Villette (1853) es la última novela que Charlotte Brontë publicó en vida y, para buena parte de la crítica moderna, su obra más madura. La escribió tras la muerte de sus hermanos Branwell, Emily y Anne, en la soledad de la rectoría de Haworth, y sobre el material autobiográfico más doloroso de que disponía: sus dos años como alumna y profesora en el pensionado bruselense de Constantin Héger (1842-1844), un hombre casado del que se enamoró sin esperanza. Ya había usado esa experiencia en su primera novela, El profesor, rechazada por los editores y publicada solo póstumamente; Villette la reelabora con una técnica incomparablemente más compleja.
Lucy Snowe, la narradora, es una joven inglesa sin familia ni recursos que, tras una catástrofe personal que nunca cuenta del todo, se embarca sola hacia el continente y consigue trabajo en el internado de madame Beck, en Villette, capital del reino ficticio de Labassecour (transposiciones de Bruselas y Bélgica). Allí sobrevive entre la vigilancia constante de la directora, el catolicismo que la rodea y que su conciencia protestante rechaza, y una soledad que la lleva al borde del colapso nervioso: el episodio central, en el que Lucy, abandonada en el colegio durante las vacaciones, acaba confesándose con un sacerdote católico, procede directamente de la vida de la autora. Dos hombres organizan su historia sentimental: el médico inglés John Graham Bretton, apuesto y convencional, que nunca la ve realmente, y el profesor Paul Emanuel, pequeño, colérico y generoso, que la reconoce como su igual intelectual. Cuando el amor entre Lucy y Paul se declara por fin, él debe partir tres años a las Antillas; le deja a Lucy una escuela propia, la independencia que ninguna heroína de Brontë había alcanzado sola. El desenlace es deliberadamente ambiguo: una tormenta asola el Atlántico durante el viaje de regreso de Paul y la narradora se niega a confirmar su muerte, invitando al «lector de imaginación soleada» a creer en el reencuentro. Todo indica que Paul no vuelve.
La novela entreteje además una trama casi gótica —la monja espectral que se aparece a Lucy en el desván del pensionado, explicada al final con una racionalidad burlona— y una galería de personajes secundarios memorables: la pequeña Paulina, cuyo amor infantil por Graham madura hasta el matrimonio; la coqueta Ginevra Fanshawe, espejo frívolo de Lucy; y madame Beck, déspota sonriente cuyo sistema de «vigilancia» anticipa análisis muy posteriores del poder institucional. El contraste entre la Inglaterra protestante y el continente católico, tratado con una mezcla de sátira y fascinación, funciona como geografía moral del libro.
Más que en su trama, la grandeza de Villette está en su narradora: Lucy Snowe oculta información, miente por omisión y observa a los demás con una ironía seca que anticipa la novela psicológica moderna. Los temas centrales —la represión emocional, la soledad de la mujer sin posición, el conflicto entre deber y deseo, el desarraigo del expatriado— se tratan con una crudeza que la ficción victoriana rara vez se permitió.