Daniel Defoe (c. 1660-1731) fue un escritor, comerciante y agente político inglés, autor de Robinson Crusoe y considerado uno de los fundadores de la novela inglesa. Nació en Londres hacia 1660, hijo de un fabricante de velas presbiteriano llamado James Foe —Daniel añadió el aristocrático «De» hacia 1695—. Como disidente religioso tuvo vedadas Oxford y Cambridge, y se formó en una academia disidente que le dio una educación práctica y moderna. Antes de ser escritor fue casi todo lo demás: comerciante de medias, ladrillos y vinos, quebró estrepitosamente al menos dos veces, participó en la rebelión de Monmouth (1685) y sobrevivió a la represión.
Su carrera pública fue una sucesión de audacias. El panfleto satírico El medio más eficaz con los disidentes (1702), en el que fingía la voz de un intransigente anglicano pidiendo exterminar a los disidentes, le costó la picota y la cárcel de Newgate; según la tradición, la multitud lo cubrió de flores. Rescatado por el ministro Robert Harley, trabajó durante años como agente secreto y propagandista —fue espía del gobierno inglés en Escocia durante las negociaciones de la Unión de 1707— y fundó y escribió casi en solitario The Review, periódico pionero del ensayo político moderno. Se le atribuyen centenares de obras: panfletos, poemas satíricos, manuales de comercio, una monumental Gira por toda la isla de Gran Bretaña y el Diario del año de la peste (1722), reconstrucción tan verosímil de la epidemia londinense de 1665 que aún se discute si es novela o historia.
A la ficción llegó pasados los cincuenta y ocho años: Robinson Crusoe (1719) fue un éxito inmediato y fundó, con su realismo circunstancial de inventarios, fechas y contabilidades, el molde de la novela realista inglesa. Le siguieron a ritmo febril Las aventuras del capitán Singleton (1720), Moll Flanders y el Diario del año de la peste (1722) y Roxana (1724), protagonizadas por criminales, piratas y supervivientes que cuentan su vida en primera persona con la voz de la experiencia.
Murió el 24 de abril de 1731 en Londres, escondiéndose —fiel a su biografía— de un acreedor. Su legado es doble: el mito de Robinson, releído por Rousseau, Marx y la crítica poscolonial, y una lección técnica que la novela nunca ha olvidado: la ficción se vuelve verdad por acumulación de detalles verificables.