Una introducción fechada en 1818 cuenta el hallazgo: en la cueva de la Sibila de Cumas, cerca de Nápoles, la autora encuentra hojas proféticas escritas en todas las lenguas, y de su ordenación nace el libro: la crónica del fin de la humanidad, ocurrido a finales del siglo XXI, narrada por su último superviviente. Con ese marco visionario abre Mary Shelley su novela más ambiciosa y más oscura: El último hombre (1826), la primera gran ficción apocalíptica moderna.
El argumento
Lionel Verney, hijo asilvestrado de un cortesano arruinado, es redimido por la amistad de Adrian, conde de Windsor: hijo del último rey de Inglaterra —que abdicó al proclamarse la república—, idealista frágil consagrado al bien común. El círculo se completa con lord Raymond, ambicioso y magnético, héroe de las guerras de Grecia dividido entre la gloria y el amor. Las dos figuras son retratos reconocibles y confesos: Adrian es Percy Shelley; Raymond, Byron —el libro es también el monumento de la viuda a su círculo aniquilado—. La primera mitad teje sus destinos: Raymond, casado con Perdita, la hermana de Verney, roza la jefatura de Inglaterra y la abandona por volver a Grecia, donde muere en una Constantinopla vacía y maldita; Verney se casa con Idris, la hermana de Adrian, y la felicidad doméstica parece triunfar sobre la historia.
Entonces entra la protagonista real: la PESTE. La epidemia global avanza desde Oriente, verano tras verano, con una lógica que la novela despliega con frialdad profética: las noticias lejanas que no alarman, el comercio que colapsa, los refugiados de América invadiendo una Europa que se creía a salvo, las instituciones deshaciéndose, las sectas mesiánicas explotando el pánico —el falso profeta que Verney combate en un París moribundo—. Adrian asume el mando de una Inglaterra agonizante con una grandeza inútil: no hay enemigo que vencer. Los últimos miles de ingleses emigran hacia el sur en busca de un clima clemente, menguando de ciudad en ciudad: la travesía de la Europa vacía —Versalles habitado por un solo loco, la ópera cantada para nadie— contiene las páginas más alucinantes del libro.
El final es la aritmética del título: la familia de Verney muere pieza a pieza —Idris de agotamiento en la nieve, los niños—, y los supervivientes se reducen a cuatro, a tres, a dos: Adrian y Verney, con la niña Clara, navegando hacia Grecia, hasta la tormenta que ahoga a los dos seres que Verney ama. El último hombre entra solo en Roma vacía, escribe esta crónica «para nadie», la dedica a los muertos ilustres, y zarpa con un perro pastor y los libros de Homero y Shakespeare a recorrer las costas del mundo, por si otro superviviente existe. El año en que empieza su viaje: 2100.
Temas y sentido
Escrita por una mujer de veintinueve años que había enterrado a tres hijos, a su marido y a Byron, la novela convierte el duelo personal en extinción universal: es el libro del luto absoluto, y su tesis —la civilización como costumbre frágil, la naturaleza indiferente al proyecto humano— demolía el optimismo romántico y revolucionario de su propia estirpe. Fracasó en su tiempo; el nuestro la ha reconocido: toda la ficción pandémica y postapocalíptica —de La peste escarlata de London a Soy leyenda, La carretera y el cine de contagios— desciende de esta crónica encontrada en la cueva de la Sibila.