Mary Shelley (Londres, 1797 – Londres, 1851) fue una escritora inglesa, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), la novela que fundó la ciencia ficción y creó uno de los mitos centrales de la modernidad: la criatura que se vuelve contra su creador. Lo escribió a los dieciocho años, en el verano más famoso de la historia literaria.
Su cuna era una constelación intelectual: hija del filósofo radical William Godwin y de Mary Wollstonecraft, la pionera del feminismo (Vindicación de los derechos de la mujer), que murió al darle a luz. A los dieciséis se fugó al continente con el poeta Percy Bysshe Shelley, casado entonces; el escándalo, las deudas y los viajes desembocaron en el verano de 1816 en Villa Diodati, junto al lago Lemán: el «año sin verano» encerró bajo la lluvia a los Shelley, Byron y Polidori, y del desafío de escribir cada uno una historia de fantasmas nació —de una ensoñación que Mary contó en el prólogo de 1831: el estudiante pálido arrodillado junto a la cosa que había armado— Frankenstein, publicado anónimamente en 1818, con Percy como autor supuesto durante años.
Su vida fue una cadena de pérdidas: tres hijos muertos, el suicidio de su medio hermana y de la primera esposa de Percy, y en 1822 el ahogamiento de Percy en el golfo de La Spezia, que la dejó viuda a los veinticuatro años con un hijo. Volvió a Inglaterra y vivió de su pluma —caso rarísimo entonces para una mujer—: editó y anotó la poesía de Percy, construyendo su canonización, y escribió novelas donde la crítica moderna ha encontrado mucho más que el apéndice del mito: El último hombre (1826), la novela apocalíptica de la humanidad extinguida por la peste, hoy revalorizada como pionera; la histórica Valperga, Lodore, relatos y libros de viajes.
Murió en 1851 de un tumor cerebral. Su posteridad tuvo dos actos: durante un siglo fue «la mujer de Shelley» y la autora accidental de un solo libro; la crítica feminista y académica de las últimas décadas la restituyó entera —la hija de Wollstonecraft, la profesional de las letras, la novelista del duelo y la catástrofe—. Mientras tanto, su criatura conquistaba el mundo: teatro victoriano, el Boris Karloff de 1931, y una descendencia que es la ciencia ficción entera: toda historia de creación que se rebela —robots, clones, inteligencias artificiales— repite el gesto del estudiante pálido. Pocos libros escritos por una adolescente han organizado tanto la imaginación de una civilización.