Phileas Fogg es el inglés perfecto llevado a la abstracción: un caballero de Savile Row del que nadie sabe nada salvo que es rico, que no hace nada y que vive con una exactitud de cronómetro —el té a su hora, el whist en el Reform Club, el criado despedido por traerle el agua de afeitar dos grados más fría—. La mañana del 2 de octubre de 1872 contrata a un nuevo criado francés, el ágil y expansivo Passepartout, que celebra haber encontrado por fin una casa tranquila. Esa misma noche, una discusión en el club sobre un robo al Banco de Inglaterra y sobre el encogimiento del mundo —el ferrocarril indio recién completado— desemboca en la apuesta: veinte mil libras, la mitad de su fortuna, a que la vuelta al mundo puede darse en ochenta días. Fogg sale esa noche con la otra mitad en la maleta.
El argumento
La novela es la carrera contra el calendario, organizada con el rigor de un horario ferroviario: Londres–Suez–Bombay–Calcuta–Hong Kong–Yokohama–San Francisco–Nueva York–Londres. Verne monta sobre ese esqueleto la comedia y la aventura alternadas: el detective Fix, convencido de que Fogg es el ladrón del banco, lo persigue alrededor del planeta sembrando obstáculos mientras espera una orden de arresto que siempre llega al puerto equivocado; Passepartout, cuerpo cómico del libro, pierde trenes, gana peleas y carga con las consecuencias de cada imprevisto.
El episodio central ocurre en la India: la caravana del elefante descubre un cortejo fúnebre que llevará a una joven viuda, Aouda, a morir en la pira de su marido. El impasible Fogg decide gastar su margen de tiempo en salvarla —«todavía me sobran doce horas»—, y el rescate, ejecutado por la audacia de Passepartout, incorpora a la expedición a la mujer que irá derritiendo, milla a milla, la aritmética del caballero. Siguen el vapor perdido y recomprado, el temporal del Pacífico, el ataque de los sioux al tren americano —con Fogg jugándose la vida por rescatar a su criado—, el trineo de vela y el barco final comprado para quemar su propia arboladura en la caldera.
El desenlace es el mecanismo más famoso de Verne: Fix arresta a Fogg al pisar Inglaterra; aclarado el error, Fogg llega a Londres cinco minutos tarde. Arruinado, sereno, ofrece a Aouda lo único que le queda, y ella le ofrece matrimonio. Al enviar a Passepartout a avisar al reverendo se descubre el prodigio: es sábado, no domingo; viajando hacia el este han ganado un día entero al calendario. Fogg gana la apuesta en el último segundo del plazo y, concluye el narrador, algo mejor: «una encantadora mujer que —por inverosímil que parezca— lo hizo el más feliz de los hombres».
Temas y sentido
Publicada por entregas en 1872 y en volumen en 1873, la novela es el gran mito del mundo encogido: la celebración —con su ironía incorporada— del planeta convertido en red de horarios por el vapor, el ferrocarril y el telégrafo. Fogg, el hombre-cronómetro humanizado por el viaje, es la fábula exacta de su época y de la nuestra: la técnica gana la apuesta, pero el premio lo da el desvío —las doce horas gastadas en salvar a una vida—. Aventura pura, comedia de relojería y el final con truco más celebrado de la literatura popular.