Hombrecitos (1871) es la tercera entrega de la saga de las March y la continuación directa del final de Mujercitas: Jo, casada con el profesor Friedrich Bhaer, dirige con él la escuela de Plumfield, la finca heredada de la tía March convertida en un internado experimental para una docena de niños. Alcott la escribió en Roma, en pocas semanas de 1871, al recibir la noticia de la muerte de su cuñado John Pratt —el John Brooke del libro—, para asegurar el futuro económico de su hermana Anna y sus sobrinos; el capítulo de la muerte serena de Brooke es su homenaje.
La novela no tiene una trama única sino la vida de un curso escolar, contada por episodios. Su motor es la llegada de Nat Blake, un huérfano violinista y tímido recogido de la calle, y poco después la de su amigo Dan, el «chico malo» del libro: indomable, fumador y pendenciero, expulsado de la escuela tras una noche de juego y peleas, y readmitido cuando vuelve cojo y humillado, porque en Plumfield ningún niño es un caso perdido. Alrededor de ellos gira el pequeño mundo de la escuela: Demi y Daisy, los mellizos de Meg; Tommy Bangs, el trasto; Nan, la niña médica en ciernes que Jo educa en pie de igualdad con los varones; y los experimentos pedagógicos de los Bhaer, trasunto directo de las ideas del padre de la autora, Bronson Alcott: enseñanza al aire libre, museo de historia natural propio, negocios infantiles de huevos y verduras, lucha de almohadas sabatina reglamentada y la convicción de que se educa el carácter antes que el intelecto, con afecto antes que con castigo. Los episodios oscilan entre la comedia doméstica —el incendio provocado por las «cerillas de juguete», la sociedad secreta literaria— y la escuela moral: el robo del dinero de Tommy, que hace sospechar injustamente de Nat; la enfermedad y convalecencia que doman a Dan; la muerte de John Brooke, que enseña a los niños que una vida modesta y honrada puede ser heroica.
Menos canónica que Mujercitas, la novela interesa hoy sobre todo como manifiesto pedagógico novelado —la escuela progresista de Bronson Alcott, que fracasó en la realidad, triunfa en la ficción de su hija— y como retrato de Jo adulta: la rebelde convertida en educadora que no ha renunciado a su excentricidad, «madre» de una tribu antes que ángel del hogar. La saga se cerraría en 1886 con Los muchachos de Jo, que sigue a los alumnos de Plumfield diez años después.