A este lado del paraíso (1920) es la primera novela de Fitzgerald y una de las óperas primas más decisivas de la literatura estadounidense, no tanto por su perfección —que su autor fue el primero en negar después— como por lo que desencadenó: hizo célebre a un desconocido de veintitrés años de la noche a la mañana y dio voz y nombre a la primera generación de la posguerra. Fitzgerald la escribió y reescribió tres veces: la primera versión, «The Romantic Egotist», redactada en los campamentos militares durante la guerra, fue rechazada por Scribner; la reescritura definitiva, en el verano de 1919 en casa de sus padres en Saint Paul, tenía un objetivo confeso: ganar el dinero y la fama necesarios para recuperar a Zelda Sayre, que había roto su compromiso con un pretendiente pobre. El editor Maxwell Perkins la aceptó en septiembre; se publicó el 26 de marzo de 1920 y Scott y Zelda se casaron ocho días después.
La novela sigue la educación sentimental de Amory Blaine, autorretrato apenas velado: hijo único y mimado de una madre rica y extravagante, guapo, egoísta y convencido de su destino excepcional, atraviesa el internado y Princeton coleccionando poses, lecturas y amores. La primera parte, «El egotista romántico», es la crónica universitaria: los clubes, la política social del campus, los versos, las conversaciones nocturnas con Monsignor Darcy —mentor católico del héroe— y el descubrimiento de la literatura como identidad. Un interludio despacha la guerra en unas páginas de cartas. La segunda parte, «La educación de una persona», es el desmoronamiento: muerta la madre y evaporada la fortuna familiar, Amory pierde a Rosalind Debutante —trasunto de Zelda—, que lo deja por un hombre rico en una de las escenas de ruptura más citadas de Fitzgerald; se hunde en el alcohol, ensaya un affaire autodestructivo y quema sus últimas certezas. El libro se cierra con Amory caminando de vuelta a Princeton, orador de sí mismo bajo el cielo nocturno, con la frase que definió a su generación: «Aquí estaba una nueva generación... crecida para encontrar muertos a todos los dioses, hechas todas las guerras, quebrantada toda fe en el hombre», y la última línea en la que se conoce por fin: «Me conozco a mí mismo, pero eso es todo».
Formalmente es un cajón de sastre deliberado —narración, poemas, cartas, listas de lecturas, capítulos en forma teatral—, herencia confesa de los novelistas ingleses de la «novela universitaria» (Compton Mackenzie) filtrada por un talento verbal ya inconfundible. Su tema es el precio de la autoinvención romántica: el primer borrador del hombre que, cinco años después, se llamaría Jay Gatsby.