«Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa». La frase inaugural de Orgullo y prejuicio —una de las más citadas de la literatura— fija de entrada el método del libro: enunciar la mentalidad de una sociedad con una seriedad tan perfecta que la ironía queda a cargo del lector. La sociedad es la gentry rural inglesa de 1800; la mentalidad, que el matrimonio es un mercado; y la novela, la historia de dos personas demasiado inteligentes para ese mercado que acaban, contra sus propios defectos, encontrándose.
El argumento
Los Bennet de Longbourn tienen cinco hijas y una catástrofe legal en el horizonte: la propiedad está vinculada a un heredero varón, el pomposo clérigo Collins, y la señora Bennet ha hecho de casar a sus hijas la misión histérica de su vida. La llegada al vecindario del rico y afable señor Bingley —y de su amigo Darcy, más rico aún y de orgullo glacial— pone en marcha la máquina. Bingley y Jane, la mayor de las Bennet, se enamoran con sencillez; Darcy y Elizabeth, la segunda, chocan: él la desdeña en un baile («tolerable, pero no lo bastante guapa para tentarme»), ella lo archiva como el hombre más arrogante de Inglaterra, y el duelo de ingenios queda planteado.
Austen complica el tablero con precisión de relojera: el encantador oficial Wickham siembra en Elizabeth una versión calumniosa del pasado de Darcy; Collins, rechazado por Elizabeth en una de las escenas cómicas mayores de la novela, se casa por sensatez con su amiga Charlotte; Darcy separa a Bingley de Jane creyendo servir a su amigo. Cuando Darcy, vencido por un amor que considera degradante, propone matrimonio a Elizabeth enumerando las objeciones a su familia, recibe el segundo gran rechazo del libro y una acusación doble: arrogancia y la ruina de Jane y de Wickham. Su carta de descargo —Wickham es un canalla; lo de Jane fue un error sincero— inicia la educación mutua que es el corazón de la novela: ella descubre su prejuicio; él, su orgullo.
La crisis final lo prueba todo: la menor de las Bennet, Lydia, se fuga con Wickham, deshonra que arruinaría a la familia entera, y es Darcy quien, en secreto y por Elizabeth, compra la boda reparadora. Los finales se encadenan entonces con la justicia exacta de la comedia clásica: Bingley y Jane, Darcy y Elizabeth —tras la visita a Pemberley, la finca cuya contemplación ayuda a Elizabeth a medir al hombre—, y la célebre resistencia de Elizabeth ante la aristocrática lady Catherine, que pretende prohibirle un compromiso que aún no existe y precipita el que existirá.
Temas y sentido
Bajo la comedia romántica perfecta —el molde de todas las que vinieron después— la novela es un tratado sobre el conocimiento: cómo juzgamos, con qué pruebas, y cuánto cuesta corregirse. El título nombra los dos errores simétricos, y la ironía de Austen, su instrumento: un estilo que dice una cosa y significa dos. Elizabeth Bennet, «tan encantadora como ninguna criatura aparecida jamás en un libro» según su propia autora, sigue siendo el patrón de la heroína inteligente; y el aparente tema menor —bailes, visitas, bodas— revela lo que siempre fue: la economía política del destino de las mujeres, observada por la mirada más aguda de su siglo.