Alicia en el país de las maravillas (1865) nació de una improvisación oral: el 4 de julio de 1862, durante un paseo en barca por el Támesis, el profesor de matemáticas de Oxford Charles Dodgson inventó para las tres hermanas Liddell la historia de una niña que caía por la madriguera de un conejo. Alice Liddell, de diez años, le pidió que la escribiera; el manuscrito regalado (Las aventuras de Alicia bajo tierra) creció hasta convertirse en el libro publicado por Macmillan en 1865 bajo el seudónimo de Lewis Carroll, con las ilustraciones de John Tenniel que forman ya parte inseparable de la obra.
El argumento es una cadena de episodios oníricos. Alicia, aburrida junto a su hermana en la ribera, ve pasar a un Conejo Blanco con chaleco y reloj que murmura «¡llego tarde!», lo sigue por su madriguera y cae a un mundo subterráneo donde el tamaño del cuerpo cambia con lo que bebe y come. De episodio en episodio desfilan las criaturas más célebres del imaginario moderno: la Oruga fumadora, la Duquesa y su bebé que se convierte en cerdo, el Gato de Cheshire que se desvanece dejando su sonrisa, la merienda perpetua del Sombrerero loco y la Liebre de Marzo —castigados por el Tiempo a las seis en punto eternas—, la partida de croquet con flamencos y erizos, y la Reina de Corazones que resuelve todo con un «¡que le corten la cabeza!». El clímax es el juicio contra la Sota de Corazones por el robo de las tartas, parodia demoledora del sistema judicial donde la sentencia precede al veredicto. Cuando la Reina ordena ejecutar a Alicia y las cartas se abalanzan sobre ella, la niña —que ha recuperado su tamaño— exclama «¡no sois más que una baraja!» y despierta en el regazo de su hermana: todo era un sueño.
El texto está sembrado de piezas que han cobrado vida propia: los poemas paródicos («How Doth the Little Crocodile», que burla los versos edificantes de Isaac Watts), los acertijos sin respuesta del Sombrerero («¿en qué se parece un cuervo a un escritorio?»), la carrera electoral en la que todos ganan y todos reciben premio, y los diálogos donde el lenguaje se toma siempre al pie de la letra, con consecuencias devastadoras para la lógica de la conversación. Al preparar la publicación, Carroll amplió el manuscrito original con sus episodios más célebres —el Sombrerero y el Gato de Cheshire no estaban en la versión regalada a Alice Liddell—.
Bajo la superficie del cuento infantil, el libro es una máquina de subversión lógica y lingüística. Carroll, lógico profesional, juega con la polisemia, los silogismos rotos, las paradojas de identidad («¿quién soy yo?», se pregunta Alicia tras cada metamorfosis) y las parodias de los poemas didácticos que los niños victorianos memorizaban. Frente a la literatura infantil moralizante de su siglo, Alicia no enseña nada: es puro juego, y de ese descaro procede su modernidad. La crítica ha leído en ella, además, una sátira de la etiqueta victoriana, de la justicia y de la escuela, y el retrato de una niña que se enfrenta con sentido común soberano a un mundo adulto arbitrario y demente.