F. Scott Fitzgerald (1896-1940) fue un novelista estadounidense, autor de El gran Gatsby y cronista por excelencia de la «era del jazz», expresión que él mismo acuñó. Francis Scott Key Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en Saint Paul (Minnesota), en una familia católica de clase media venida a menos —fue bautizado en honor de su pariente lejano, el autor del himno estadounidense—. Estudió en Princeton, donde le importaron más los musicales del Triangle Club y la vida social que los exámenes, y abandonó sin graduarse para alistarse en el ejército en 1917. La guerra terminó antes de embarcarse, pero en un campamento de Alabama conoció a Zelda Sayre, hija de un juez, que rompió su compromiso cuando el joven sin dinero fracasó en Nueva York.
La revancha llegó en 1920: A este lado del paraíso, la novela que reescribió obsesivamente para recuperarla, fue el fenómeno editorial del año, lo hizo rico y famoso a los veintitrés y le devolvió a Zelda, con quien se casó una semana después de publicarla. La pareja se convirtió en el emblema viviente de la década: fiestas, hoteles, la Riviera francesa, el París de la «generación perdida» —fue Fitzgerald quien descubrió y promovió a Hemingway— y un tren de vida financiado con relatos brillantes para el Saturday Evening Post. De esos años son Hermosos y malditos (1922) y su obra maestra, El gran Gatsby (1925), recibida con ventas decepcionantes pese al elogio de T. S. Eliot, que la consideró «el primer paso de la novela americana desde Henry James».
La década siguiente fue el reverso: la esquizofrenia de Zelda, internada desde 1930; el alcoholismo propio; las deudas; y nueve años de trabajo intermitente en Suave es la noche (1934), su novela más ambiciosa y otra decepción comercial. Lo contó sin piedad en los ensayos de El Crack-Up (1936), anatomía pionera del derrumbe personal. Terminó como guionista a sueldo en Hollywood, donde murió de un infarto el 21 de diciembre de 1940, a los 44 años, creyéndose olvidado: dejó inacabada El último magnate, su novela sobre el cine.
La posteridad invirtió el veredicto en una de las resurrecciones más célebres de la historia literaria: Gatsby, reeditado para los soldados de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en la candidata perpetua a «gran novela americana», y su prosa lírica y exacta —el romanticismo vigilado por la ironía— en una de las influencias centrales de la narrativa del siglo XX.