Gilbert Keith Chesterton (Londres, 1874 – Beaconsfield, 1936) fue un escritor, periodista y polemista inglés, creador del padre Brown y autor de El hombre que fue Jueves, y una de las inteligencias más caudalosas y citadas de su época: el «príncipe de la paradoja», capaz de escribir con el mismo pulso novela policiaca, teología, biografía, verso y cinco mil artículos de prensa.
Formado como ilustrador en la Slade School antes que como escritor, encontró su forma natural en el periodismo militante: desde 1900 hasta su muerte fue columnista omnipresente —el Illustrated London News publicó su columna semanal durante treinta años— y polemista profesional de causas a contracorriente: contra el imperialismo en plena guerra de los bóeres, contra la eugenesia cuando era consenso ilustrado, por el «distributismo» —la propiedad repartida— contra el gran capital y el socialismo a la vez. Sus duelos públicos con Bernard Shaw, adversario ideológico total y amigo personal entrañable, fueron el gran espectáculo intelectual del Londres eduardiano; su figura física —140 kilos, capa, bastón y risa— era en sí misma un personaje nacional.
Su ficción convirtió la paradoja en género. El Napoleón de Notting Hill (1904) y sobre todo El hombre que fue Jueves (1908), su obra maestra —la pesadilla metafísica del policía infiltrado en un consejo de anarquistas donde nada es lo que parece—, fundaron un fantástico de ideas sin equivalente. Y el padre Brown, el curita empírico que resuelve crímenes por conocimiento del pecado, protagonizó desde 1911 cinco colecciones de relatos que renovaron el género policiaco por la vía opuesta a Holmes: no la deducción material, sino la psicología moral. Borges, su gran valedor hispánico, lo consideró uno de los primeros escritores de su siglo y encontró en cada cuento de Brown una discusión teológica cifrada.
Su conversión al catolicismo en 1922 —preparada por Ortodoxia (1908), su autobiografía intelectual— culminó una obra apologética (El hombre eterno, que influyó en la conversión de C. S. Lewis) y biográfica (San Francisco de Asís, Santo Tomás de Aquino, elogiada por los especialistas) que lo convirtió en el escritor católico de referencia del siglo XX inglés. Murió en 1936; el eco de su prosa —el aforismo como arma de precisión— sigue intacto, y sus frases circulan tanto que se le atribuyen hasta las que nunca escribió: el destino exacto de un clásico popular.