A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871) es la continuación de Alicia en el país de las maravillas, publicada seis años después del primer libro, cuando su éxito ya era indiscutible. Carroll volvió a contar con las ilustraciones de John Tenniel —que aceptó a regañadientes— y construyó esta vez el disparate sobre una armazón rigurosa: la novela entera es una partida de ajedrez, con problema incluido en el prólogo, en la que Alicia es un peón blanco que debe llegar a la octava casilla para coronarse reina.
Una tarde de invierno, jugando con sus gatitos, Alicia atraviesa el espejo del salón y aparece en la casa invertida del otro lado. El mundo del espejo funciona al revés: para llegar a un sitio hay que caminar en dirección contraria, hay que correr a toda velocidad para permanecer en el mismo lugar —la célebre lección de la Reina Roja—, y la memoria funciona hacia el futuro. En su avance de casilla en casilla, Alicia atraviesa el bosque donde las cosas no tienen nombre, viaja en un tren de billetes imposibles, conoce a los gemelos Tweedledum y Tweedledee —que le recitan «La morsa y el carpintero» y le plantean el problema filosófico más inquietante del libro: quizá ella solo exista en el sueño del Rey Rojo—, compra huevos en la tienda de la Oveja, discute de semántica con Humpty Dumpty, que sostiene que las palabras significan lo que él decide que signifiquen y le explica el poema «Jabberwocky», asiste a la pelea del León y el Unicornio y es rescatada por el torpe y entrañable Caballero Blanco, el personaje más melancólico de Carroll, habitualmente leído como su autorretrato. Coronada por fin reina, Alicia asiste a un banquete que degenera en caos, zarandea a la Reina Roja hasta convertirla en su gatita negra y despierta: de nuevo, todo era un sueño, aunque el libro se cierra preguntando de quién.
La estructura ajedrecística no es decorativa: los movimientos de los personajes respetan las reglas del juego —las reinas recorren el tablero a toda velocidad, los caballos avanzan a trompicones, los reyes apenas se mueven—, y Carroll incluyó al frente del libro la notación de la partida completa, que los ajedrecistas llevan siglo y medio analizando. El espejo, por su parte, funciona como principio generador de todos los episodios: la leche del otro lado quizá no sea buena para beber, los pasteles se reparten antes de cortarse, y el Mensajero cumple condena antes del juicio por un crimen que aún no ha cometido.
Más melancólica y cerebral que la primera Alicia —el otoño frente a la primavera, se ha dicho—, la secuela contiene buena parte de las páginas más celebradas de Carroll: «Jabberwocky», cima del nonsense y pesadilla de traductores; la Reina Roja, convertida en metáfora científica; y las especulaciones sobre lenguaje, identidad y realidad que han hecho del libro un objeto de estudio permanente para filósofos y lingüistas. El tema del tiempo y de la pérdida de la infancia, latente en toda la obra, aflora en el poema final, acróstico con el nombre completo de Alice Pleasance Liddell.