St. Petersburg, Misuri, a orillas del Misisipi, hacia 1840: el pueblo de la infancia de Mark Twain con el nombre cambiado. Allí reina Tom Sawyer, huérfano criado por su tía Polly, estratega del recreo, mitómano profesional y el niño más real de la literatura del XIX precisamente porque no es bueno: miente, presume, se escaquea y vive en una épica interior fabricada con novelas de piratas y bandidos. La escena que lo presenta al mundo es la más famosa del libro: castigado a encalar la valla un sábado radiante, convierte el castigo en privilegio y cobra a sus amigos —una manzana, una rata muerta con cordel— por el honor de pintar. Twain extrae la moraleja como economista: el trabajo es lo que uno está obligado a hacer; el juego, lo que no.
El argumento
La novela alterna la comedia costumbrista —la escuela, la iglesia dominical, el flechazo con Becky Thatcher, el compromiso infantil roto y recompuesto— con la novela de aventuras que los niños creen estar viviendo y que, de pronto, se vuelve verdad. El gozne es la escena del cementerio: Tom y Huckleberry Finn, el paria feliz del pueblo, acuden de noche con un gato muerto y presencian un asesinato real: el indio Joe mata al joven doctor y carga el crimen al borracho Muff Potter. Los niños juran silencio con sangre, y la culpa —Potter condenado, el verdadero asesino libre— corroe a Tom durante media novela, hasta el gesto que lo hace héroe: declarar en el juicio, con el indio Joe escapando por la ventana.
Entre medias, la obra maestra cómica del libro: la fuga de Tom, Huck y Joe Harper a la isla de Jackson para ser piratas, la angustia del pueblo que los cree ahogados y el regreso apoteósico en mitad de sus propios funerales, la fantasía suprema de todo niño ejecutada con descaro perfecto. La última parte enlaza los hilos: la merienda campestre, Tom y Becky perdidos días en la cueva de McDougal —con el indio Joe dentro—, la salida in extremis por una grieta y el cierre del destino: la cueva sellada, el indio Joe muerto de hambre tras la puerta, y el tesoro del asesino —doce mil dólares en oro— repartido entre Tom y Huck, ricos y famosos. El final anuncia la obra mayor que vendrá: Huck, adoptado por la viuda Douglas, se asfixia de civilización, y Tom lo convence de aguantar... para poder entrar en su banda de ladrones. La palabra queda pasada a Huckleberry Finn.
Temas y sentido
Publicada en 1876, es la gran novela de la infancia americana: la primera que tomó en serio —tomándoselo a broma— el mundo mental de un niño, sus códigos, supersticiones y economías de trueque, sin convertirlo en lección. Twain la llamó «un himno en prosa» a la niñez, y su materia doble —idilio del pueblo junto al río y sombra real del crimen, la esclavitud al fondo, la muerte en la cueva— le da el peso que las imitaciones nunca alcanzaron. Tom encalando la valla es una parábola universal; Tom y Huck, la pareja fundacional del mito americano de la libertad infantil.