«No creo que haya en el mundo mayor misericordia que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que contiene». El párrafo inaugural de «La llamada de Cthulhu» es el manifiesto del horror cósmico entero: las ciencias, cada una tirando de su hilo, acabarán componiendo una visión de la realidad tan espantosa que la especie enloquecerá o huirá «hacia la paz y la seguridad de una nueva edad oscura». El relato es la demostración: un hombre que relaciona.
El argumento
El narrador, Francis Wayland Thurston, hereda de su tío abuelo —un profesor de lenguas semíticas muerto de forma sospechosa tras el tropiezo con un marinero— una caja con un bajorrelieve monstruoso y un manuscrito. La estructura del relato es la de un expediente en tres partes, y su terror es acumulativo: cada documento aisladamente inquieta; juntos, aniquilan.
La primera parte, «El horror en arcilla», narra el caso del joven escultor Wilcox, que en marzo de 1925 fabrica en sueños el bajorrelieve —una cosa con cabeza de pulpo, cuerpo escamoso y alas— mientras balbucea sílabas imposibles: Cthulhu fhtagn. El profesor descubre que las mismas fechas registran, por todo el planeta, pesadillas colectivas, brotes de locura y éxtasis de sectas. La segunda parte, «El relato del inspector Legrasse», retrocede a 1908: una redada en los pantanos de Luisiana contra un culto vudú degenerado que danza alrededor de un ídolo idéntico, y la confesión de los presos: adoran a los Grandes Antiguos, llegados de las estrellas antes del hombre, que duermen bajo el mar en la ciudad de R'lyeh esperando que los astros se alineen; el sacerdote de todos es Cthulhu, y su frase litúrgica significa: «En su casa de R'lyeh, el muerto Cthulhu espera soñando».
La tercera parte, «La locura del mar», cierra el expediente: el diario del segundo oficial noruego Johansen, único superviviente del Emma, cuenta lo que las fechas de 1925 ocultaban. Un terremoto submarino alzó R'lyeh sobre las olas del Pacífico: una ciudadela ciclópea de geometría enferma —ángulos que no deberían funcionar como funcionan— donde los marineros, abriendo sin querer un portal monumental, liberaron durante horas a la cosa que dormía. La descripción del dios montaña saliendo a la luz, la fuga en el barco y la embestida final —el vapor atravesando la cabeza gelatinosa que vuelve a recomponerse— culminan en el nuevo hundimiento de la ciudad: los astros ya no estaban alineados. Johansen muere después, como el tío del narrador, a manos de marineros extraños. Y Thurston, que ya ha relacionado todo, escribe sabiéndose el siguiente.
Temas y sentido
Escrito en 1926 y publicado en Weird Tales en 1928, el relato funda una mitología y algo más importante: un tipo de miedo. Cthulhu no es el mal: es la escala. El universo de Lovecraft no odia al hombre; no lo registra, y todo el terror del relato —los cultos, los sueños, la ciudad de geometría ajena— es la filtración de esa indiferencia inconmensurable en mentes hechas para aldeas. El materialismo ateo del autor produce así, paradójicamente, la teología negativa del siglo: dioses que son biología cósmica, apocalipsis sin juicio. Del expediente de Thurston desciende el género entero del horror cósmico.