Moll Flanders (1722) se presentó, como toda la ficción de Defoe, bajo disfraz documental: las «fortunas y desgracias» de una mujer real contadas por ella misma, editadas y «purgadas de lenguaje indecente» por un supuesto editor moral. El larguísimo título original funciona como resumen y anzuelo: la protagonista «fue doce años prostituta, cinco veces esposa (una de ellas de su propio hermano), doce años ladrona, ocho deportada a Virginia y, al final, se hizo rica, vivió honesta y murió penitente».
Nacida en la cárcel de Newgate de una ladrona condenada, Moll crece decidida a no ser criada. Su educación sentimental es una estafa fundacional: seducida por el hijo mayor de la familia que la acoge, es casada con el hermano menor. A partir de ahí, la novela sigue su carrera matrimonial y económica por Inglaterra y las colonias americanas: un marido comerciante que quiebra, un plantador de Virginia que resulta ser su hermano —el incesto descubierto la devuelve a Inglaterra—, un amante de Bath, un «marido de Lancashire» (Jemy, un salteador que se finge rico mientras ella se finge rica: la estafa mutua es una de las grandes escenas cómicas del libro) y un banquero honrado. Cada episodio se cierra con un balance contable: Moll registra su capital, edad y expectativas con la frialdad de un libro mayor, porque en su mundo el matrimonio es un mercado y la virtud, un activo que se deprecia. Envejecida y sin recursos, pasa a su segunda profesión: doce años como la ladrona más hábil de Londres, aprendiz y luego maestra de una «institutriz» perista, hasta que la capturan y la devuelven a Newgate, donde nació. Condenada a muerte, se arrepiente —el clérigo obtiene la conmutación—, reencuentra en la cárcel a Jemy y ambos son deportados a Virginia, donde Moll recupera la herencia de su madre, prospera como plantadora y regresa a Inglaterra rica y «penitente», aunque el lector nunca sabe cuánto hay de conversión y cuánto de último balance favorable.
La voz de Moll es el gran hallazgo técnico del libro: una anciana que rememora sus crímenes con nostalgia profesional, se disculpa a cada página y a cada página vuelve a delinquir, capaz de llorar por un niño robado y de anotar acto seguido el valor de su collar. Defoe reproduce además el detalle material de su mundo con precisión de inventario —precios de la ropa robada, tarifas de las nodrizas, costes del pasaje colonial—, haciendo de la novela un documento económico tan minucioso como Robinson Crusoe.
La ironía de esa piedad contable es el corazón crítico del libro: Defoe deja que su heroína se justifique con la moral del resultado, y la novela funciona a la vez como picaresca femenina, reportaje sobre el hampa y la deportación penal, y retrato pionero de una mujer que trata su supervivencia como una empresa. Por su realismo económico y su voz femenina sin precedentes, se considera, junto a Robinson Crusoe, la otra piedra fundacional de la novela inglesa.