El corazón de las tinieblas se publicó por entregas en Blackwood's Magazine en 1899 y en libro en 1902, dentro del volumen Juventud. Conrad la escribió en pocos meses a partir de la experiencia más devastadora de su vida: en 1890 había remontado el río Congo como oficial de la compañía belga que explotaba el territorio —propiedad personal del rey Leopoldo II—, y volvió enfermo para siempre y, según confesó, moralmente transformado: «antes del Congo yo era un simple animal».
El relato tiene un marco célebre: al caer la noche sobre el estuario del Támesis, a bordo del yate Nellie, el marino Charles Marlow cuenta a cuatro amigos su viaje africano, recordando antes de empezar que también Inglaterra «fue uno de los lugares oscuros de la tierra». Contratado por una compañía continental de comercio de marfil, Marlow viaja a un continente africano que nunca se nombra y remonta el gran río hacia una estación remota. Cada etapa es un descenso: la ciudad europea «sepulcral» donde firma el contrato, la estación costera donde los porteadores negros agonizan encadenados en una arboleda mientras un contable impecable lleva los libros, la estación central del gerente mediocre e insondable, y por fin el río mismo, la selva que observa y espera. El objetivo del viaje se concentra en un nombre: Kurtz, el agente más brillante de la compañía, el que más marfil envía, autor de un informe humanitario para la «Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes» que culmina en una nota garabateada: «¡Exterminad a todos los brutos!». Cuando Marlow llega, tras el ataque de los nativos que Kurtz mismo ha ordenado para no ser rescatado, encuentra la estación rodeada de cabezas cortadas sobre estacas y a un moribundo convertido en dios local, la voz más elocuente que Marlow haya oído, vaciada de todo salvo el hambre de sí misma. Kurtz muere en el barco de vuelta con las palabras más discutidas de la literatura moderna —«¡El horror! ¡El horror!»—, y Marlow, de regreso en Europa, miente a la prometida del muerto: le dice que su última palabra fue el nombre de ella.
La novela es simultáneamente el mayor testimonio literario del crimen colonial en el Congo —donde el sistema de Leopoldo causó millones de muertos— y una meditación sobre lo que sostiene la conciencia civilizada cuando desaparecen «el carnicero y el policía»: la eficiencia, el trabajo, la «idea» que redime la rapiña, todo se revela máscara. Su prosa de niebla y resplandores, y su estructura de relato dentro del relato, la sitúan en el umbral del modernismo.