Robinson Crusoe apareció en Londres el 25 de abril de 1719 presentado como autobiografía auténtica de un marino de York, sin el nombre de Defoe por ninguna parte. El modelo real más citado es el marinero escocés Alexander Selkirk, rescatado en 1709 tras cuatro años solo en la isla de Juan Fernández, aunque Defoe fundió múltiples relatos de náufragos con sus propias obsesiones de comerciante puritano.
La novela cuenta la vida de Robinson desde su pecado original: desoír al padre, que le predicaba las virtudes del «estado medio», y embarcarse en busca de fortuna. Tras aventuras que incluyen el cautiverio entre corsarios de Salé y una plantación en Brasil, se embarca en una expedición esclavista y naufraga en una isla deshabitada de la desembocadura del Orinoco: será su morada durante veintiocho años. El corazón del libro es la crónica minuciosa de la supervivencia: el rescate de herramientas del pecio, la construcción de la empalizada y la cueva, las cosechas de cebada y arroz calculadas estación a estación, la cerámica, las cabras, el loro, el calendario tallado en un poste y el diario donde asienta —con contabilidad de tendero puritano— los males y bienes de su estado. La isla es también el escenario de su conversión religiosa: enfermo y aterrado tras un sueño, Robinson relee su vida como una parábola de la providencia. El célebre episodio de la huella humana en la arena rompe años de soledad con puro terror; siguen los caníbales, el rescate del nativo al que llama Viernes —a quien enseña inglés, lo convierte al cristianismo y lo instala en una servidumbre que la crítica moderna ha examinado sin piedad—, la liberación de otros cautivos y la recuperación de un barco inglés amotinado, en el que regresa a Europa en 1687, rico gracias a su plantación brasileña. Una secuela inmediata, Nuevas aventuras de Robinson Crusoe (1719), lo devolvió a la isla y lo llevó hasta China y Rusia, aunque la posteridad ha retenido solo el primer volumen.
El tiempo del relato tiene una densidad nueva en la ficción de su época: Defoe hace vivir a su héroe cada estación —la temporada de lluvias que pudre la primera cosecha, los meses invertidos en construir una canoa imposible de arrastrar hasta el mar, los años que tarda en domesticar el miedo tras la huella en la arena—, y de esa paciencia narrativa nace la sensación, señalada por generaciones de lectores, de haber vivido en la isla y no solo leído sobre ella.
El libro fundó de golpe el realismo novelístico inglés: la ilusión de verdad se fabrica con fechas, cantidades, inventarios y una prosa sin adornos, la del hombre práctico que anota. Sus temas lo han mantenido en el centro del canon y del debate: la soledad y la autosuficiencia, el trabajo como redención, el «homo economicus» que contabiliza hasta la gracia divina —lectura de Marx y de Max Weber—, y el colonialismo en estado germinal: un inglés que toma posesión de una isla, se proclama su «rey» y recibe la sumisión de Viernes como cosa natural.