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Ínsula Singularia

Obra analizada

Grandes esperanzas

Título original: Great Expectations

de Charles Dickens

1861novela188.082 palabras analizadas

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Un niño huérfano llora ante las tumbas de sus padres en un cementerio de los marjales de Kent cuando un hombre aterrador surge de entre las lápidas: un presidiario fugado con grilletes, que lo agarra, lo voltea y le exige comida y una lima. El niño es Pip, criado «a mano» por su hermana colérica y por el marido de esta, el herrero Joe Gargery, el alma más noble del libro. Pip roba en su casa para el fugitivo, y ese acto de terror y piedad, del que se avergonzará media vida, es la semilla secreta de todo lo que le ocurrirá: pocas novelas han hecho tanto con una primera escena.

El argumento

La segunda pieza del mecanismo es la casa Satis: la mansión detenida en el tiempo de la señorita Havisham, la novia abandonada que vive desde hace décadas con su vestido de boda amarillento, el pastel podrido sobre la mesa y los relojes parados en el minuto de la carta fatal. Allí es llevado Pip «a jugar», y allí conoce a Estella, la pupila bellísima educada por Havisham para una misión exacta: romper corazones de hombres, en venganza delegada. Pip sale de Satis con el proyecto de su desgracia: avergonzado de la fragua, de sus botas y de Joe, enfermo de «grandes esperanzas».

Las esperanzas llegan: un abogado, Jaggers, anuncia que un benefactor anónimo destina a Pip una fortuna y un futuro de caballero en Londres. Pip no duda de que es Havisham, ni de que Estella es su destino, y la novela despliega su educación de señorito: el amable Herbert Pocket, las deudas, la vergüenza creciente de Joe —la visita del herrero a Londres, con Pip sufriendo por sus modales, es una de las páginas más dolorosas de Dickens— y el cortejo imposible de Estella, que le advierte con franqueza que no tiene corazón que darle.

La revelación central destroza el edificio: el benefactor no es Havisham sino Magwitch, el presidiario del cementerio, que hizo fortuna en Australia y consagró su vida a fabricar «su» caballero: el niño que tuvo piedad de él. Todo lo que Pip creía elección del destino era gratitud de un criminal; su ascenso, hecho del dinero que más lo avergüenza. La última parte es expiación pura: Pip aprende a querer al hombre al que debe todo, intenta sacarlo de Inglaterra —la fuga por el río, fracasada—, lo acompaña hasta la muerte en prisión y le regala la única mentira piadosa del libro: que su hija perdida vive, es una dama y él la ama. Porque Estella, cierre perfecto del círculo, es hija de Magwitch. Arruinado y enfermo, Pip es rescatado por Joe, que paga sus deudas y lo cuida sin un reproche; y el final —el famoso doble final: Dickens reescribió el desenlace, más sombrío en su primera versión— reúne a Pip y Estella, ya viuda y humanizada por el sufrimiento, entre las ruinas de Satis: «no vi sombra de una nueva separación».

Temas y sentido

Grandes esperanzas (1861) es la más perfecta de las novelas de Dickens: la historia de una educación sentimental contada por su propio protagonista adulto, con una economía y una unidad que el folletinista de mil páginas no había alcanzado antes. Su tema es la vergüenza —de clase, de origen, de los que nos quieren— y su precio; su tesis, que el único caballero verdadero del libro es un herrero que no sabe leer. El dinero como culpa, el amor como fabricación del daño (Estella, «estrella» fría construida por una herida ajena) y la gratitud como redención: el melodrama victoriano convertido en anatomía moral que no ha envejecido un día.

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