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Ínsula Singularia

Obra analizada

El tren nocturno de la Vía Láctea

Título original: 銀河鉄道の夜 (Ginga tetsudō no yoru)

de Kenji Miyazawa

1934novela corta35.452 palabras analizadas

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Giovanni es un niño pobre de una ciudad sin nombre —Miyazawa dio a sus personajes nombres italianos para situar el cuento en un país de ninguna parte—: su padre está ausente en los mares del norte, su madre enferma, y él trabaja antes y después de la escuela, donde los compañeros se burlan de él. Su único casi-amigo es Campanella, el hijo del profesor. La noche de la fiesta del Centauro, la fiesta de la Vía Láctea, Giovanni sube solo a la colina, se tiende bajo las estrellas, y oye una voz que anuncia la Estación de la Vía Láctea. Cuando abre los ojos está sentado en un pequeño tren nocturno que recorre el cielo, y frente a él, mojado y sonriente, viaja Campanella.

El viaje

La novela corta es ese viaje: el tren avanza por la orilla del río celeste —la Vía Láctea— deteniéndose en estaciones que son constelaciones, y cada parada es una visión. La Cruz del Norte y la orilla de arena de cristal donde las gencianas crecen entre agua de luz; el yacimiento donde un paleontólogo excava fósiles en la ribera del cielo; el cazador de garzas, que atrapa aves que se convierten en dulces; la isla del Escorpión, con la historia del alacrán que, a punto de ser devorado, huye, cae a un pozo y comprende demasiado tarde que habría sido mejor dejar que su cuerpo sirviera de alimento: su arrepentimiento arde desde entonces como fuego rojo en el cielo, iluminando a los demás. En una de las estaciones suben un joven preceptor y dos niños empapados: vienen de un naufragio —el eco del Titanic es deliberado—, y su conversación con los protagonistas sobre el sacrificio, el cielo y los dioses distintos de cada cual es el corazón teológico del libro.

Giovanni viaja con un billete especial que asombra a los demás pasajeros: un billete que permite ir «a cualquier parte», incluso más allá del final del trayecto. Los otros viajeros descienden en sus estaciones —cada uno hacia su cielo—; y cuando Giovanni jura a Campanella que viajarán juntos para siempre, se vuelve y el asiento está vacío. Despierta en la colina. Baja al pueblo y encuentra el revuelo junto al río: Campanella se ha ahogado esa noche salvando a un compañero —al mismo que se burlaba de Giovanni—. El tren nocturno era el tránsito de su amigo, y Giovanni, con su billete de ida y vuelta, ha sido el único autorizado a acompañar a un alma un trecho de su viaje.

Temas y sentido

Miyazawa —poeta, cuentista, maestro rural, agrónomo entregado a los campesinos pobres del norte de Japón, budista ferviente de la escuela del Loto— trabajó el manuscrito desde 1924 hasta su muerte en 1933, sin publicarlo: apareció póstumamente en 1934 y se editó durante décadas en versiones divergentes, reconstruidas de sus borradores. El cuento condensa toda su cosmología: la felicidad verdadera como entrega de uno mismo —el alacrán, los náufragos, Campanella—, la pregunta del niño pobre («¿qué es la verdadera felicidad?») repetida como un mantra, la ciencia y la fe fundidas sin conflicto: el cielo del libro es a la vez mapa astronómico y país de las almas. Fantasía ferroviaria, elegía por un amigo muerto y catecismo laico de la compasión: el clásico más amado de la literatura infantil japonesa, que nunca fue solo infantil.

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