El geólogo William Dyer, de la Universidad de Miskatonic, escribe contra su voluntad: revela lo que la expedición antártica de 1930-31 calló, porque una nueva expedición mejor equipada se dispone a volver, y hay que impedirlo. Esa premisa —el testimonio como disuasión— gobierna la novela corta más ambiciosa de Lovecraft: un informe científico que se va convirtiendo, estrato a estrato, en cosmogonía del terror.
El argumento
La expedición Miskatonic —aviones, trineos, taladros de diseño propio— progresa según lo previsto hasta que el subgrupo del biólogo Lake, desviado hacia el noroeste, encuentra dos prodigios: una cordillera negra más alta que el Himalaya y, bajo el hielo, catorce especímenes de una forma de vida imposible: toneles con alas membranosas, cabezas de estrella de mar y una antigüedad precámbrica que contradice toda la biología. Los ecos del hallazgo —transmitidos por radio, con la disección nocturna de un ejemplar— se cortan de golpe: cuando Dyer llega al campamento, todo está muerto; hombres y perros masacrados y, en algunos casos, disecados con curiosidad quirúrgica; seis especímenes enterrados bajo túmulos de nieve; y Gedney, un estudiante, desaparecido. La versión oficial culpará a un vendaval.
Dyer y el estudiante Danforth vuelan entonces sobre las montañas, y al otro lado encuentran lo indecible: una ciudad ciclópea muerta, de millones de años, cuyos bajorrelieves les cuentan —en el tour de force central del libro: la arqueología como narración— la historia entera de la Tierra según sus verdaderos dueños: los Antiguos, llegados del espacio hace mil millones de años, creadores de la vida terrestre como experimento o alimento, constructores de ciudades con la ayuda de sus bestias de carga biofabricadas: los shoggoths, masas protoplasmáticas que aprendieron a imitar y a rebelarse. La decadencia de los Antiguos —guerras con otras razas cósmicas, el frío creciente, la regresión de sus esclavos— culmina en el descubrimiento aterrador de la lógica del campamento: los especímenes de Lake no eran fósiles; despertaron. Los Antiguos «asesinos» eran científicos haciendo con los humanos lo que los humanos hacían con ellos. «¡Pobres diablos! [...] Eran hombres de otra época y otro orden del ser».
El descenso final al abismo bajo la ciudad —siguiendo el rastro de los supervivientes hacia el mar interior— entrega el horror último: los Antiguos que despertaron yacen decapitados; lo que vive abajo, y los persigue en la oscuridad entre pingüinos albinos gigantes, es un shoggoth: la herramienta que devoró a sus amos, imitando eternamente su grito: «¡Tekeli-li!». Danforth, al escapar en el avión, mira atrás por encima de las montañas y ve algo más que no dirá nunca; su cordura no regresa. El informe de Dyer termina donde empezó: no vuelvan.
Temas y sentido
Escrita en 1931 y publicada en 1936, es la culminación del método lovecraftiano: la ciencia como vía de acceso al abismo, el asombro convertido gradualmente en espanto y la inversión moral final —los monstruos eran científicos; el monstruo real, la herramienta esclava— que eleva el horror a tragedia. Es también su diálogo con la historia del género: la novela continúa explícitamente el Gordon Pym de Poe, cuyo grito antártico toma prestado. La ciencia ficción del «astronauta antiguo», el terror ártico del cine y toda expedición ficticia que despierta lo que no debía proceden de estas montañas.