Una modesta proposición (1729) es un panfleto de apenas unas páginas y, para buena parte de la crítica, la pieza de ironía sostenida más perfecta de la literatura occidental. Swift lo publicó anónimamente en Dublín en octubre de 1729, en el peor momento de la miseria irlandesa: tres años consecutivos de malas cosechas habían llenado la isla de mendigos, mientras los terratenientes —en su mayoría absentistas que vivían en Inglaterra— exprimían rentas de una población sin trabajo ni tierra.
El texto adopta con precisión absoluta la voz y el método de los tratados de aritmética política entonces en boga: un «proyectista» razonable, armado de estadísticas y cálculos de costes, expone un plan para resolver de un solo golpe la pobreza de Irlanda. Tras computar el número de niños de padres pobres que nacen cada año (unos 120.000) y descartar por inviables las soluciones habituales, presenta la suya: que cien mil de esos niños, criados hasta el año de edad, se vendan como alimento para las mesas de los ricos. «Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres», escribe, «que un niño sano y bien criado es, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido». Siguen los cálculos de precios, las ventajas económicas —los padres obtendrían ocho chelines por hijo, los taberneros nuevos clientes, la nación un ramo de comercio propio—, las sugerencias culinarias y la ponderación de beneficios sociales: menos católicos, menos abortos, maridos más atentos con sus esposas embarazadas, como lo son con sus yeguas preñadas.
La máquina irónica tiene un doble fondo. En el penúltimo tramo, el proponente enumera —para descartarlos como «expedientes» imposibles— los remedios reales que Swift llevaba años defendiendo en vano: gravar a los absentistas, consumir manufactura irlandesa, aprender prudencia y templanza. Ahí la máscara se levanta un instante y el lector descubre la verdadera acusación: si Irlanda ha llegado a un punto en que comerse a los niños parece un plan razonable, es porque Inglaterra ya la devora. La frase final remata la impostura: el autor declara no tener interés personal alguno, pues sus hijos son mayores y su esposa ya no puede concebir. El texto se lee en todo el mundo como el modelo supremo de la sátira: la monstruosidad expuesta con la lógica impecable del discurso económico que trata a los seres humanos como mercancía.