la aventura sórdida con la mujer de Shrike; el alcohol. Nada cierra la herida: el «complejo de Cristo» que su jefe le diagnostica entre carcajadas es real —el hombre quiere, literalmente, redimir el sufrimiento que le llega por correo— y es, en el mundo de West, una enfermedad mortal.
La espiral se cierra con los Doyle: la coja Fay, lectora del consultorio, que lo seduce con una avidez desesperada, y su marido Peter, el tullido que le escribe la carta más terrible del libro. Miss Lonelyhearts intenta con ellos su milagro —amar al lisiado, redimir a la pareja— y el resultado es el desastre grotesco que la lógica del libro exigía. Tras una crisis mística final —la fusión con Dios en su cuarto de enfermo, narrada con una seriedad que es la ironía más cruel de West—, el redentor baja las escaleras con los brazos abiertos hacia Doyle, que sube a matarlo con un arma envuelta en un periódico. El abrazo y el disparo son el mismo gesto: la única comunión que el libro concede.
Temas y sentido
Miss Lonelyhearts es la gran novela del dolor convertido en mercancía: el consultorio sentimental como confesionario industrial de la Depresión, la fe cristiana reducida a sección fija de periódico. West —judío neoyorquino, lector de los surrealistas franceses, ateo obsesionado con Cristo— escribió una pasión sin resurrección en prosa de precisión quirúrgica: cada capítulo una viñeta, cada imagen un golpe («las cartas eran el pan de la desdicha»). La risa que provoca es la más incómoda de su literatura: Shrike es uno de los grandes personajes cómicos del siglo, y su comicidad es puro nihilismo. Anticipo del humor negro de posguerra —sin West no hay Flannery O'Connor, ni Trampa 22, ni la América grotesca de los Coen—, la novela es el caso extremo de un libro pequeño con potencia de dinamita: el evangelio según la página de consultorio.