Tod Hackett, pintor formado en Yale, trabaja en Hollywood como diseñador de decorados mientras prepara en secreto su gran cuadro: «El incendio de Los Ángeles», una visión apocalíptica de la ciudad ardiendo a manos de una multitud enloquecida. La novela de West es la historia de cómo Tod va reuniendo, sin saberlo, los modelos de ese cuadro: la fauna de los márgenes de la industria del cine, la gente que llegó a California «a morir» —la frase del libro— después de que el sueño americano les diera esquinazo en todas las demás direcciones.
El argumento
En el centro del reparto está Faye Greener, aspirante a estrella de diecisiete años, hermosa, vacía y perfectamente inalcanzable: no porque sea virtuosa, sino porque solo se vende a quien pueda pagar su fantasía. Tod la desea sin esperanza; la corteja también Homer Simpson —West inventó el nombre décadas antes que la televisión—, un contable de Iowa enfermo de represión, cuyas manos enormes viven una vida propia y cuya pasividad bovina esconde la carga explosiva del libro. Alrededor orbitan el padre de Faye, viejo cómico de vodevil reducido a vender abrillantador a domicilio con su número de payaso incorporado; un enano furioso, un vaquero de atrezo que vive en el decorado de un rancho, un gallo de pelea, y el niño prodigio Adore, monstruo de ocho años fabricado por su madre para el estrellato.
West organiza este material en secuencias de una comicidad atroz que se van oscureciendo: la visita al plató donde se rueda Waterloo —la colina de cartón piedra se derrumba con el ejército dentro: la historia convertida en decorado inseguro—, la pelea de gallos, la fiesta que degenera. Homer acoge a Faye en un arreglo doméstico sin sexo que ella devasta metódicamente, y la humillación final del contable prepara el desenlace célebre: la premiere en el Kahn's Persian Palace Theatre, donde la multitud que espera ver estrellas —la misma multitud gris que Tod lleva todo el libro dibujando— se convierte en turba. Adore provoca a Homer, Homer estalla y lo pisotea, y la masa lo devora mientras el motín crece sin motivo ni dirección: el incendio de Los Ángeles del cuadro de Tod, ejecutado por sus modelos. La novela termina con Tod en un coche de policía, aullando al unísono con la sirena: el artista fundido por fin con su tema.
Temas y sentido
El día de la langosta (1939) es la novela definitiva sobre Hollywood precisamente porque apenas mira a las estrellas: mira a la cola de los que no entraron, el ejército de figurantes de la vida cuyo aburrimiento, alimentado a diario con sueños prefabricados, fermenta en violencia. La tesis de West —el resentimiento de los estafados por el sueño americano como fuerza apocalíptica en busca de su ocasión— hizo del libro una profecía citada sin pausa desde entonces: cada estallido de furia colectiva americana devuelve la novela a la actualidad. El título mismo, la plaga bíblica de las langostas, nombra a esa multitud.
Escrita en la prosa de viñeta exacta de su autor, con el grotesco como método —cada personaje es una máscara que duele—, la novela cierra el díptico que forma con Miss Lonelyhearts: allí el dolor americano llegaba por correo; aquí hace cola en la puerta del cine. Nadie ha retratado mejor el reverso del espectáculo.