Alexandre Dumas (Villers-Cotterêts, 1802 – Puys, 1870) fue un novelista y dramaturgo francés, autor de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, y el mayor fabricante de aventuras de la historia de la literatura: sus novelas por entregas tuvieron en jaque a Francia y a Europa enteras, y siglo y medio después siguen alimentando cine, series y lectores con la misma eficacia.
Nieto de un marqués normando y de una esclava negra de Santo Domingo, e hijo del general Dumas —el legendario «diablo negro» de los ejércitos de la Revolución, caído en desgracia bajo Napoleón—, llegó a París pobre y con buena caligrafía. Triunfó primero en el teatro: Enrique III y su corte (1829) y Antony (1831) lo pusieron en la primera línea del drama romántico junto a Hugo. Pero su imperio fue el folletín: cuando la prensa de los años cuarenta descubrió que las novelas por entregas vendían periódicos, Dumas se convirtió en su proveedor supremo, con un método industrial que incluía colaboradores —el célebre Auguste Maquet en los títulos mayores— documentando tramas que él reescribía con su energía inimitable.
El año 1844 es único en la historia editorial: publicó a la vez, por entregas, Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo. Siguieron las secuelas de la saga mosqueteril (Veinte años después, El vizconde de Bragelonne), el ciclo de la Reina Margot, El tulipán negro y decenas más: unos trescientos volúmenes que le dieron fortunas sucesivas, todas gastadas —el castillo de «Montecristo» que se construyó y perdió es el emblema de su vida fastuosa—. Viajero, cocinero (su Gran diccionario de cocina es póstumo y célebre), garibaldino en Italia y padre del Dumas hijo de La dama de las camelias, murió arruinado y sereno en 1870: «nunca he tenido que aburrirme», resumió.
Su posteridad es doble: el desdén académico que persiguió al «industrial de la novela» se ha disipado —en 2002, Francia trasladó sus cenizas al Panteón, saldando también la deuda con el nieto de esclava que sufrió el racismo de su época—, y su público jamás lo abandonó: d'Artagnan y Edmond Dantès son mitos universales, y la fórmula que perfeccionó —historia, ritmo, diálogo y venganza— sigue siendo la gramática de la aventura popular mundial.