Budori Gusko nace en el gran bosque de Ihatov —el nombre con que Miyazawa mitificó su región natal de Iwate, en el norte pobre de Japón— hijo de un leñador. Su infancia feliz entre árboles termina con la catástrofe que el autor conocía de primera mano: dos años seguidos de veranos fríos arruinan las cosechas, llega la hambruna, los padres se internan en el bosque para no ser una carga —una de las escenas más desoladoras y contenidas de la literatura japonesa moderna— y su hermana pequeña, Neli, es raptada por un desconocido. Budori queda solo, con diez años, en un mundo que se ha helado.
La vida de Budori
La novela corta sigue entonces la educación de un superviviente, contada como una sucesión de oficios: Budori trabaja para un cultivador de gusanos de seda que explota el bosque; después, en los arrozales de la llanura, donde aprende los fertilizantes y las plagas; hasta que un libro que cae en sus manos lo lleva a la ciudad, a estudiar con su autor, el profesor Kubo, que le consigue un puesto en el Departamento Volcánico de Ihatov. Bajo la dirección del viejo ingeniero Penen, Budori encuentra su vocación exacta: la red de observación de los volcanes, el trabajo colectivo y anónimo de vigilar la tierra para proteger las cosechas. La ciencia aplicada aparece narrada con un entusiasmo insólito en la literatura de su tiempo: desactivar erupciones, canalizar cenizas, hacer llover abono desde las nubes mediante descargas eléctricas; la tecnología como forma superior de la compasión.
Budori prospera, reencuentra a su hermana perdida, y la fábula parece encaminarse a la recompensa. Pero Miyazawa cierra el círculo: vuelven los signos del verano frío, el mismo que mató a sus padres, y el Departamento concibe una solución desesperada: provocar la erupción de un volcán, el Carbonado, para que el dióxido de carbono liberado temple la atmósfera y salve las cosechas. La operación exige que alguien se quede hasta el final en la isla volcánica. Budori, contra la resistencia de sus mayores, reclama ese lugar: la erupción se produce, el clima se salva, y ese otoño Ihatov tiene una cosecha normal, comprada con la vida de un hombre que había conocido el hambre y decidió que nadie volviera a conocerla.
Temas y sentido
Publicada en 1932 —una de las pocas obras que Miyazawa vio impresa, un año antes de morir—, La vida de Budori Gusko es su testamento explícito: la fábula del sacrificio útil, hermana diurna del Tren nocturno de la Vía Láctea. Donde aquel pregunta por la felicidad verdadera desde el cielo, este responde desde la tierra: la vida buena es la que se gasta en proteger a los demás, y la ciencia —Miyazawa fue agrónomo entregado a los campesinos de Iwate, arruinó su salud en ello— es la forma moderna de esa entrega. El libro es también un documento del Japón rural de las hambrunas de entreguerras, transfigurado en el país mítico de Ihatov, y una anticipación asombrosa de la ingeniería climática, con su dilema intacto: qué precio humano cuesta corregir el cielo. Fábula budista, ciencia ficción campesina y elegía anticipada de su autor, que murió, como Budori, consumido por el trabajo de alimentar a otros.