Howard Phillips Lovecraft (Providence, Rhode Island, 1890 – Providence, 1937) fue un escritor estadounidense, creador del horror cósmico y de los llamados Mitos de Cthulhu, y el autor de género más influyente del siglo XX después de Poe: murió pobre y casi inédito en libro, y hoy su apellido es un adjetivo universal —«lovecraftiano»— y su monstruo dormido, un icono global.
Niño prodigio enfermizo criado por su madre y sus tías en una familia venida a menos —el padre murió en un manicomio cuando él tenía ocho años—, fue un autodidacta devorador de astronomía, química y literatura dieciochesca que nunca terminó la secundaria. Vivió casi toda su vida en Providence, en una pobreza gentil de rentista arruinado, volcado en el periodismo amateur y en una correspondencia oceánica —decenas de miles de cartas, de las mayores de la historia literaria— que lo convirtió en mentor de una generación entera de escritores de género: el «círculo de Lovecraft», de Robert E. Howard a Robert Bloch.
Su obra madura cabe en unos sesenta relatos y novelas cortas publicados en revistas pulp, sobre todo Weird Tales: «La llamada de Cthulhu» (1928), fundacional; En las montañas de la locura (1936), su cima antártica; «La sombra sobre Innsmouth», «El horror de Dunwich», «Los sueños en la casa de la bruja», El caso de Charles Dexter Ward. Su invención central desplazó el terror del fantasma al cosmos: el miedo supremo no es el mal, sino la insignificancia —un universo indiferente habitado por entidades tan antiguas y vastas que su mera contemplación destruye la razón—. El «materialismo mecanicista» que profesaba convirtió su ateísmo en mitología: dioses que no son dioses, sino biología cósmica.
Murió de cáncer en 1937, a los 46 años, convencido de su fracaso. Sus discípulos August Derleth y Donald Wandrei fundaron la editorial Arkham House solo para salvar su obra, y la resurrección fue total: canonización académica (la Library of America lo editó en 2005), industria cultural inagotable —cine, cómic, juegos de rol (La llamada de Cthulhu, 1981, expandió el mito tanto como los libros), videojuegos, peluches del devorador de mundos— e influencia confesa en Borges (que le dedicó un cuento), Stephen King, Alan Moore, Guillermo del Toro o Michel Houellebecq, autor de un ensayo célebre sobre él. Su racismo, documentado y virulento, es hoy parte ineludible de la discusión crítica de su legado: el genio y la miseria del recluso de Providence se estudian juntos.