El primer relato del volumen, «La cruz azul», presenta el método por su reverso: lo protagoniza Valentin, el gran detective racionalista de París, persiguiendo por Londres al ladrón supremo Flambeau, disfrazado de sacerdote para robar a un curita rechoncho de Essex la cruz de zafiros que transporta. El curita —paraguas que se cae, paquetes que se olvidan, cara de luna— parece el colmo de la simpleza; al final del día, es él quien ha guiado a la policía con un rastro deliberado de extravagancias (sopa en la pared, manzanas volcadas, ventana rota y pagada), ha protegido la cruz y desenmascara al falso cura con la observación definitiva: sospechó de él porque atacó la razón. «Eso es mala teología». Así entra en la literatura el padre Brown, y así se anuncia el programa entero del libro: la santidad como forma superior de la inteligencia.
Las doce piezas
El candor del padre Brown (1911) reúne los doce primeros relatos del personaje, varios de ellos clásicos absolutos del género. En «El jardín secreto», Valentin recibe su reverso trágico en un crimen de cabeza cambiada que es también un duelo entre razón fanática y fe. «Las pisadas extrañas» resuelve un robo en un club elegantísimo con la observación social pura: el caballero y el camarero visten igual; basta cambiar el paso. «La forma equivocada» y «El honor de Israel Gow» juegan con la lógica del indicio hasta el límite metafísico —Brown improvisando teorías que expliquen un cadáver sin cabeza, tabaco y diamantes sueltos—; «El martillo de Dios» golpea desde el campanario con una de las soluciones morales más citadas del género; y «Los tres instrumentos de la muerte» o «El ojo de Apolo» completan el muestrario: crímenes de apariencia imposible resueltos no por lupa, sino por comprensión del pecado.
El método de Brown, explicitado años después por Chesterton, invierte a Holmes: no examina al criminal desde fuera como un espécimen; se mete dentro. «Yo maté a todos esos hombres», dirá el personaje: el confesor de aldea ha escuchado tanta alma humana que ningún mal le es ajeno, y su candor —la palabra del título— no es ingenuidad sino limpieza de mirada: el hombre sin cinismo ve lo que el sofisticado ya no puede. La conversión de Flambeau, el ladrón genial que se vuelve detective y amigo, ejecuta la tesis: el libro cree en la redención como Holmes creía en la química.
Temas y sentido
La colección funda el segundo gran modelo del relato policiaco: frente a la deducción material del XIX, la intuición moral; frente al detective excéntrico, el hombre común absoluto. Cada cuento es a la vez un enigma limpio —Chesterton jugaba honestamente— y una pequeña parábola sobre la razón, el orgullo o la superstición moderna, con la prosa de paradojas y crepúsculos coloreados de su autor en plena forma. Borges, que veneraba estos cuentos y los antologó, dictaminó su doble fondo para siempre: cada pieza es un relato policial y una discusión teológica cifrada. Cuatro volúmenes más seguirían; el candor original nunca fue superado.