Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore, 1849) fue un escritor, poeta y crítico estadounidense, maestro del relato de terror, inventor del cuento de detectives y una de las figuras fundacionales de la literatura moderna: del policiaco a la ciencia ficción y del simbolismo francés al cine de género, medio arte contemporáneo desciende de sus veinte años escasos de carrera.
Huérfano de actores a los dos años, fue criado —nunca adoptado— por el comerciante John Allan de Richmond, con quien rompió tras un paso fugaz por la Universidad de Virginia y West Point. Vivió siempre del periodismo literario, mal pagado y feroz: como director y crítico de revistas (Southern Literary Messenger, Graham's Magazine) se hizo famoso por sus reseñas demoledoras mientras publicaba los cuentos que fundarían géneros enteros. En 1836 se casó con su prima Virginia Clemm, de trece años; la lenta tuberculosis de ella, muerta en 1847, alimentó la obsesión central de su obra: la muerte de la mujer hermosa, «el tema más poético del mundo» según su propia poética.
Su producción es un catálogo de fundaciones. En el terror: «La caída de la casa Usher» (1839), «El corazón delator», «El gato negro», «El pozo y el péndulo». En la razón: los tres relatos de Auguste Dupin —«Los crímenes de la calle Morgue» (1841), «El misterio de Marie Rogêt», «La carta robada»— que inventaron de una pieza el género policiaco. En la poesía, «El cuervo» (1845) lo hizo célebre de la noche a la mañana sin sacarlo de la pobreza. A ello se suman la única novela (Arthur Gordon Pym, 1838), la protociencia-ficción, el ensayo cosmológico Eureka (1848) y una teoría del cuento —el efecto único— que sigue enseñándose.
Murió a los 40 años en Baltimore, en circunstancias nunca aclaradas: fue hallado delirando con ropas ajenas y falleció días después; el misterio de su muerte parece uno de sus cuentos. Su primer albacea, Rufus Griswold, fabricó en su obituario la leyenda negra del genio depravado, que Europa convirtió en culto: Baudelaire lo tradujo y lo consagró, el simbolismo lo adoptó como santo, y en español lo fijaron Julio Cortázar —su traductor canónico— y Borges, que repitió toda su vida que el género policiaco había nacido exactamente aquí. Los premios Edgar, máximo galardón del género, llevan su nombre.
La voz narrativa de Edgar Allan Poe es, de forma consistente, la de un testigo en primera persona —un intelectual, un caballero o un científico— cuya perspectiva metódica y a menudo admirativa sirve como frágil contrapunto racional a los genios transgresores o a los horrores que describe. Este narrador, con su precisión casi forense, establece un tono analítico y frío que impregna la atmósfera de una tensión intelectual sofisticada, donde lo macabro o lo misterioso se presentan no para conmover sentimentalmente, sino para ser diseccionados. La inquietud surge precisamente de este choque: una d…
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