En el crepúsculo rojizo del barrio bohemio de Saffron Park, dos poetas discuten: Lucian Gregory, anarquista de melena roja, sostiene que el arte es rebelión; Gabriel Syme, dandi del orden, replica que lo verdaderamente poético es la ley —«no hay nada más poético que un horario de trenes»—. La discusión es una trampa doble: Gregory, para probar que va en serio, lleva a Syme a la logia subterránea donde esa noche será elegido delegado del Consejo Central Anarquista Europeo; Syme, que resulta ser policía secreto reclutado por un jefe invisible en un cuarto oscuro, da un discurso mejor y le roba la elección. Así entra Syme en el consejo de los siete días de la semana, con el nombre de Jueves, para descubrir la conspiración desde dentro.
El argumento
El consejo desayuna en un balcón a plena vista de Londres —el mejor escondite es la exhibición— presidido por Domingo, una montaña de hombre cuya jovialidad enorme produce un pavor que nadie sabe explicar. La misión de Syme se convierte en pesadilla acelerada: uno a uno, los terroríficos anarquistas del consejo van resultando ser exactamente lo que él es —policías secretos infiltrados, reclutados todos por el mismo jefe invisible en el mismo cuarto oscuro—. El Martes siniestro, el profesor moribundo, el doctor implacable, el marqués duelista: cada máscara cae en una secuencia de persecuciones que cruzan Francia —el duelo a espada, la turba a caballo, la huida en globo— con lógica de sueño, hasta que los seis días de la semana, todos policías, comprenden que han estado persiguiéndose entre sí alrededor del único enigma real: ¿quién es Domingo?
La caza final de Domingo —que huye por Londres en cabriolé, en elefante robado del zoo y en globo, lanzando a sus perseguidores notas absurdas que parodian el sinsentido del mundo— desemboca en el otro lado del espejo: los seis son recibidos en una finca donde se les viste con trajes que encarnan los días de la creación del Génesis, y Domingo, preguntado por su identidad, responde: «Yo soy el Sábado del Séptimo Día. Soy la paz de Dios». La acusación final la formula el verdadero anarquista, Gregory, único rebelde auténtico del libro: los del orden no han sufrido. Y la respuesta de Syme —¿acaso Domingo mismo no ha sufrido?— arranca al gigante la última frase, la del cáliz: «¿Podéis beber el cáliz que yo bebo?». Syme despierta caminando con Gregory por Saffron Park, al alba, sin saber —como el lector— cuánto fue sueño.
Temas y sentido
Subtitulada «Una pesadilla» —advertencia que Chesterton pasó la vida recordando a quienes buscaban teología sistemática donde había batalla personal contra el pesimismo de su juventud—, la novela es un artefacto único: thriller de espías, farsa metafísica y alegoría del problema del mal, donde el universo aparentemente anárquico resulta ser un orden que se oculta, y el caos, una máscara de la ley. El anverso exacto de Kafka —el proceso donde el tribunal resulta inocente—, escrito seis años antes que El proceso. Borges, que la amó toda su vida, la resumió mejor que nadie: Chesterton pudo ser Kafka y eligió, deliberadamente, la felicidad.