Los viajes de Gulliver se publicó en Londres en octubre de 1726, de forma anónima y con elaboradas precauciones —Swift hizo entregar el manuscrito de noche y negoció por intermediarios—, presentándose como el relato verídico de un cirujano de barco, Lemuel Gulliver. La superchería funcionó: parte del público lo leyó como un libro de viajes real, y la primera edición se agotó en una semana. Bajo la parodia del género de viajes, entonces en plena moda, Swift construyó la sátira más completa jamás escrita contra la política, la ciencia y la especie humana.
El libro consta de cuatro viajes. En Liliput, Gulliver es un gigante entre hombres de quince centímetros: la desproporción convierte en ridículas las ceremonias de la corte, las intrigas ministeriales —los cargos se ganan bailando sobre la cuerda floja— y las guerras religiosas, reducidas a la disputa entre quienes cascan el huevo por el extremo grueso o el delgado, transparente sátira de las querellas entre católicos y protestantes y de la rivalidad entre Inglaterra y Francia. En Brobdingnag la escala se invierte: Gulliver es un juguete entre gigantes y, cuando explica con orgullo a su rey las instituciones inglesas —el parlamento, los tribunales, la pólvora—, el monarca concluye que los europeos son «la más perniciosa raza de pequeñas y odiosas alimañas a las que la naturaleza haya permitido arrastrarse sobre la faz de la tierra». El tercer viaje, a la isla volante de Laputa y sus dominios, satiriza la ciencia especulativa de la Royal Society: en la academia de Lagado los sabios destilan rayos de sol de los pepinos y proyectan edificios empezando por el tejado, mientras el país se arruina; en Luggnagg, los inmortales struldbruggs, que envejecen sin morir, destruyen la fantasía de la vida eterna. El cuarto viaje lleva la sátira a su punto extremo: en el país de los houyhnhnms, caballos racionales y virtuosos que no tienen palabra para «mentira», los humanos existen como yahoos, bestias sucias, codiciosas y lascivas. Gulliver, incapaz de refutar la semejanza, vuelve a Inglaterra misántropo: prefiere la cuadra a la compañía de su familia.
La técnica satírica es inseparable de la forma: Swift imita con precisión de falsificador la prosa de los relatos de navegantes —rumbos, longitudes, jerga marinera tomada de manuales reales—, y esa contabilidad escrupulosa de lo imposible produce el efecto cómico y corrosivo del libro. Gulliver mismo es parte de la trampa: narrador literal, vanidoso y crecientemente desquiciado, informa de cada humillación de su especie sin entenderla del todo, y el lector nunca sabe con certeza dónde termina el portavoz de Swift y dónde empieza su última víctima.
Swift escribió a su amigo Alexander Pope que el libro estaba hecho «para vejar al mundo, no para divertirlo», sobre la famosa base de que ama a los individuos y odia «al animal llamado hombre». La obra funciona simultáneamente en todos los registros —fábula para niños en sus dos primeros viajes, panfleto político en clave, meditación filosófica sobre la razón y el orgullo—, y esa capacidad de lectura múltiple explica que no haya salido nunca de la imprenta desde 1726.