La novela empieza en el hielo: las cartas del capitán Walton, explorador ártico en busca de gloria, a su hermana. Su barco atrapado avista un trineo gigantesco y, al día siguiente, rescata a un hombre exhausto que persigue esa aparición hasta el fin del mundo: Victor Frankenstein, que antes de morir cuenta su historia como advertencia al capitán, su espejo joven: otro hombre dispuesto a sacrificarlo todo por arrancarle secretos a la naturaleza.
El argumento
Victor, hijo dorado de Ginebra, estudiante prodigioso en Ingolstadt, descubre «la causa de la generación y la vida» y ejecuta el sueño prometeico: ensambla un ser con materiales de disecciones y osarios y lo anima. La escena capital dura un párrafo y funda un mito: ante el ojo amarillo que se abre, el creador huye. No hay pacto diabólico ni castigo divino: hay un abandono. La criatura —ocho pies, fuerza sobrehumana, fealdad insoportable— desaparece, y Victor enferma y olvida, hasta que la noticia llega de Ginebra: su hermano pequeño William ha sido estrangulado, y la criada Justine, ejecutada por el crimen con pruebas plantadas. En el glaciar de Chamonix, el creador y su obra se encuentran al fin, y la novela hace su movimiento más audaz: le da la palabra al monstruo.
El relato de la criatura —el centro exacto del libro— es la educación de un alma abandonada: el despertar de los sentidos, el fuego, el hambre, los golpes de cada aldea; el año oculto junto a la cabaña de los De Lacey, aprendiendo el lenguaje y la historia humana por una rendija, leyendo el Paraíso perdido —«yo debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído»— y ensayando el encuentro que acaba, como todos, en palos y fuga. La ternura convertida en odio por la puerta cerrada: la criatura asume el papel que el mundo le asigna, mata a William al saberlo un Frankenstein y formula su exigencia: una compañera, igual de horrenda, para desaparecer juntos en los desiertos de América. Victor acepta, y en una isla de Escocia, con la obra a medias, comete su segunda traición: despedaza a la hembra ante los ojos de la criatura. La respuesta es la maldición que estructura el final: «estaré contigo en tu noche de bodas».
La venganza se cumple con precisión: el amigo Clerval estrangulado, Victor acusado; y en la noche de bodas, no él sino Elizabeth, como el lector sabe y el ciego orgullo de Victor no. Muerto también el padre, solo quedan el cazador y la presa intercambiando papeles rumbo al norte, hasta el barco de Walton. Victor muere sin arrepentirse del todo; la criatura llora sobre su cadáver —«también yo estoy destrozado; él sufría, pero no como yo sufro»— y salta al hielo para incinerarse en el polo. Walton, aleccionado, da la vuelta.
Temas y sentido
Escrita a los dieciocho años y publicada en 1818, la novela fundó la ciencia ficción —la catástrofe por medios naturales, sin magia— y uno de los mitos permanentes de la modernidad: la responsabilidad del creador. Su estructura de relatos anidados enfrenta dos versiones sin árbitro, y su pregunta —¿quién es el monstruo: el que nace deforme o el que abandona?— sigue siendo el molde de cada debate sobre lo que fabricamos: máquinas, clones, inteligencias. El subtítulo lo dijo todo: el Prometeo moderno roba el fuego y no sabe qué hacer con él.