Resumen de la obra
Una noche de otoño, en su biblioteca del Faubourg Saint-Germain, el caballero C. Auguste Dupin y el narrador anónimo que comparte sus veladas reciben la visita del prefecto de la policía de París, G. El caso que trae parece sencillo y es, confiesa, desesperante. Un documento comprometedor —una carta cuyo contenido nunca se revela— ha sido robado de las habitaciones reales. Se sabe quién la robó: el ministro D., que la sustrajo a la vista de la propia víctima, incapaz de reaccionar sin delatarse ante una tercera persona presente. Mientras la carta esté en poder del ministro, este tendrá en sus manos a la dama que la recibió; el poder que otorga no reside en usarla, sino en poder usarla.
El argumento
La policía ha hecho todo lo que la policía sabe hacer, y lo ha hecho a la perfección. Durante meses, aprovechando las ausencias nocturnas del ministro, sus agentes han registrado el palacete milímetro a milímetro: han sondeado los muebles con agujas, levantado tapicerías, examinado las patas de las sillas con microscopio, desmontado los cuartos en secciones numeradas. También han fingido asaltos para registrar al ministro en persona. La carta no aparece. Dupin escucha, envuelto en el humo de su pipa, y da un consejo que suena a burla: que vuelvan a registrar.
Un mes después, el prefecto regresa sin resultados y menciona que la recompensa ha subido: pagaría cincuenta mil francos a quien le procurase la carta. Dupin le pide que extienda el cheque en ese mismo momento; firmado el cheque, saca la carta de un cajón y se la entrega. El resto del relato es la explicación —el verdadero centro de todo relato de Dupin—. La policía fracasó porque su método solo mide su propia astucia: buscó la carta donde ellos la habrían escondido, en el escondite más ingenioso. Pero el ministro es poeta además de matemático, y razonó un nivel por encima: comprendió que su casa sería registrada y que el único lugar seguro era el más visible. Dupin, que ilustra el principio con el juego infantil de adivinar «par o impar» —ganar consiste en identificarse con la inteligencia del adversario— y con la dificultad de ver los rótulos demasiado grandes en un mapa, visitó al ministro con gafas oscuras y encontró la carta a la vista de todos: arrugada, vuelta del revés y colgada con descuido de un tarjetero de cartón sobre la chimenea. Al día siguiente, tras provocar un tumulto callejero que distrajo al ministro, la sustituyó por un facsímil.
La venganza tiene una elegancia final: dentro de la carta falsa, Dupin ha copiado dos versos de Crébillon sobre el festín de Atreo, para que el ministro, cuando caiga en desgracia, sepa quién lo derrotó.
Temas y sentido
Tercero y último relato del ciclo de Dupin, «La carta robada» es la destilación más pura del cuento de razonamiento que Poe inventó: aquí ya no hay cadáveres ni misterio material, solo un duelo de inteligencias y una idea —lo evidente como el mejor de los escondites— convertida en estructura. El relato teoriza sobre sí mismo: la crítica al método policial es una crítica a todo pensamiento que no sabe salir de sus propios supuestos, y la identificación con la mente del otro que practica Dupin fundará el arquetipo del detective como psicólogo. La carta cuyo contenido nunca conocemos, pura posición y puro poder, ha fascinado a la teoría literaria y al psicoanálisis del siglo XX precisamente por eso: es el McGuffin perfecto medio siglo antes de que existiera la palabra.