Resumen de la obra
Antes del crimen, el método. «Los crímenes de la calle Morgue» se abre con un ensayo sobre la facultad analítica: el placer que el hombre de inteligencia superior encuentra en desenredar, y la diferencia entre el mero ingenio calculador y el verdadero análisis, que exige imaginación. Solo después conocemos al hombre que encarnará la teoría: C. Auguste Dupin, joven caballero parisino de familia arruinada, con quien el narrador anónimo comparte una casa retirada, noches de conversación y paseos a oscuras. En una escena célebre, Dupin reconstruye en voz alta la cadena exacta de pensamientos de su amigo tras un cuarto de hora de silencio: la deducción como espectáculo queda inaugurada.
El crimen imposible
Los periódicos traen un suceso atroz. En un cuarto piso de la calle Morgue, madre e hija —madame L'Espanaye y su hija Camille— han sido asesinadas con violencia inhumana: la hija estrangulada y embutida cabeza abajo en la chimenea; la madre en el patio trasero, degollada con tal brutalidad que la cabeza se desprende al mover el cuerpo. La habitación estaba cerrada por dentro, en un cuarto piso, sin salida aparente; había dinero a la vista que nadie tocó. Los vecinos que subieron al oír los gritos declaran haber oído dos voces: una gruesa, de un francés, y otra aguda que cada testigo atribuye a una lengua distinta —español, italiano, ruso, alemán— sin que ninguno la entienda. La policía, desbordada, detiene a un empleado de banca inocente.
Dupin obtiene permiso para examinar la casa y despliega su método donde la policía solo acumuló diligencia. Las contradicciones son la clave: una voz que a todos parece extranjera y a nadie inteligible quizá no sea humana; una fuerza capaz de esas mutilaciones y una agilidad capaz de entrar y salir por una ventana de cuarto piso —cuyo clavo de cierre, descubre, está roto— no pertenecen a ningún hombre. Un mechón de pelo no humano hallado entre los dedos de la víctima y la huella de la mano en el cuello de la joven completan el razonamiento: el asesino es un orangután huido, y el francés de la voz grave, su dueño. Dupin lo confirma con un anuncio en el periódico: un marinero maltés se presenta a reclamar al animal y confiesa la historia —el simio escapó con su navaja de afeitar, imitando el gesto de afeitarse que había espiado a su amo, y el marinero asistió impotente a la carnicería desde la ventana—. No hay culpable que castigar: el orangután acaba en el Jardin des Plantes y el empleado detenido queda libre, con el prefecto de policía rumiando la humillación.
Temas y sentido
Publicado en 1841, este relato funda de una pieza el género policiaco: el crimen de cuarto cerrado, el detective aficionado que humilla a la policía oficial, el amigo narrador de inteligencia media que dosifica el asombro del lector, la resolución por razonamiento expuesta como lección final. Poe lo llamó «cuento de raciocinio», y la fórmula que aquí ensaya —el misterio como problema intelectual y su solución como demostración— es la que Conan Doyle, Christie y todo el género convertirán en industria. Bajo el mecanismo, el relato guarda su inquietud propia: la solución no revela un criminal sino un animal, la violencia sin intención ni culpa, y el triunfo de la razón analítica consiste, paradójicamente, en descubrir los límites de lo humano. La ciudad moderna como selva legible para el analista: pocas ideas literarias han resultado más fértiles.