Mujercitas (1868) nació de un encargo comercial que su autora aceptó a regañadientes: Thomas Niles, de la editorial Roberts Brothers, quería «un libro para niñas», y Louisa May Alcott —que prefería sus melodramas góticos y declaró en su diario que nunca le habían gustado las niñas «ni conocía a muchas, aparte de mis hermanas»— escribió en unas diez semanas la crónica novelada de su propia infancia en Concord. La primera parte apareció en septiembre de 1868 y se agotó de inmediato; la segunda («Good Wives» en las ediciones británicas) llegó en 1869, reclamada por miles de lectoras que exigían saber con quién se casaban las protagonistas.
La novela sigue un año de la vida de las cuatro hermanas March —trasuntos de las Alcott— en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra durante la Guerra Civil, con el padre ausente como capellán del ejército y la madre, Marmee, sosteniendo la casa en una pobreza digna. Cada hermana encarna un temperamento y una lucha: Meg, la mayor, bella y tentada por el lujo ajeno; Jo, el torbellino escritor, furiosa contra los corsés —literales y sociales— de la feminidad; Beth, tímida y musical, la bondad casi traslúcida de la casa; y Amy, la pequeña artista, vanidosa y pragmática. La estructura de la primera parte es episódica y moral, calcada conscientemente de El progreso del peregrino de Bunyan: cada capítulo es una pequeña prueba de carácter —el sacrificio del desayuno de Navidad, el pelo vendido de Jo, el manuscrito quemado, la caída de Amy en el hielo—. La segunda parte deshace el nido: Meg se casa con el pobre John Brooke; Beth, debilitada desde que la escarlatina la rozó cuidando a una familia pobre, muere en uno de los capítulos más llorados de la literatura popular; Amy viaja a Europa y madura; y Jo rechaza la propuesta de matrimonio de Laurie, el vecino rico y amigo del alma —decisión que escandalizó a las lectoras entonces y que la crítica celebra hoy como el gesto más radical del libro—. Laurie acabará casándose con Amy, y Jo, en la concesión que Alcott hizo al público que exigía casarla («como por perversidad, le preparé un emparejamiento gracioso», anotó), acepta al profesor alemán Friedrich Bhaer, maduro y pobre, con quien fundará la escuela de Plumfield.
Bajo su superficie doméstica, el libro plantea el conflicto que lo mantiene vivo: cómo conciliar la ambición propia —el arte, la independencia económica que Jo conquista escribiendo— con los mandatos del afecto y del deber. Que la novela dramatice ese dilema sin resolverlo del todo es su modernidad.