Capítulo 1: Donde se cuenta cómo Don Quijote confundió el ferrocarril con un dragón de hierro
El sol de aquel mes de abril caía sobre Madrid con la pereza propia de quien sabe que aún le quedan muchas horas de luz para presenciar desatinos. En el barrio de Lavapiés, las calles despertaban con el rumor de los cántaros que iban a la fuente, el chirriar de los carros de los aguadores y el griterío de los vendedores que ofrecían sus mercancías con voces que parecían salidas de algún corral de comedias mal ensayado.
Don Alonso Quijano, que así se llamaba el hombre que andaba por los sesenta años y que había leído tantos libros de caballerías que se le había secado el entendimiento, vivía en una casa de dos pisos en la calle del Oso, no lejos de la plaza de Antón Martín. Su sobrina, una moza de veinticinco años llamada Antonia, cuidaba de él con la paciencia de quien sabe que el amor a veces consiste en soportar las locuras del ser querido.
—Tío —dijo Antonia aquella mañana, mientras le alcanzaba un tazón de chocolate espeso—, no se olvide de que hoy viene el barbero a afeitarle.
Don Alonso alzó la mirada del libro que tenía entre las manos —un ejemplar del Amadís de Gaula que había leído ya treinta y siete veces, según sus propios cálculos— y respondió con la gravedad de quien anuncia una verdad revelada:
—Sobrina, no me llames tío, que ese nombre no conviene a quien ha de ser armado caballero andante. Llámame don Quijote de la Mancha, que así he decidido llamarme desde esta madrugada, cuando el gallo cantó tres veces y supe que mi destino no era otro que desfacer entuertos y enderezar el mundo.
Antonia suspiró. Aquello de cambiarse el nombre era nuevo, pero no la sorprendió. Su tío llevaba semanas sin dormir, leyendo a la luz de un candil hasta que la cera se consumía por completo, y sus ojos tenían ese brillo particular que ella había aprendido a reconocer como el preludio de alguna empresa disparatada.
—Como usted quiera, don Quijote —dijo, con un dejo de resignación—. Pero el barbero viene a las diez.
—El barbero puede esperar —respondió él, cerrando el libro con un golpe seco que levantó una nube de polvo—. Hay asuntos más urgentes que atender. He oído rumores, sobrina, rumores terribles que vienen del norte.
—¿Del norte?
—Del norte de la ciudad, donde dicen que han construido una bestia de hierro que respira fuego y devora hombres.
Antonia negó con la cabeza. Sabía que su tío se refería al ferrocarril, esa novedad que tanto daba que hablar en Madrid desde que habían empezado a construir la línea hacia Aranjuez. Pero sabía también que explicarle la diferencia entre una locomotora y un dragón era como querer convencer a un ciego de que el sol es redondo: inútil, y además peligroso, porque a don Alonso los argumentos le parecían ofensas.
—Tío... digo, don Quijote —corrigió ella—, ese no es un dragón. Es un carruaje que anda sobre rieles de hierro, movido por el vapor.
—¿Vapor? —Don Quijote rió con una carcajada que resonó en toda la casa—. ¡Vapor! Eso mismo dicen los encantadores para ocultar la verdad. Pero yo sé que detrás de esa palabra se esconde el aliento de una criatura infernal, traída de tierras extranjeras para someter a los cristianos. ¿Acaso no has visto cómo los hombres se afanan en construir caminos de hierro? ¿No te parece una herejía que el suelo patrio sea herido con semejantes cicatrices?
Antonia no supo qué responder. En la calle, el pregón de un vendedor de periódicos se coló por la ventana:
—¡La Gaceta de Madrid! ¡Noticias del ferrocarril! ¡Su Majestad la Reina inaugurará la estación del Mediodía!
Don Quijote se puso en pie con una agilidad que su edad no hacía presagiar. Sus ojos chispearon, y su mano derecha buscó en el aire la empuñadura de una espada que no estaba allí.
—¿Has oído, sobrina? La reina misma acudirá a rendir pleitesía a la bestia. Esto es más grave de lo que pensaba. La corte está corrompida, y la soberana ha caído bajo el influjo de los encantadores que manejan los hilos del progreso.
Salió de la habitación con paso firme, dejando a Antonia con el tazón de chocolate aún humeante en las manos. Subió las escaleras hasta su cuarto, donde guardaba, envueltas en un lienzo que había pertenecido a su madre, las armas que había heredado de su abuelo: una espada oxidada, un escudo que más parecía una tapadera de caldero, y una lanza que había sido de un soldado de la guerra de la Independencia.
Se vistió con sus mejores galas —un jubón raído, unas calzas remendadas, y una capa que había sido negra pero que el tiempo había vuelto gris— y se caló un yelmo de cartón que él mismo había fabricado siguiendo las ilustraciones de sus libros. En el espejo de su cuarto, se vio a sí mismo transformado: ya no era un hidalgo pobre de la Mancha, sino un caballero andante dispuesto a enfrentar los peligros del mundo.
—Rocinante —llamó, dirigiéndose al corral donde tenía su rocín, un animal tan flaco y desgarbado como su amo—, prepárate, que hoy tenemos batalla.
El caballo levantó la cabeza, movió las orejas, y volvió a inclinarse sobre el pesebre, indiferente a los designios de su dueño.
El barrio de Lavapiés bullía de actividad cuando don Quijote salió a la calle. Las mujeres colgaban la ropa en los balcones, los niños jugaban a la pelota entre las piernas de los transeúntes, y los hombres se agrupaban en las tabernas para discutir de política y de toros.
El olor a aceite frito y a carbón se mezclaba con el hedor de las acequias que corrían por el centro de las calles, llevándose los desechos de las casas. Don Quijote caminaba erguido, la lanza en una mano y las riendas de Rocinante en la otra, mientras la gente lo miraba con esa mezcla de curiosidad y sorna que los madrileños reservan para los santos y los locos.
—Mira, mira —dijo un chiquillo que vendía periódicos en la esquina de la calle de la Encomienda—, es el Quijote, el que se cree caballero.
—¿Quijote? —preguntó otro.
—Sí, el de la Mancha. Mi padre dice que está loco de remate.
Don Quijote oyó los comentarios, pero no se inmutó. Aquellas palabras eran para él como el viento que azota el rostro del caminante: molestas, pero pasajeras. Lo importante era la misión que le había sido encomendada por el cielo, o quizás por los astros, o simplemente por la necesidad de darle sentido a una vida que hasta entonces había transcurrido sin pena ni gloria.
Llegó a la plaza de Antón Martín, donde un grupo de hombres discutía animadamente alrededor de un cartel que anunciaba, con letras rojas y negras, la próxima inauguración del ferrocarril. Don Quijote se acercó y leyó el cartel en voz alta, deletreando las palabras con la lentitud de quien no está acostumbrado a la letra impresa:
—"Gran inauguración del ferrocarril de Madrid a Aranjuez. Su Majestad la Reina Isabel II presidirá el acto. Doce de la mañana. Estación del Mediodía."
—¿Veis? —dijo, volviéndose hacia los hombres—. ¿Veis cómo la corte se alía con el maligno?
Los hombres se rieron. Uno de ellos, un carretero de manos callosas y bigote cano, le dijo:
—Vamos, buen hombre, que el ferrocarril no es cosa del diablo. Es el progreso, y el progreso es bueno para todos.
—¿Bueno? —Don Quijote alzó la lanza y señaló el cartel con ademán teatral—. ¿Llamáis bueno a un monstruo de hierro que escupe fuego y humo, que arrastra a los hombres encerrados en jaulas como si fueran ganado, que hiere la tierra con sus rieles y contamina el aire con su aliento? ¡Eso no es progreso, es esclavitud!
El carretero negó con la cabeza y se alejó, murmurando algo sobre la pérdida de la cordura en los tiempos que corrían. Los demás hombres hicieron lo mismo, dejando a don Quijote solo frente al cartel, con su lanza y su caballo flaco, en medio de la plaza.
Fue entonces cuando oyó el silbido.
Un sonido agudo, penetrante, que atravesó el aire como un cuchillo. Don Quijote se sobresaltó. El silbido venía del norte, de la dirección donde habían construido la estación. Era un sonido que no se parecía a nada que hubiera oído antes: ni al relincho de un caballo, ni al mugido de un toro, ni al grito de un hombre. Era un sonido metálico, mecánico, como si el infierno mismo hubiera aprendido a cantar.
—¡La bestia! —exclamó don Quijote—. ¡La bestia despierta!
Montó en Rocinante con una agilidad que sorprendió incluso a los chiquillos que lo observaban desde la acera. El rocín, acostumbrado a las manías de su amo, obedeció sin protestar, y juntos emprendieron el camino hacia la estación.
La estación del Mediodía era un edificio nuevo, construido con ladrillos rojos y hierro forjado, que se alzaba en las afueras de la ciudad, cerca de la puerta de Atocha. Alrededor se agolpaba una multitud de curiosos, vendedores ambulantes, militares y funcionarios del gobierno, todos esperando la llegada de la reina.
En el centro de la vía, sobre los rieles relucientes, descansaba la locomotora. Era una máquina imponente, pintada de negro y rojo, con una chimenea que se alzaba hacia el cielo como un dedo acusador. De su interior salían nubes de vapor y chispas, y de vez en cuando soltaba un silbido que hacía temblar los cristales de las ventanas cercanas.
Don Quijote llegó a la estación en el momento en que el silbido sonaba por tercera vez. Al ver la locomotora, sus ojos se abrieron como platos y su rostro palideció bajo el yelmo de cartón.
—¡Santo Dios! —exclamó—. ¡Es peor de lo que imaginaba!
Para él, la locomotora no era una máquina. Era un dragón. Un dragón de hierro y acero, con escamas negras y ojos de fuego, que respiraba vapor y humo, y que tenía en su interior a cientos de almas prisioneras. Los vagones que arrastraba eran las jaulas donde los encantadores encerraban a sus víctimas, y los rieles eran las cadenas que ataban la tierra.
—¡Deteneos, bestia infernal! —gritó, espoleando a Rocinante—. ¡Deteneos o pereceréis a manos del caballero de la Mancha!
La multitud se volvió hacia él. Al ver a aquel hombre flaco, montado en un caballo aún más flaco, con una lanza oxidada y un yelmo de cartón, algunos se rieron, otros se santiguaron, y unos pocos, los más supersticiosos, retrocedieron asustados.
—¡Es el loco de Lavapiés! —gritó alguien.
—¡Que alguien lo detenga!
Pero nadie lo detuvo. Don Quijote espoleó a Rocinante y se lanzó al galope hacia la locomotora. La lanza, temblorosa en su mano, apuntaba al corazón del dragón, a ese punto donde el metal parecía más vulnerable, justo debajo de la chimenea.
—¡Por Dulcinea del Toboso! —gritó—. ¡Por la justicia y la honra!
El maquinista, que estaba en la cabina ajustando unos tornillos, alzó la vista y vio a aquel jinete desbocado que se dirigía hacia él. No tuvo tiempo de reaccionar. Don Quijote embistió la locomotora con todas sus fuerzas, y la lanza se clavó en el metal con un sonido seco, como un martillo golpeando un yunque.
El impacto fue tan violento que la lanza se partió en dos, y don Quijote salió despedido de la silla de Rocinante, cayendo al suelo con un golpe sordo. La multitud lanzó un grito colectivo, mitad de sorpresa, mitad de risa.
—¡Está loco! ¡Completamente loco!
Pero don Quijote no se dio por vencido. Se levantó trabajosamente, con la ropa llena de polvo y el yelmo torcido, y señaló a la locomotora con el brazo extendido.
—¡No os creáis vencedores, dragón infernal! —gritó—. ¡Aún tengo fuerzas para combatir!
En ese momento, dos guardias civiles se abrieron paso entre la multitud y agarraron a don Quijote por los brazos.
—¡Suelten al caballero! —protestó él—. ¡No saben lo que hacen!
—Usted es el que no sabe lo que hace, abuelo —dijo uno de los guardias, un hombre joven con bigote negro y aire severo—. ¿Se ha vuelto loco? Podría haber muerto.
—¡La locura es vuestra, que veneráis a esa bestia como si fuera un dios! —respondió don Quijote, forcejeando—. ¿No veis que es un instrumento del mal? ¿No veis que esclaviza a los hombres, que los encierra en jaulas, que los arrastra por el mundo como si fueran mercancía?
Los guardias intercambiaron una mirada de complicidad. Estaban acostumbrados a lidiar con borrachos y pendencieros, pero un loco de atar era otra cosa.
—Llevémoslo al cuartelillo —dijo el más viejo—. Allí veremos qué hacer con él.
Pero antes de que pudieran moverlo, una voz familiar se alzó entre la multitud:
—¡Amo! ¡Amo! ¡Dejen a mi amo!
Era Sancho Panza, que había llegado corriendo desde Lavapiés, con la gorra en la mano y el rostro sudoroso. Venía vestido con su ropa de campesino —un sayo pardo, unos calzones remendados y unas alpargatas rotas— y llevaba al hombro un hatillo con sus pocas pertenencias.
—¿Qué le han hecho a mi amo? —preguntó, jadeante.
—Este hombre ha intentado atacar el ferrocarril —explicó el guardia joven—. Lo hemos detenido para que no cause más daño.
—¡Pero si mi amo no es malo! —protestó Sancho—. Es un buen hombre, solo que... solo que a veces ve las cosas de otra manera.
Don Quijote, al ver a su escudero, se serenó un tanto. Se enderezó lo mejor que pudo, ajustó el yelmo y dijo con dignidad:
—Sancho, amigo fiel, no permitas que estos sayones mancillen mi honor. Diles que soy un caballero andante, y que mi misión es liberar a los oprimidos.
Sancho suspiró. Conocía bien las manías de su amo, y sabía que discutir con él era como querer vaciar el mar con un cubo.
—Señores —dijo, dirigiéndose a los guardias—, mi amo está... bueno, digamos que tiene una manera peculiar de ver el mundo. Pero no quiere hacer daño a nadie. Si ustedes lo dejan, yo me lo llevo a casa y le doy un buen caldo, que eso siempre lo tranquiliza.
Los guardias dudaron. Miraron a don Quijote, que los observaba con la mirada encendida, y luego a la multitud, que empezaba a dispersarse aburrida. Al fin, el guardia más viejo asintió.
—Está bien. Lléveselo, pero que no vuelva a acercarse a la estación, o tendremos que tomar medidas más serias.
—Gracias, señores, gracias —dijo Sancho, tocándose la gorra.
Tomó a don Quijote del brazo y lo condujo fuera de la estación, mientras el loco seguía murmurando maldiciones contra el dragón de hierro y los encantadores que lo habían traído a España.
—Amo —dijo Sancho, cuando estuvieron lo suficientemente lejos—, ¿qué ha sido eso? ¿Por qué ha atacado ese carruaje?
—No es un carruaje, Sancho —respondió don Quijote, con la voz temblorosa de emoción—. Es un dragón. Un dragón que escupe fuego y humo, que tiene aprisionadas a miles de almas inocentes. ¿No lo has visto? ¿No has oído sus rugidos?
—Yo he oído un silbido, amo, y he visto una máquina que echa vapor. Nada más.
—Porque tus ojos están cegados por la costumbre, Sancho. Pero los míos, los míos ven la verdad. Y la verdad es que ese dragón es el símbolo de todo lo que está mal en este mundo. El progreso, la modernidad, la industria... todo eso son palabras vacías que esconden la esclavitud y la muerte.
Sancho no supo qué responder. Él no entendía de dragones ni de encantadores. Lo único que sabía era que su amo había vuelto a hacer de las suyas, y que él, como siempre, tendría que sacarlo del apuro.
Caminaron en silencio por las calles de Lavapiés, mientras el sol comenzaba a declinar y las sombras se alargaban sobre los adoquines. Don Quijote iba cabizbajo, con la lanza rota en la mano y el yelmo torcido, pero en sus ojos seguía brillando esa luz obstinada que Sancho había aprendido a respetar y temer.
Al llegar a la casa de la calle del Oso, Antonia los esperaba en la puerta, con los brazos cruzados y el rostro severo.
—Tío —dijo, sin molestarse en llamarlo don Quijote—, ¿qué ha hecho ahora?
—He intentado liberar a Madrid de un dragón —respondió él, con toda la dignidad que pudo reunir.
—¿Un dragón?
—Un dragón de hierro, sobrina. Pero no te preocupes, que volveré a intentarlo. Mañana, pasado, cuando sea necesario. Porque un caballero andante no abandona jamás su misión.
Antonia suspiró y miró a Sancho, que se encogió de hombros.
—Déjelo, señorita —dijo el escudero—. Ya sabe cómo es. Mejor le preparo un caldo, que esta aventura le ha dejado magullado.
Entraron en la casa, y la puerta se cerró tras ellos. Afuera, en la calle, el eco del silbido de la locomotora seguía resonando, como un presagio de las batallas que aún estaban por librarse.
Aquella noche, mientras Sancho le daba de comer a Rocinante y Antonia remendaba la capa de su tío, don Quijote se sentó frente a la ventana y miró el cielo estrellado. En su mente, las aventuras se sucedían unas tras otras: gigantes que eran molinos, ejércitos que eran rebaños, y ahora dragones de hierro que escupían fuego. Pero también, en algún rincón de su corazón, sabía que el mundo había cambiado, y que quizás, solo quizás, sus ideales caballerescos no tenían cabida en aquella nueva era de hierro y vapor.
Pero eso no importaba. Porque un caballero andante no se rinde jamás. Y mientras hubiera un dragón que derrotar, una doncella que liberar, o una injusticia que deshacer, don Quijote de la Mancha estaría allí, con su lanza rota y su yelmo de cartón, dispuesto a luchar contra el mundo entero.
—Sancho —dijo, sin volverse—, mañana iremos al Palacio Real.
—¿Al Palacio Real? —preguntó Sancho, alarmado—. ¿Y a qué vamos a ir allí, amo?
—A liberar a la reina —respondió don Quijote—. Porque si el dragón de hierro es el símbolo de la tiranía moderna, la corte es su nido. Y alguien tiene que limpiar ese nido de toda corrupción.
Sancho dejó caer el cubo que llevaba en la mano y se sentó en un banco, con la cabeza entre las manos.
—Señor —murmuró—, ¿por qué no podemos tener una aventura tranquila, de esas en las que no nos metemos en líos con la guardia civil?
Pero don Quijote no lo oyó. Estaba demasiado ocupado planeando su próxima batalla, en un mundo donde los molinos eran gigantes, las ventas eran castillos, y los dragones de hierro eran el último desafío de un caballero que se negaba a aceptar que su tiempo había pasado.
Y así, entre el olor a aceite frito y carbón, entre los pregones de los vendedores y el rumor de la ciudad, don Quijote de la Mancha y su fiel escudero Sancho Panza se preparaban para una nueva aventura, en un Madrid que no sabía si reír o llorar ante tanta locura.
Pero esa, como diría el sabio Cide Hamete Benengeli, es otra historia.
Capítulo 2: De la memorable batalla contra los molinos de hierro y el consejo del bachiller Sansón Carrasco
El sol de la mañana, que ya se elevaba sobre los tejados de Madrid como un huevo frito en el cielo plomizo, encontró a don Quijote de la Mancha encerrado en un cuarto del cuartel de la Guardia Civil, sito en la calle del Barquillo. No era mazmorra de castillo encantado, ni torre de gigante moro, sino una habitación de paredes encaladas con un catre de lona y un orinal de barro, pero el caballero, fiel a su condición, había transformado aquella estancia en el aposento de un alcázar sitiado por fuerzas infernales.
—¡Sancho! —gritó hacia la puerta cerrada—. ¿Has visto cómo huyen los malandrines? ¡Tiemblan ante el poder de mi brazo!
Sancho Panza, que había pasado la noche acurrucado en el umbral de la puerta, frotándose los riñones entumecidos, respondió con voz lastimera:
—Señor, los malandrines eran dos guardias civiles con bigotes de alambre y un sargento que apestaba a vino peleón. Y el brazo de vuestra merced está tan molido que apenas puede sostener la lanza, que, por cierto, quedó hecha astillas contra la caldera de la máquina.
—¡Mientes, Sancho! —replicó don Quijote desde dentro—. Esa máquina era un dragón de la peor ralea, un engendro de las cavernas de Vulcano que los encantadores han traído a estas tierras para sojuzgar al pueblo. Pero yo, don Quijote de la Mancha, he cumplido con mi deber de caballero andante. Ahora solo espero que el rey Arturo me envíe un emisario para congratularme por mi hazaña.
Sancho suspiró y se santiguó. Llevaba toda la noche sin probar bocado, y el estómago le rugía como un león enjaulado. Desde la calle llegaban los olores del chocolate con picatostes que se vendía en una esquina, y el alma se le encogía de nostalgia por su aldea, donde al menos podía llenar la panza con un mendrugo de pan y un trago de vino.
La puerta se abrió con un chirrido de goznes mal engrasados, y un hombre joven, de rostro afilado y mirada vivaz, entró en la habitación. Vestía de negro, como un clérigo, pero llevaba una capa de terciopelo raído que delataba más pretensiones que posibles. Era el bachiller Sansón Carrasco, natural del mismo lugar que don Quijote, aunque en Madrid se había labrado fama de ingenio sutil y lengua viperina.
—¡Oh, mi señor don Quijote! —exclamó Carrasco con una reverencia exagerada—. ¿Qué nuevas me cuentan de vuestra merced? He sabido que habéis dado batalla a un dragón de hierro en la estación del Mediodía, y he venido a rendiros pleitesía.
Don Quijote, que yacía en el catre con la armadura puesta y el yelmo de cartón en la cabeza, se incorporó con esfuerzo y miró al bachiller con ojos brillantes.
—¡Bachiller Sansón Carrasco! —dijo—. ¡Bien venido seáis! ¿Habéis visto cómo he derrotado a la bestia? Los infieles huyeron despavoridos, y la reina Ginebra, que es la reina Isabel, debe estar ya preparando un banquete en mi honor.
Carrasco se sentó en el borde del catre, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Señor, perdonad mi atrevimiento, pero debo deciros que esa bestia no era tal. Era un ferrocarril, una máquina de vapor que los ingleses han inventado para transportar personas y mercancías. No escupe fuego, sino vapor; no esclaviza al pueblo, sino que lo lleva de un lugar a otro con más presteza que una mula.
Don Quijote frunció el ceño y se ajustó el yelmo, que amenazaba con caerse.
—¡Bachiller, bachiller! —dijo con un tono de compasión—. Veo que los encantadores os han nublado el entendimiento. Esa máquina, que llamáis ferrocarril, es un artificio del demonio para destruir la caballería andante. ¿Acaso no sabéis que los gigantes se disfrazan de molinos, y los dragones de calderas de hierro? Así es el mundo, amigo mío, y quien no lo vea está ciego.
Carrasco rió para sus adentros, pero mantuvo el gesto serio.
—Admitamos, señor, que vuestra merced tiene razón. Pero decidme: ¿qué pensáis hacer ahora? La Guardia Civil os tiene preso, y vuestra sobrina y el cura están tramando devolveros a la aldea.
Don Quijote se levantó del catre con dificultad, apoyándose en la pared. La armadura le crujía como un esqueleto de lata.
—No temáis, bachiller. He meditado durante la noche, y he llegado a una conclusión. Este reino de España está gobernado por una reina que, aunque hermosa como un lucero, está rodeada de malos consejeros que han traído estas máquinas infernales. Pero hay un bando, unos caballeros que luchan por la tradición y el honor: los carlistas.
Carrasco levantó una ceja.
—¿Los carlistas, decís?
—Sí, bachiller. He oído hablar de ellos. Defienden la causa de don Carlos, que es un príncipe justo y valiente, y se oponen a estas modernidades que corrompen el alma de los hombres. Por eso, he decidido promover la abdicación de Isabel II y entregar el trono a don Carlos, que será el nuevo rey de España y restaurará la caballería andante.
Carrasco se quedó mirando a don Quijote con una mezcla de asombro y diversión. El caballero hablaba con tal convicción que parecía imposible que estuviera loco.
—Señor —dijo Carrasco, inclinándose—, vuestra merced habla con la sabiduría de un antiguo profeta. Y, ciertamente, los carlistas son caballeros andantes de la más pura cepa. Luchan por la fe, por la tradición, por el honor. Son como los paladines de antaño, que defendían a los débiles y castigaban a los soberbios.
Don Quijote abrió los ojos como platos.
—¿De verdad lo decís? ¿Son caballeros andantes?
—Palabra de honor —dijo Carrasco, conteniendo la risa—. He conocido a algunos. Don Carlos es un rey sin corona, un Arturo que espera su momento. Sus seguidores son como los caballeros de la Tabla Redonda, dispuestos a dar la vida por la justicia.
—¡Entonces no hay tiempo que perder! —exclamó don Quijote—. Debo unirme a ellos. Pero antes, debo escapar de esta prisión.
Sancho, que había escuchado la conversación desde la puerta, entró en la habitación con el gesto preocupado.
—Señor, con perdón, pero los carlistas no son caballeros andantes. Son unos señores con boina y fusil que se pelean con los liberales por ver quién manda. Y don Carlos está en el exilio, en Francia, comiendo croissants mientras los pobres se matan en las montañas.
—¡Calla, Sancho! —dijo don Quijote—. Tú no entiendes de estas cosas. El bachiller, que es hombre sabio, lo ha dicho: los carlistas son caballeros andantes. Y yo, don Quijote de la Mancha, seré su líder.
Carrasco sonrió con malicia.
—Señor, si queréis uniros a ellos, debéis salir de aquí. Tengo un plan. Voy a hablar con el sargento y le diré que sois un pobre loco que no merece la cárcel. Luego, os llevaré a una casa segura donde podréis preparar vuestra empresa.
—¡Excelente, bachiller! —dijo don Quijote—. Sois un verdadero amigo.
Sancho meneó la cabeza, pero no dijo nada. Sabía que su amo no escucharía razones, y que la única manera de protegerlo era seguirle el juego.
Carrasco salió de la habitación y, tras hablar con el sargento, regresó con las llaves. Don Quijote salió del cuartel con la cabeza alta, como un general victorioso, aunque la armadura le colgaba y el yelmo de cartón se le caía a cada paso.
—¿Adónde vamos, bachiller? —preguntó don Quijote.
—A una posada en la calle del Espejo —dijo Carrasco—. Allí podréis descansar y planificar vuestra empresa.
Caminaron por las calles de Madrid, que bullían de actividad. Los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías, los coches de caballos levantaban polvo, y los faroles de gas parpadeaban como ojos soñolientos. Don Quijote miraba todo con desprecio, convencido de que aquella ciudad era un nido de encantadores y traidores.
—Mirad, Sancho —dijo señalando un carruaje—. Ese coche es un carro de hechiceros que transporta almas condenadas.
—Señor —dijo Sancho—, ese coche lleva a unos señores con levita que van a la Bolsa.
—¡Mientes! —dijo don Quijote—. Son demonios disfrazados.
Llegaron a la posada, una casa vieja de tres pisos con un letrero que decía "Posada del Sol". Carrasco habló con el posadero, un hombre gordo y calvo que olía a ajo y a vino, y consiguieron una habitación en el segundo piso.
Don Quijote se sentó en una silla de madera y pidió que le trajeran vino y pan. Sancho, agotado, se dejó caer en un banco y cerró los ojos.
—Bachiller —dijo don Quijote—, decidme más sobre los carlistas. ¿Dónde están? ¿Cuándo podré unirme a ellos?
Carrasco se sentó frente a él y se sirvió un vaso de vino.
—Señor, los carlistas están en las montañas del Norte, en Navarra y en el País Vasco. Allí luchan contra los liberales, que son los que han traído el ferrocarril y otras herejías. Pero para uniros a ellos, debéis tener un plan. No podéis llegar como un caballero andante cualquiera. Debéis demostrar vuestra valía.
—¿Cómo? —preguntó don Quijote.
—Debéis hacer algo que llame la atención de don Carlos. Algo que demuestre que sois un verdadero defensor de la tradición. Por ejemplo, podríais atacar la estación de ferrocarril de nuevo, pero esta vez con más fuerza. O podríais incendiar un periódico liberal.
Don Quijote asintió, pensativo.
—Tenéis razón, bachiller. Pero antes de eso, debo escribir una carta a don Carlos, explicándole mis intenciones. ¿Tenéis papel y pluma?
Carrasco sacó de su bolsillo un cuaderno y una pluma de ave, y se los tendió a don Quijote.
—Escribid, señor. Yo os dictaré las palabras adecuadas.
Don Quijote tomó la pluma y comenzó a escribir, con una caligrafía temblorosa pero apasionada.
—"A don Carlos, rey legítimo de España, salud y honor. Yo, don Quijote de la Mancha, caballero andante, me ofrezco a vos como vasallo y servidor. He visto cómo las máquinas infernales están destruyendo el reino, y he decidido luchar contra ellas. Enviadme vuestras órdenes, y yo las cumpliré."
—Excelente —dijo Carrasco—. Ahora, firmad con vuestro nombre.
Don Quijote firmó con una rúbrica ampulosa, y luego dobló el papel con cuidado.
—¿Cómo haré llegar esta carta? —preguntó.
—Yo me encargaré —dijo Carrasco—. Tengo contactos en la corte de don Carlos.
Sancho abrió un ojo y miró a Carrasco con desconfianza.
—Señor bachiller —dijo—, ¿de verdad conocéis a don Carlos?
Carrasco sonrió.
—Por supuesto, Sancho. Soy un hombre de letras, y los hombres de letras conocen a todo el mundo.
Sancho no dijo nada, pero se prometió a sí mismo que vigilaría a Carrasco de cerca. Algo en la sonrisa del bachiller le parecía falso, como un diente podrido disimulado con oro.
Esa noche, don Quijote durmió profundamente, soñando con batallas y victorias. Pero Sancho no pudo pegar ojo. Se pasó la noche mirando la puerta, esperando que alguien entrara para llevarse a su amo a la cárcel, o peor aún, a la muerte.
Al amanecer, Carrasco llegó con noticias.
—Señor —dijo—, he recibido respuesta de don Carlos. Está encantado con vuestra oferta. Os espera en su campamento, en las montañas de Navarra. Pero debéis ir con cuidado, porque los liberales tienen espías por todas partes.
Don Quijote se levantó de la cama con una energía renovada.
—¡Entonces partamos ahora mismo! —exclamó.
—No tan deprisa, señor —dijo Carrasco—. Primero, debéis equiparos. Necesitáis un caballo, una armadura nueva y provisiones. Yo os conseguiré todo eso.
—¿Y cómo pagaréis? —preguntó Sancho.
—No os preocupéis —dijo Carrasco—. Tengo algunos ahorros, y además, don Carlos me ha prometido que nos recompensará cuando lleguemos.
Sancho frunció el ceño, pero no dijo nada.
Carrasco salió de la posada y regresó una hora después con un caballo flaco y viejo, una armadura oxidada y un saco de pan y queso.
—Esto es todo lo que he podido conseguir —dijo—. Pero servirá.
Don Quijote montó en el caballo con dificultad, y Sancho se colgó el saco al hombro.
—Ahora —dijo Carrasco—, seguidme. Os llevaré por un camino seguro hasta las afueras de Madrid.
Salieron de la posada y caminaron por las calles desiertas del amanecer. El cielo estaba gris, y un viento frío soplaba desde la sierra. Don Quijote iba erguido en su caballo, con la lanza en la mano y el yelmo de cartón en la cabeza, como un fantasma de otra época.
—Decidme, bachiller —dijo don Quijote—, ¿cómo es don Carlos? ¿Es un hombre valiente?
—Más que valiente —dijo Carrasco—. Es un león con corona de rey.
—¿Y sus soldados? ¿Son leales?
—Como perros de caza, señor. Morirían por él sin dudarlo.
Don Quijote sonrió, satisfecho.
—Entonces, estoy en el lugar correcto.
Llegaron a las afueras de Madrid, donde el paisaje se abría en campos de trigo y olivos. Carrasco se detuvo y señaló un camino de tierra que se perdía entre las colinas.
—Por ahí debéis ir —dijo—. Seguid ese camino hasta llegar a un pueblo llamado Guadalajara. Allí preguntad por un hombre llamado Martín, que os llevará a las montañas.
Don Quijote se despidió de Carrasco con un abrazo.
—Gracias, bachiller. Sois un verdadero amigo.
—No hay de qué, señor —dijo Carrasco, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Buena suerte en vuestra empresa.
Don Quijote espoleó al caballo y comenzó a trotar por el camino, seguido de Sancho, que caminaba a pie con el saco al hombro.
—Señor —dijo Sancho—, no me fío de ese bachiller. Tiene cara de zorro.
—Calla, Sancho —dijo don Quijote—. El bachiller es un hombre sabio y leal. No digas mal de él.
—Como vos digáis, señor —murmuró Sancho.
Caminaron durante horas, bajo el sol que se elevaba en el cielo. El paisaje era árido y polvoriento, salpicado de encinas y chaparros. Don Quijote iba cantando una canción de caballeros andantes, mientras Sancho maldecía en voz baja el calor y el hambre.
—Señor —dijo Sancho—, ¿cuánto falta para llegar a Guadalajara?
—No lo sé, Sancho —dijo don Quijote—. Pero no importa. El camino es parte de la aventura.
—Para mí, el camino es parte del cansancio —dijo Sancho.
De repente, don Quijote se detuvo y señaló hacia el horizonte.
—¡Mirad, Sancho! —exclamó—. ¿Veis eso?
Sancho entrecerró los ojos y miró hacia donde señalaba su amo.
—Veo unas colinas, señor.
—¡No, Sancho! Son gigantes. Gigantes que custodian el camino hacia el reino de don Carlos.
Sancho suspiró.
—Señor, esas colinas son colinas. No hay gigantes.
—¡Mientes, Sancho! —dijo don Quijote—. Son gigantes, y debo luchar contra ellos.
Y diciendo esto, espoleó al caballo y se lanzó hacia las colinas, blandiendo la lanza.
—¡Por Dios, señor! —gritó Sancho—. ¡No son gigantes!
Pero don Quijote no le escuchó. Siguió cabalgando, con el yelmo de cartón bamboleándose en su cabeza, hasta que llegó a una colina y comenzó a golpearla con la lanza, gritando:
—¡Rendíos, gigantes! ¡Rendíos o morid!
Sancho se sentó en el suelo, agotado, y se cubrió la cara con las manos.
—Dios mío —murmuró—. ¿Cuándo acabará esto?
Don Quijote siguió golpeando la colina hasta que la lanza se rompió en pedazos. Luego, se bajó del caballo y se sentó en el suelo, jadeando.
—Sancho —dijo—, los gigantes han huido. Pero volverán. Siempre vuelven.
Sancho se levantó y se acercó a su amo.
—Señor —dijo—, descansemos un rato. Luego seguiremos camino.
Don Quijote asintió, y se tumbó en el suelo, con la armadura puesta. En pocos minutos, estaba roncando.
Sancho se sentó a su lado y miró el cielo. Las nubes se movían lentamente, como barcos en un mar de aire. Pensó en su aldea, en su mujer, en sus hijos. Y se preguntó si algún día volvería a verlos.
—Señor —dijo en voz baja—, sois un loco. Pero sois mi loco. Y no os dejaré solo.
Y así, bajo el sol implacable de la meseta castellana, don Quijote y Sancho continuaron su camino hacia lo desconocido, mientras el bachiller Sansón Carrasco, en Madrid, se reía a carcajadas con sus amigos en una taberna, contándoles cómo había engañado al caballero de la triste figura.
—¡Le he dicho que los carlistas son caballeros andantes! —decía Carrasco, entre risas—. Y se lo ha creído. Ahora está perdido en el campo, buscando a don Carlos.
—¿Y qué hará cuando descubra la verdad? —preguntó uno de los amigos.
—Nunca la descubrirá —dijo Carrasco—. Porque su locura es más fuerte que la realidad.
Y todos rieron, brindando con vino barato por la estupidez humana.
Pero en el camino, bajo el sol, don Quijote seguía soñando con gigantes y dragones, con reinos y princesas, con un mundo donde el honor y la justicia aún tenían sentido. Y aunque el mundo se reía de él, él seguía adelante, porque en su corazón ardía la llama de un ideal que ningún encantador podría apagar.
Capítulo 3: Donde se refiere la profecía de la cueva de Montesinos y el encuentro con un periodista
La mañana del tercer día de su estancia en Madrid, don Quijote despertó con la certeza de que un designio superior le llamaba. No había sido sueño, sino revelación: en la oscuridad de su habitación en la Posada del Sol, una voz sin cuerpo le había susurrado el nombre de un lugar sagrado donde los antiguos caballeros habían recibido el mandato de sus empresas más gloriosas.
—Sancho, hermano de mis fatigas —dijo mientras se calzaba las botas de cuero agrietado—, esta noche he sabido que existe en los términos de esta villa una cueva que los moradores llaman de Montesinos, donde el famoso caballero del mismo nombre pasó largos años encantado por Merlín. Allí debo encaminar mis pasos, pues presiento que el hado me aguarda para revelarme el camino que debo seguir.
Sancho, que aún restregaba el sueño de sus ojos mientras mordisqueaba un mendrugo de pan, suspiró con la resignación de quien conoce la inutilidad de la resistencia.
—¿Otra cueva, señor? ¿No le bastó aquella de la Mancha donde pasamos tres días esperando que saliese el encantamiento y solo encontramos un pastor con sus cabras? Mire que en Madrid hay cosas más entretenidas: esta tarde dan un sainete en el Teatro del Príncipe, y he oído decir que sirven chocolate con picatostes en la calle de la Montera.
—No hay sainete ni chocolate que valgan cuando el destino llama —respondió don Quijote, ajustándose la bacia de barbero que llevaba por yelmo—. Prepara el asno, que la jornada será larga.
Salieron de la posada cuando el sol comenzaba a teñir de ocre las fachadas de Lavapiés. Las calles hervían ya con el bullicio de los vendedores: el aguador pregonaba su mercancía, la lechera ofrecía su cántaro, y un ciego recitaba romances de ciegos con voz gangosa. Don Quijote caminaba erguido, saludando con la mano a los transeúntes como si fuera un general pasando revista a sus tropas.
—Mirad, Sancho —dijo señalando un carro de carbón tirado por dos mulas flacas—, ved cómo esos nobles brutos soportan con paciencia su cautiverio. Así nosotros, que llevamos sobre nuestros lomos el peso de enderezar entuertos y desfacer agravios.
—Más peso lleva el asno, señor, que usted le ha cargado con la armadura y los libros.
Tras preguntar a varios viandantes —y recibir respuestas que iban desde el encogimiento de hombros hasta la oferta de comprarle la espada—, dieron con un viejo que conocía la situación de la cueva.
—Allá, pasado el camino de Vallecas —dijo el anciano, señalando con un dedo tembloroso—, hay un hoyo en la tierra que los pastores llaman la Cueva del Moro. Dicen que antiguamente los alquimistas buscaban allí la piedra filosofal, y que algunas noches se oyen lamentos. Pero yo, si va usted a meterse ahí, le recomiendo llevar una buena soga y mucha paciencia.
—La paciencia es virtud de los fuertes —sentenció don Quijote—, y la soga la llevamos en la voluntad de Dios. Guiadnos, buen hombre, que vuestra recompensa será contada en los anales de la caballería.
El viejo se encogió de hombros y les indicó el camino. Media hora después, don Quijote y Sancho se hallaban ante una abertura en la tierra, oculta entre matorrales de tomillo y retama. La cueva era un agujero oscuro que parecía tragar la luz del día, con bordes de piedra caliza desgastados por el tiempo y el agua.
—Aquí es —dijo don Quijote, dejando caer el hatillo que llevaba al hombro—. Siento en mis huesos el influjo de los encantamientos. Sancho, prepara las cuerdas que hemos traído, y atadme bien. Descenderé a las entrañas de la tierra para recibir el mensaje que el cielo me tiene reservado.
—Señor, ¿y si no hay mensaje? ¿Y si solo hay ratas y humedad?
—Entonces habré cumplido con mi deber, que es más de lo que muchos pueden decir. Anda, no me hagas esperar.
Sancho, con más miedo que convicción, ató una cuerda gruesa a la cintura de su amo, y la otra punta la aseguró a una estaca que clavó en la tierra con todas sus fuerzas. Don Quijote se santiguó, murmuró una oración que mezclaba latín eclesiástico con frases de los libros de caballerías, y comenzó a descender.
La cueva se abría en un pozo vertical de unas quince varas. Don Quijote bajaba despacio, apoyando los pies en las irregularidades de la pared, mientras Sancho, desde arriba, iba soltando cuerda y rezando entre dientes.
—¿Cómo va, señor? —gritó Sancho, cuya voz resonaba en la cavidad.
—¡Bien voy! —respondió don Quijote, aunque en realidad sus manos ya sangraban por el roce de la cuerda y sus ojos apenas distinguían nada en la penumbra—. La oscuridad es espesa como miel, pero siento que me acerco al centro del misterio.
A los pocos minutos, sus pies tocaron suelo firme. Don Quijote se irguió y palmeó la pared para orientarse. La cueva se ensanchaba en una cámara de techos bajos donde el aire olía a tierra húmeda y a algo más, algo antiguo y metálico, como el olor de una espada que ha esperado siglos en su vaina.
—¡Señor! ¿Está usted bien? —la voz de Sancho llegaba amortiguada.
—¡Estoy en el reino de los encantados! —gritó don Quijote—. No me molestes, que debo concentrarme para recibir la visión.
Y entonces, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, don Quijote comenzó a ver. No con los ojos del cuerpo, sino con los del alma, como él mismo diría después. Las paredes de la cueva se iluminaron con una luz pálida, y en el centro de la cámara apareció una figura: un anciano de barba blanca que vestía una armadura antigua, con el peto adornado por un castillo de cinco torres.
—Don Quijote de la Mancha —dijo la figura con voz que parecía venir de muy lejos—, yo soy Montesinos, el caballero que yace encantado en esta cueva desde los tiempos del rey Rodrigo. He sabido de tus andanzas por la voz de los vientos, y he pedido a Merlín que te trajera hasta aquí para revelarte tu verdadera misión.
Don Quijote cayó de rodillas, con los ojos llenos de lágrimas.
—Habla, señor Montesinos, que tu siervo escucha.
—Escucha bien, pues poco tiempo tengo. La monarquía española está en peligro. Una reina extranjera —pues Isabel II es extranjera en su propio reino, hija de una dinastía que traicionó la sangre de los Austrias— ha entregado el país a los demonios del progreso. El ferrocarril, ese dragón de hierro que escupe fuego y carbón, es la bestia que devora las almas de los pobres. Los periódicos, que todo lo mienten, son las serpientes que envenenan la verdad.
—¿Qué debo hacer? —preguntó don Quijote, tembloroso.
—Debes restaurar la monarquía verdadera. No la de Isabel, que se sienta en un trono comprado con sangre liberal, sino la de don Carlos, el legítimo heredero de la tradición. Ve a Navarra, únete a sus fuerzas, y lucha por devolver a España su esencia. Pero antes, debes predicar la verdad en esta Babilonia moderna. Habla, don Quijote, habla sin miedo. Que tu voz sea la espada que corte las mentiras del siglo.
—¿Y cómo hablaré si nadie me escucha?
—Te escucharán. He preparado el camino. Al salir de esta cueva, encontrarás a un escribidor de mentiras, un periodista que busca noticias para su periódico. Háblale. Dile todo lo que has visto. Sus palabras llegarán a los cuatro vientos, y aunque se rían de ti, la semilla quedará plantada.
La figura comenzó a desvanecerse, y la luz se apagó lentamente.
—Espera, señor Montesinos —suplicó don Quijote—, aún tengo preguntas...
Pero la oscuridad volvió a ser completa, y solo quedó el eco de sus propias palabras rebotando en las paredes de la cueva.
—¡Señor! ¡Señor! ¿Está usted bien? —la voz de Sancho llegaba cada vez más angustiada—. ¡Lleva usted más de una hora ahí abajo! ¡Ya van dos cuerdas que he tenido que anudar!
Don Quijote se levantó, tambaleándose. Su corazón latía con fuerza, y en su mente resonaban las palabras del fantasma. Tiró de la cuerda tres veces, la señal convenida, y comenzó el ascenso.
Cuando salió a la luz del día, Sancho lo encontró transfigurado. Tenía los ojos brillantes, las manos ensangrentadas, y una sonrisa de éxtasis en el rostro.
—Sancho, Sancho —dijo abrazando a su escudero—, he visto al caballero Montesinos. Me ha hablado. Me ha revelado mi destino.
—¿Y qué le ha dicho, señor? —preguntó Sancho, que ya empezaba a acostumbrarse a estas cosas.
—Que debo restaurar la monarquía verdadera. Que el ferrocarril es un dragón. Que la reina debe abdicar.
—Vaya, vaya —dijo Sancho, rascándose la cabeza—. Pues mire usted por dónde, aquí hay un señor que pregunta por nosotros.
Don Quijote se volvió y vio a un hombre joven, vestido con un chaquetón de paño oscuro y un sombrero de copa algo ajado. Llevaba una libreta en la mano y un lápiz detrás de la oreja. Su cara era afilada, con unos ojos pequeños y vivos que todo lo escudriñaban.
—Don Quijote de la Mancha —dijo el hombre con una sonrisa que quería ser amable pero que resultaba más bien sardónica—, soy Felipe de la Torre, redactor del Eco Liberal. He oído decir que usted anda por Madrid haciendo de las suyas, y he pensado que sería interesante entrevistarle. ¿Me concede unos minutos?
Don Quijote se irguió, ajustó su yelmo de cartón y bacia, y asumió una pose de dignidad ofendida.
—Bienvenido seáis, escribidor de mentiras —dijo con solemnidad—. Pues aunque vuestro oficio sea el de propagar la falsedad, yo os hablaré con la verdad que me ha sido revelada en las profundidades de la tierra.
El periodista levantó una ceja y comenzó a escribir.
—¿Qué le ha sido revelado, exactamente?
—He descendido a la cueva de Montesinos, donde yacen encantados los caballeros de antaño. Allí se me ha aparecido el propio Montesinos, y me ha dicho que el ferrocarril es un instrumento del diablo, que la reina Isabel II es una usurpadora, y que España solo encontrará su salvación en la restauración de la monarquía legítima, la de don Carlos.
Felipe de la Torre escribía frenéticamente, sin levantar la cabeza.
—¿Y qué opina usted del progreso? Del ferrocarril, del telégrafo, de la imprenta moderna...
—¡El progreso es la máscara del demonio! —exclamó don Quijote, levantando el brazo—. Esas máquinas de hierro que cruzan los campos no son sino dragones que devoran el alma de los campesinos. Los periódicos, como el que vos representáis, son serpientes que envenenan la verdad con sus letras. La verdadera caballería, la de la espada y el honor, está siendo aplastada por la rueda del molino de la modernidad.
—Interesante perspectiva —dijo el periodista, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Y qué propone usted hacer al respecto?
—Unirme a las fuerzas de don Carlos en Navarra. Luchar por la restauración de la monarquía verdadera. Liberar a los pobres de la esclavitud del progreso.
—¿Y cree usted que tendrá éxito?
—El éxito no importa. Lo que importa es la voluntad. Prefiero morir como caballero que vivir como esclavo de la modernidad.
El periodista cerró su libreta con un chasquido.
—Muchas gracias, don Quijote. Creo que tengo suficiente para un buen artículo.
—Decid la verdad, escribidor —dijo don Quijote, poniendo una mano en el hombro del joven—. Aunque se rían de mí, aunque me llamen loco, decid la verdad.
—Descuide, señor —respondió el periodista, y se alejó calle abajo, riéndose por lo bajo.
Sancho, que había observado la escena en silencio, se acercó a su amo.
—Señor, no me fío de ese hombre. Tiene cara de víbora.
—Todos los periodistas tienen cara de víbora, Sancho. Pero hasta las víboras pueden servir al plan de Dios si se las sabe manejar.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora, volvemos a la posada. Necesito preparar mi partida hacia Navarra. Pero antes, quiero ver la reacción de la corte. Quiero ver cómo mis palabras siembran el caos en el nido de víboras de la modernidad.
—Como usted mande, señor. Pero, ¿y si no siembran nada? ¿Y si solo se ríen de nosotros?
—Entonces habremos cumplido con nuestro deber, Sancho. Y el deber, aunque ridículo, sigue siendo deber.
Al día siguiente, el Eco Liberal publicó en su portada un artículo titulado: "El caballero de la triste figura ataca al progreso: entrevista con el famoso loco de la Mancha". El artículo relataba con lujo de detalle la entrevista, adornándola con comentarios sarcásticos y descripciones grotescas de don Quijote y su escudero.
—"El supuesto caballero andante —escribía Felipe de la Torre—, que confunde una bacia de barbero con un yelmo y una posada con un castillo, ha tenido a bien revelarnos que el ferrocarril es un instrumento del demonio y que su majestad la reina debe abdicar en favor de don Carlos. No sabemos si reír o llorar ante semejante despropósito. Lo único cierto es que este pobre hombre, víctima de su imaginación y de los libros de caballerías, es un síntoma más de la enfermedad que aqueja a nuestra patria: el exceso de fantasía y la falta de realismo."
El artículo provocó risas en la corte. En el Palacio Real, los cortesanos lo leían en voz alta durante el desayuno, imitando la voz de don Quijote y celebrando sus ocurrencias con carcajadas. La propia reina Isabel II, según contaron después, pidió que le leyeran el artículo dos veces, y comentó:
—Este hombre es un personaje. Deberían traerlo a palacio para divertirnos un rato.
Pero no todos reían. En las tabernas de Lavapiés, algunos obreros leían el artículo con el ceño fruncido. Un herrero, analfabeto, pidió que se lo leyeran, y al escuchar las palabras de don Quijote sobre el ferrocarril y los pobres, asintió lentamente.
—Puede que esté loco —dijo—, pero en lo del ferrocarril no le falta razón. Desde que llegó el tren, los salarios han bajado y las horas han subido.
—No le hagas caso —respondió el tabernero—, es un pobre loco que cree que los molinos son gigantes.
—Los locos a veces dicen verdades —insistió el herrero—. Y esta verdad, aunque dicha por un loco, duele.
En la Posada del Sol, don Quijote leía el artículo con Sancho, que había aprendido a leer a duras penas durante sus años de aventuras.
—Se burlan de nosotros, señor —dijo Sancho, apesadumbrado.
—Claro que se burlan, Sancho. Siempre se burlan de la verdad. Pero la verdad, aunque la entierren, sigue siendo verdad. Y estas risas, estas carcajadas que ahora llenan la corte, se convertirán en lamentos cuando el dragón de hierro devore sus palacios y sus tronos.
Don Quijote dobló el periódico con cuidado y lo guardó en su faltriquera.
—Guarda esto, Sancho. Cuando se escriba la historia de nuestras aventuras, este artículo será una prueba de que dijimos la verdad antes de que el mundo estuviera preparado para escucharla.
—¿Y ahora qué, señor?
—Ahora, prepara las cabalgaduras. Mañana, al amanecer, partiremos hacia Navarra. La guerra nos espera, Sancho. Y aunque el mundo se ría, aunque la corte nos tome por bufones, nosotros seguiremos adelante. Porque esa es la obligación del caballero andante: seguir adelante, aunque todos se rían.
Sancho suspiró y fue a preparar el asno.
—Siempre adelante —murmuró para sí—. Siempre adelante, aunque el asno se canse y el cuerpo duela. Así es la vida con un loco.
Esa noche, mientras Madrid reía con el artículo del Eco Liberal, don Quijote se arrodilló junto a su cama y rezó. No rezó a Dios, sino a Dulcinea, a quien consideraba su señora y su guía.
—Señora de mis pensamientos —dijo en voz baja—, dadme fuerzas para la batalla que se avecina. Haced que mi brazo no flaquee y que mi corazón no desfallezca. Porque aunque el mundo se ría, yo sé que vos, desde vuestra lejanía, comprendéis la verdad de mi empresa.
Y al decirlo, le pareció oír una risa lejana, no de burla, sino de ternura, como si desde el Toboso, Aldonza Lorenzo, la verdadera Dulcinea, se riera de las ocurrencias de su enamorado, pero con el cariño de quien sabe que, en el fondo, aquel loco tenía razón.
Al amanecer, don Quijote y Sancho partieron de Madrid. Las calles aún estaban vacías, y solo algún barrendero los vio pasar, extrañado ante la figura del caballero que cabalgaba en su jamelgo, la lanza en ristre, mirando al horizonte como si viera algo que nadie más podía ver.
—¿Adónde vamos, señor? —preguntó Sancho, aún somnoliento.
—A Navarra, Sancho. A la guerra.
—¿Y qué haremos allí?
—Lo que siempre hacemos. Luchar por la justicia. Defender a los débiles. Restaurar la monarquía verdadera.
—¿Y si perdemos?
—Entonces habremos perdido. Pero habremos luchado. Y eso, Sancho, es más de lo que puede decir la mayoría de los hombres.
Sancho asintió, aunque no entendía del todo. Y así, entre el ruido de los cascos sobre el empedrado y el olor a pan recién horneado que salía de las tahonas, los dos caballeros —uno de la Mancha, otro de la lealtad sencilla— se perdieron en el camino que llevaba hacia el norte, hacia la guerra, hacia el destino que les había sido revelado en las profundidades de una cueva donde los sueños y la locura se confundían con la verdad.
Capítulo 4: De cómo Sancho Panza gobernó una taberna que creyó su ínsula
La mañana del tercer día después de su salida de la cueva de Montesinos, don Quijote despertó con la certeza de que el cielo le había señalado un nuevo camino. No era ya el de Navarra, que aún aguardaba, sino otro más inmediato y necesario: debía preparar a su escudero para el gobierno que le había prometido, pues sin un gobernante justo no podría asentarse la nueva monarquía carlista que soñaba restaurar.
—Sancho, amigo mío —dijo mientras se ajustaba el yelmo de cartón, ya remendado con alambres y trapos—, ha llegado la hora de que recibas el premio a tu lealtad. Esta misma tarde te entregaré el gobierno de tu ínsula.
Sancho, que estaba desayunando un mendrugo de pan duro mojado en aceite, levantó la cabeza con los ojos como platos.
—¿Mi ínsula, señor? ¿Aquella que me prometió? ¿La de los vestidos de holanda y las cucharas de plata?
—La misma —respondió don Quijote con solemnidad—. He visto en mis visiones que se alza en este barrio de Lavapiés, disfrazada de taberna para burlar a los enemigos del bien. Pero no te dejes engañar por las apariencias, Sancho: bajo ese techo humilde late el corazón de un reino.
Sancho dejó el pan y se persignó tres veces.
—¿Una taberna, señor? ¿Está seguro? Porque yo he visto muchas tabernas en mi vida, y todas olían a vino agrio y a tabaco de hoja, no a canela y a ámbar como dicen los libros de caballerías.
—Precisamente por eso, Sancho. Los sabios encantadores que protegen nuestra causa han velado su verdadera naturaleza bajo la apariencia más vulgar. ¿Acaso no recuerdas cómo Merlín ocultó el castillo de Branfuela bajo un montón de estiércol? Pues así, mi fiel escudero, la ínsula de Barataria se esconde hoy tras el mostrador de la taberna de Roque, en la calle del Oso.
Y dicho esto, don Quijote tomó su lanza, se caló el yelmo y salió a la calle con paso firme, seguido de un Sancho que aún masticaba el último bocado de pan mientras se ajustaba la panza al jubón.
La taberna de Roque era, como todas las de Lavapiés, un antro oscuro donde el humo de los cigarros formaba nubes pardas bajo el techo de vigas carcomidas. Olía a vino peleón, a sudor de jornada y a fritanga rancia. En una esquina, tres hombres jugaban a los naipes sobre un barril; en otra, dos mujeres de semblante duro discutían a gritos el precio de no se sabía qué mercancía; y junto al fuego, un viejo dormitaba con la boca abierta y una bota de vino colgando de la mano como un péndulo.
Roque, el tabernero, era un hombre de bigote grasiento y mandil manchado que recibía a los clientes con el ceño fruncido y la mano siempre cerca del cuchillo que llevaba al cinto.
Don Quijote irrumpió en la taberna como un vendaval. Levantó la lanza —que golpeó una viga y desprendió una nube de polvo— y declaró con voz de trueno:
—¡Sabed todos, nobles vasallos de esta ínsula, que vuestro gobernador ha llegado! ¡Saludad a Sancho Panza, primer señor de Barataria, cuyo gobierno será ejemplo de justicia y rectitud para todos los reinos de la cristiandad!
Los parroquianos dejaron de jugar, de discutir y de dormitar. Miraron al caballero enjuto y a su escudero barrigón con una mezcla de asombro y burla contenida.
—¿Gobernador? —dijo Roque, limpiándose las manos en el mandil—. ¿Gobernador de qué, si puede saberse?
—De esta ínsula, buen hombre —respondió don Quijote sin inmutarse—. Que aunque tus ojos mortales vean solo una taberna, los míos, iluminados por la gracia de la caballería, contemplan un palacio de justicia con salones de mármol y fuentes de plata.
Roque se volvió hacia los parroquianos y se llevó un dedo a la sien, haciéndolo girar.
—Está como un cencerro —murmuró uno de los jugadores.
Pero otro, más avispado, dijo en voz baja:
—Déjalo, Roque. Si quiere pagar, que se siente. Y si su escudero quiere hacer de gobernador, pues que gobierne. Total, la diversión no se paga con moneda.
Así fue como Sancho Panza, sin más ceremonia que un empujón de su amo, se encontró sentado en una silla de tres patas detrás del mostrador de la taberna, con una vara de medir que don Quijote le había puesto en la mano como cetro y una bota de vino que Roque le colocó al lado como si fuera el sello del reino.
—Gobierna con justicia, Sancho —dijo don Quijote, colocándole las manos sobre los hombros—. Recuerda que el buen gobernante debe ser padre de sus súbditos, no tirano. Y sobre todo, no olvides de dónde vienes, para no olvidar adónde vas.
—No se preocupe vuestra merced —respondió Sancho, más serio que un obispo en Viernes Santo—. Que yo sé bien lo que es tener hambre, y no seré yo quien se la quite a otro.
La primera hora de gobierno transcurrió en paz. Sancho, con la vara en la mano y los ojos entornados, observaba a los parroquianos como un halcón observa a sus presas. De vez en cuando, Roque le llenaba la bota de vino, y Sancho bebía con la dignidad de un rey que catara su néctar favorito.
Pero pronto llegaron los pleitos.
El primero fue el de dos mujeres que entraron en la taberna tirándose de los pelos y profiriendo insultos que harían sonrojar a un carretero.
—¡Justicia, señor gobernador! —gritó una, más joven y desgarbada, con el vestido rasgado—. ¡Esta ladrona me ha robado mi pañuelo de seda!
—¡Mientes como una bellaca! —respondió la otra, más entrada en carnes y con un ojo morado—. ¡El pañuelo era mío, y ella me lo quitó mientras dormía!
Sancho se ajustó en la silla, carraspeó y dijo con toda la autoridad que pudo reunir:
—A ver, a ver. Decidme, ¿dónde está ese pañuelo?
Las dos mujeres se miraron, y al unísono señalaron hacia el suelo, donde efectivamente yacía un pañuelo de seda color carmesí, pisoteado y manchado de barro.
Sancho se levantó, recogió el pañuelo con dos dedos —como quien recoge algo inmundo— y lo examinó con atención. Luego, volviéndose hacia las mujeres, dijo:
—Señoras mías, este pañuelo no es de ninguna de las dos.
—¿Cómo que no? —exclamaron ambas a la vez.
—Porque si fuera de una, la otra no lo reclamaría; y si fuera de la otra, la una no lo reclamaría. Luego, siendo que ambas lo reclaman, o es de las dos, que es imposible, o no es de ninguna, que es lo más probable. Por tanto, yo, como gobernador, decreto que el pañuelo sea vendido al mejor postor y el dinero se reparta entre los pobres del barrio. Y para que aprendáis a no pelear por lo que no os pertenece, os condeno a fregar los platos de esta taberna durante una semana.
Las mujeres se quedaron mudas. Los parroquianos soltaron una carcajada.
—¡Bien gobernado! —gritó uno.
—¡Viva el gobernador Sancho! —coreó otro.
Y Sancho, sonrojado de orgullo, se sentó de nuevo en su silla y dio un buen trago de vino.
El segundo pleito fue más complejo. Un hombre entró en la taberna arrastrando a un muchacho flaco y harapiento, que lloraba desconsoladamente.
—¡Señor gobernador! —gritó el hombre, que vestía chaleco de paño y bigote enhiesto—. ¡Este granuja me ha robado una gallina! La encontré escondida bajo su chaqueta, y cuando le pedí explicaciones, me llamó ladrón a mí, que soy un honrado ciudadano.
Sancho miró al muchacho, que no tendría más de doce años, y vio en sus ojos el hambre que él mismo había conocido en su juventud.
—¿Es cierto, muchacho? —preguntó con voz más suave.
El niño tragó saliva y dijo, entre sollozos:
—Sí, señor gobernador. Me la robé. Pero es que mi madre está enferma, y no tenemos qué comer desde hace tres días. La gallina era para hacerle un caldo.
Un murmullo recorrió la taberna. Algunos parroquianos, que hasta entonces se habían reído, bajaron la mirada.
El hombre del bigote enhiesto dio un paso al frente:
—¡Eso no es excusa! ¡La propiedad es la propiedad! ¡Si todos robaran porque tienen hambre, esto sería una anarquía!
Sancho se quedó pensativo. Miró al muchacho, miró al hombre, miró a su alrededor y vio las caras de los pobres que llenaban la taberna. Luego, con una lentitud que parecía deliberada, se levantó, fue hasta la bodega y volvió con una gallina viva, que había comprado Roque esa misma mañana para el puchero del domingo.
—Tome usted, buen hombre —dijo, entregándole la gallina al denunciante—. Esta gallina es de mi propiedad, que yo la he pagado con el dinero que mi amo me ha dado para mis gastos. Con ella le pago la que le robó este muchacho. Y al muchacho —añadió, volviéndose hacia el niño—, le condeno a ayudarle a usted en lo que necesite durante un mes, para que aprenda a no tomar lo ajeno. Pero también le condeno a que lleve la mitad de su jornal a su madre, para que no pase hambre.
El hombre del bigote se quedó con la gallina en las manos, sin saber qué decir. El muchacho dejó de llorar y miró a Sancho con los ojos abiertos como platos.
—¿Y si no tengo jornal? —preguntó el niño en voz baja.
—Entonces —dijo Sancho, sonriendo—, te condeno a que vengas cada día a esta taberna, que yo te daré de comer. Porque un gobernador que deja pasar hambre a sus súbditos no merece ser gobernador.
La taberna estalló en aplausos. Hasta Roque, que hasta entonces había mirado todo con escepticismo, asintió con la cabeza y llenó la bota de Sancho sin que este se lo pidiera.
Pero no todo era gloria en el gobierno de Sancho. Mientras él administraba justicia tras el mostrador, don Quijote había salido a la calle y, subido a un barril vacío frente a la taberna, comenzó a arengar a los transeúntes.
—¡Vecinos de Lavapiés! —gritaba con voz tonante—. ¡Hijos del pueblo oprimido! ¡Escuchadme, que vengo a traeros la luz de la verdad!
Los transeúntes, que al principio se detenían por curiosidad, pronto empezaron a formar un corro alrededor del caballero. Unos se reían, otros fruncían el ceño, pero todos escuchaban.
—Mirad a vuestro alrededor —proseguía don Quijote, señalando con la lanza los edificios y las calles—. ¿Qué veis? Veo humo, veo hollín, veo chimeneas que escupen negro veneno. Veo hierro, veo máquinas, veo un monstruo de hierro que devora la tierra y escupe fuego. Eso, amigos míos, es el progreso. Y el progreso, os lo digo yo, es una mentira de los poderosos para esclavizaros.
Un hombre con mandil de herrero, los brazos manchados de carbón, levantó la voz:
—¡El progreso me da de comer, señor mío! Sin la fábrica de gas, mis hijos no tendrían pan.
—¡Pan envenenado! —respondió don Quijote—. ¿Acaso no veis que ese pan está amasado con la sangre de vuestro trabajo? Antes, cuando reinaban los caballeros, el hombre vivía de la tierra, respiraba aire puro y no conocía la esclavitud del reloj. Ahora, el reloj os marca la hora de comer, la hora de trabajar, la hora de morir. ¿Y todo para qué? Para que unos pocos se llenen los bolsillos mientras vosotros os vaciáis el alma.
Un murmullo de aprobación recorrió la multitud. Entre los presentes había muchos descontentos: jornaleros sin trabajo, artesanos arruinados por las nuevas fábricas, mujeres que habían perdido a sus maridos en accidentes de obra.
—¿Y qué proponéis, señor caballero? —preguntó una mujer con un niño en brazos.
—¡Propongo que volvamos a la edad de oro! —exclamó don Quijote, abriendo los brazos—. Propongo que derribemos esas máquinas que nos roban el trabajo, que cerremos esas fábricas que nos roban la salud, que quememos esos ferrocarriles que nos roban el alma. ¡Propongo que restauréis la monarquía de don Carlos, que es la única que puede devolveros la dignidad perdida!
—¡Viva don Carlos! —gritó alguien entre la multitud.
—¡Viva! —corearon otros, aunque no todos sabían bien quién era don Carlos ni qué pretendía.
Don Quijote, viendo el fervor que había despertado, alzó la lanza hacia el cielo y declaró:
—¡Mañana, al amanecer, partiremos hacia la estación de Atocha! ¡Y allí, ante el dragón de hierro, demostraremos al mundo que el valor de un caballero puede más que todas las máquinas del progreso!
La multitud rugió. Algunos, los más exaltados, levantaron los puños. Otros, los más prudentes, se retiraron discretamente. Pero todos, en el fondo, sintieron que algo había cambiado en el aire de Lavapiés.
Dentro de la taberna, Sancho había gobernado ya media docena de pleitos con una mezcla de sentido común y picardía que le había granjeado la simpatía de los parroquianos. Había resuelto una disputa sobre un asno prestado, había condenado a un fullero a devolver el dinero ganado con trampas, y había sentenciado que un marido celoso debía comprarle un vestido nuevo a su mujer por haberla acusado injustamente.
Pero la fama del gobernador llegó a oídos de un personaje que no estaba dispuesto a tolerar que un escudero barrigón se hiciera pasar por autoridad en su territorio. Era un tal Jerónimo de la Cueva, escribano del juzgado del distrito, hombre de pluma afilada y peor carácter, que entró en la taberna precedido por el olor a tinta y a papel mojado.
—¿Quién es aquí el que se hace llamar gobernador? —preguntó, ajustándose las gafas de alambre.
Sancho, que estaba en ese momento degustando un plato de callos que Roque le había preparado como homenaje, levantó la cabeza y dijo:
—Yo soy, para servir a Dios y a la justicia.
El escribano soltó una risita seca.
—¿Y con qué autoridad gobierna usted, buen hombre? ¿Acaso tiene un nombramiento del rey? ¿Una cédula del Consejo de Castilla? ¿Un permiso municipal, siquiera?
Sancho se quedó pensativo. Luego, con una sonrisa que le iluminó la cara, respondió:
—Mi autoridad me la ha dado mi amo, don Quijote de la Mancha, que es el caballero más valiente y más justo que ha pisado la tierra. Y si eso no le parece suficiente, sepa usted que mi autoridad me la ha dado el pueblo, que es quien de verdad manda. Porque, como dice mi amo, la justicia no viene de los papeles, sino del corazón.
El escribano abrió la boca para replicar, pero en ese momento la puerta de la taberna se abrió de golpe y entró don Quijote, seguido de una multitud que coreaba su nombre.
—¡Sancho! —exclamó, con los ojos brillantes de emoción—. ¡Prepárate! ¡Mañana atacamos el dragón de hierro! ¡El pueblo está con nosotros!
Y dicho esto, se volvió hacia el escribano, lo miró de arriba abajo y dijo:
—Y usted, señor mío, si no está con el pueblo, más le vale estar en su casa. Porque mañana, cuando el dragón caiga, no habrá papel sellado que lo salve.
El escribano palideció, recogió sus papeles y salió de la taberna con paso apresurado, mientras los parroquianos reían a carcajadas.
Sancho, por su parte, se levantó de la silla, se ajustó la panza y dijo:
—Señor, no sé si lo del dragón es buena idea. Yo he visto esa máquina, y es grande, muy grande. Y echa mucho humo.
—¡No temas, Sancho! —respondió don Quijote, poniéndole la mano en el hombro—. ¿Acaso no has gobernado hoy con justicia? Pues mañana lucharemos con valor. Y si caemos, caeremos como caballeros. Pero si vencemos, Sancho, si vencemos... entonces el mundo sabrá que aún quedan hombres dispuestos a luchar por lo que es justo.
Sancho suspiró, miró su plato de callos —aún humeante—, y dijo:
—Pues si hemos de luchar mañana, permítame vuestra merced que termine estos callos. Que un gobernador con hambre no puede luchar bien, y un caballero con el estómago vacío tampoco.
Don Quijote sonrió, y por un instante, en la penumbra de la taberna, pareció que la locura y la cordura se daban la mano.
Afuera, la noche caía sobre Lavapiés. Y en las calles, el rumor de la revuelta crecía como una marea que nadie podía detener.
Capítulo 5: Donde se cuenta la embajada a la reina Isabel II y el revés de la guardia real
La mañana del jueves amaneció sobre Madrid como un lienzo sucio que alguien hubiera lavado a medias. El cielo, de un gris plomizo, amenazaba lluvia desde el este, donde las nubes se arremolinaban sobre las torres de la iglesia de San Sebastián. En la taberna de Roque, sin embargo, el sol de la determinación brillaba en los ojos de don Quijote, que se había levantado antes que los gallos para preparar la más insigne de sus empresas: la embajada a la reina Isabel II.
—Sancho, amigo mío —dijo mientras se ajustaba el yelmo de cartón, que había reforzado con una cazuela de cobre robada la noche anterior de la cocina de Roque—, hoy es el día en que la justicia caballeresca se sentará en el trono de España. Prepárate, que partiremos hacia el Palacio Real apenas el reloj de la Puerta del Sol dé las ocho.
Sancho, que aún restregaba el sueño de los ojos con el dorso de la mano, suspiró con la resignación de quien sabe que discutir con su amo es como querer vaciar el mar con un cubo.
—Señor, ¿y no sería mejor que mandásemos una carta con algún recadero? Mirad que esos guardias del palacio no son como los molinos, que no se defienden. Estos llevan sables de verdad y bigotes que parecen alacranes.
—¡Cobardía, Sancho, cobardía! —exclamó don Quijote, alzando el brazo con la lanza—. La verdad no necesita intermediarios cuando el caballero que la defiende está presente. ¿Acaso crees que el Cid mandó cartas al rey Alfonso cuando le pidió el perdón? No, Sancho, se presentó ante él con la frente en alto y la barba bien peinada.
—Bien, bien —murmuró Sancho, mientras se ponía el sombrero—. Pero al Cid no le pegaban con porras antes de desayunar.
Salieron de la taberna cuando las primeras luces empezaban a dorar las fachadas de ladrillo. Lavapiés despertaba lentamente: un aguador llenaba sus cántaros en la fuente de la plaza, dos mujeres discutían desde los balcones sobre el precio del bacalao, y un organillero hacía girar su manivela en la esquina de la calle del Oso, llenando el aire con una melodía desafinada que a don Quijote le sonó a trompetas de guerra.
Caminaron hacia el centro, dejando atrás las calles estrechas y malolientes del barrio popular. A medida que se acercaban a la Plaza de Oriente, las casas se volvían más altas, los balcones más ornamentados, y los transeúntes más elegantes. Don Quijote, con su armadura oxidada y su yelmo de cobre, era una figura tan anacrónica que los niños corrían tras él señalándolo con el dedo, y las señoras de la alta burguesía se santiguaban al verlo pasar.
—Mirad, Sancho —dijo don Quijote, señalando con la lanza la mole del Palacio Real—, ahí reside la princesa encantada que debe ser liberada de sus hechiceros. Isabel de Borbón, atrapada por los consejos de cortesanos malvados que la tienen engañada con las artes del progreso y la modernidad.
—Señor, que la reina no está encantada —respondió Sancho—. Lo que pasa es que es la reina, y punto. Y esos cortesanos que decís son ministros, que tienen sus casas y sus sueldos como Dios manda.
—¡Iluso! —exclamó don Quijote—. ¿No ves que todo es apariencia? Detrás de los uniformes y las medallas se esconden los mismos encantadores que transformaron gigantes en molinos. Pero hoy, Sancho, hoy romperemos el hechizo.
Llegaron a la Plaza de la Armería cuando el reloj de Palacio daba las ocho y media. La fachada del Palacio Real se alzaba imponente, con sus columnas de granito y sus balcones de hierro forjado. Dos guardias reales, con uniformes azules y morriones de piel de oso, montaban guardia a ambos lados de la puerta principal. Sus bigotes, en efecto, parecían alacranes.
Don Quijote enderezó la espalda, carraspeó con solemnidad, y avanzó hacia ellos con paso firme. Sancho lo seguía a tres pasos de distancia, sudando bajo su chaleco de paño.
—¡Alto! —gritó uno de los guardias, cruzando su fusil frente a la puerta—. ¿Quién va?
—Soy don Quijote de la Mancha, caballero andante, y vengo en nombre de la justicia y de la verdadera monarquía española —dijo don Quijote, con voz que resonó en toda la plaza—. Solicito audiencia con Su Majestad la reina Isabel II para presentarle una petición de abdicación en favor de su tío, el legítimo rey Carlos María Isidro.
El guardia parpadeó dos veces, como si hubiera oído mal. Luego soltó una carcajada que hizo temblar su bigote.
—¿Abdicación? ¿Tú? ¿Un loco con una cazuela en la cabeza? —dijo, mientras su compañero se sumaba a la risa—. Vete de aquí antes de que te llevemos al manicomio de Leganés.
—No es una cazuela —respondió don Quijote, ofendido—. Es el yelmo de Mambrino, que he conquistado en justa batalla. Y no soy un loco, sino un caballero que viene a salvar a España de las garras del progreso y la herejía liberal.
El segundo guardia, un hombre más joven y de mirada más dura, dejó de reír y se acercó a don Quijote con el fusil en ristre.
—He dicho que te vayas, abuelo —gruñó—, o te meto un tiro en esa cazuela y te mando al otro mundo a contar tus batallas.
Sancho, que había estado observando desde atrás, tiró de la manga de su amo.
—Señor, vamos, que estos no están para bromas. Volvamos a la taberna y hablemos con Roque, que él conoce a un escribano que puede hacer los papeles.
Pero don Quijote ya estaba en otro mundo. Sus ojos brillaban con la luz de las batallas imaginarias, y su mano temblaba sobre el asta de la lanza.
—¡Villanos! —gritó, dando un paso adelante—. ¡Sois unos viles encantadores que protegéis a la princesa cautiva! ¡Preparaos a recibir el castigo de mi brazo!
Y sin más aviso, alzó la lanza y embistió contra el guardia más joven.
El golpe fue tan inesperado como torpe. La lanza, que don Quijote había fabricado con un palo de escoba y una punta de hierro oxidado, se partió contra el fusil del guardia, que la desvió con reflejos de soldado entrenado. El segundo guardia, reaccionando, golpeó a don Quijote en la espalda con la culata de su fusil, haciéndole caer de rodillas.
Pero el caballero, lejos de rendirse, se levantó con una agilidad que nadie hubiera esperado de su edad, y sacó la espada. Era una espada vieja, de las que se usaban en la guerra de la Independencia, con la hoja mellada y la empuñadura de latón. La blandió en el aire con un grito que era a la vez de guerra y de dolor.
—¡Por la Mancha y por la fe verdadera! —bramó.
El guardia joven, más sorprendido que herido, retrocedió un paso. Pero su compañero, que tenía menos paciencia, descargó un golpe de culata en la cabeza de don Quijote. El yelmo de cobre sonó como una campana, y el caballero cayó al suelo, aturdido.
—¡Señor! —gritó Sancho, corriendo hacia él—. ¡No le hagan daño, que está loco, no sabe lo que hace!
Pero el guardia joven, furioso por el ataque, levantó la culata para golpear de nuevo. Don Quijote, desde el suelo, vio el movimiento y, con un último esfuerzo, alargó la espada y la clavó en el muslo del soldado.
El guardia gritó, soltó el fusil y cayó de rodillas, con la sangre manchando el azul del uniforme. El otro guardia, viendo a su compañero herido, apuntó su fusil a la cabeza de don Quijote.
—¡Quieto, o disparo! —gritó.
—¡Disparad, villano! —respondió don Quijote desde el suelo, con la espada aún en la mano—. Que morir por la justicia es la mayor gloria de un caballero.
En ese momento, la puerta del Palacio se abrió, y un oficial de la guardia real, con charreteras doradas y un bigote aún más imponente que el de los guardias, salió a ver qué ocurría.
—¿Qué es este escándalo? —preguntó, con voz de mando—. ¿Por qué hay un herido en la entrada del Palacio de Su Majestad?
—Este loco, mi capitán —dijo el guardia, señalando a don Quijote—, quiso entrar a ver a la reina para pedirle que abdique. Y cuando le dijimos que no, nos atacó.
El capitán miró a don Quijote, que aún yacía en el suelo, con la armadura abollada y el yelmo torcido. Luego miró al guardia herido, que gemía mientras Sancho le vendaba la pierna con un pañuelo.
—Llevaos a este hombre a la cárcel del Buen Suceso —ordenó el capitán—. Y que llamen a un médico para el herido.
Dos guardias más salieron del palacio, agarraron a don Quijote por los brazos y lo levantaron. El caballero, que había recuperado algo de su compostura, se dejó llevar sin resistencia, aunque con la cabeza en alto.
—No temáis, Sancho —dijo, mientras lo arrastraban hacia la calle—. Esta es solo una prueba más en el camino del caballero. La reina sabrá de mí, y cuando conozca la verdad, me liberará y besaré su mano.
—Señor, señor —respondió Sancho, que corría detrás de los guardias—, que la reina no va a besar la mano de nadie, y menos de un hombre que ha herido a uno de sus soldados. ¡Ay, qué desgracia, qué mala hora fue aquella en que dejé mi casa y mis cerdos!
Los guardias metieron a don Quijote en un calabozo de la cárcel del Buen Suceso, un edificio sombrío situado en la calle de Alcalá, cerca de la Puerta del Sol. La celda era pequeña, con paredes de piedra húmeda y un suelo de tierra pisada. Un pequeño ventanuco, a la altura del techo, dejaba entrar un rayo de luz grisácea que iluminaba un camastro de tablas y una jarra de agua.
Don Quijote se sentó en el camastro, se quitó el yelmo abollado, y suspiró. No era la primera vez que estaba preso, pero cada encarcelamiento le recordaba la injusticia del mundo.
—Sancho —dijo, al ver que su escudero se asomaba a la puerta de la celda, escoltado por un carcelero—, tráeme papel y tinta. Que si no puedo hablar con la reina con la espada, lo haré con la pluma.
Sancho, que había conseguido que el carcelero le permitiera ver a su amo a cambio de una moneda de plata que había robado de la taberna, negó con la cabeza.
—Señor, ya está bien de papeles. Lo que tenemos que hacer es buscar un abogado que nos saque de aquí. Mirad que esto no es como lo de los molinos, que uno se levanta y se va. Esto es la cárcel, y aquí se pudre uno si no tiene padrinos.
—¡Abogados! —exclamó don Quijote, con desprecio—. Esos son los verdaderos encantadores del reino, los que con sus leyes y sus plazos mantienen cautiva a la justicia. No, Sancho, no necesito abogados. Necesito un escribano y un mensajero.
Sancho suspiró, pero sabía que era inútil discutir. Salió de la cárcel y, después de vender su chaleco de paño en una tienda de empeños de la calle de la Montera, compró un pliego de papel, un tintero y una pluma de ave. Volvió a la cárcel y, con la ayuda del carcelero, que ya había recibido otra moneda, entregó los materiales a su amo.
Don Quijote se sentó en el camastro, apoyó el papel sobre una tabla que hacía las veces de mesa, y comenzó a escribir. Su letra era temblorosa pero firme, y las palabras brotaban de su pluma como agua de una fuente.
"Manifiesto a los españoles de bien", escribió en la cabecera.
Y luego, en una prosa que mezclaba la retórica de los libros de caballerías con la pasión de un hombre que ha visto la luz en la oscuridad, comenzó a redactar su llamamiento.
"Sabed, oh españoles de todas las edades y condiciones, que ha llegado la hora de restaurar la verdadera monarquía en estos reinos. La reina Isabel, cautiva de hechiceros liberales que la han seducido con las artes del progreso y la herejía, no es más que una sombra de lo que debería ser. El verdadero rey, Carlos María Isidro, aguarda en Navarra el momento de liberar a España de las cadenas del hierro y el vapor.
Yo, don Quijote de la Mancha, caballero andante, he sido encarcelado por defender esta verdad. Pero las paredes de esta mazmorra no podrán contener la luz de la justicia. Os pido, pues, que difundáis estas palabras, que las copiéis y las hagáis llegar a todos los rincones de España. Que el pueblo se levante, no con armas de fuego, sino con la fuerza de la fe y la lealtad a la verdadera corona.
Y no temáis, que aunque yo perezca en esta empresa, otros vendrán detrás de mí. Que la Mancha, cuna de caballeros, dará nuevos paladines que lucharán por la justicia. Y que el nombre de don Quijote será recordado como el del primero que alzó su voz contra la tiranía del progreso vacío.
Escrito en la cárcel del Buen Suceso, en la villa de Madrid, a 14 de abril del año del Señor de 1847.
Don Quijote de la Mancha."
Cuando terminó, don Quijote leyó el manifiesto en voz alta, y su voz resonó en la celda como un sermón en una catedral vacía. Sancho, que había escuchado desde la puerta, negó con la cabeza.
—Muy bonito, señor, pero ¿quién va a leer eso? Nadie sabe leer en Lavapiés, y los que saben son liberales.
—No importa, Sancho —respondió don Quijote, con los ojos brillantes—. Las palabras, cuando son verdaderas, encuentran su camino. Ahora, ve a la taberna de Roque y dile a Felipe de la Torre que venga a verme. Él sabrá qué hacer con este papel.
Sancho salió de la cárcel con el manifiesto doblado bajo la camisa, y corrió hacia Lavapiés. En la taberna de Roque, encontró a Felipe de la Torre, el periodista del Eco Liberal, que estaba tomando un café mientras leía un periódico.
—Señor Felipe —dijo Sancho, jadeando—, mi amo le manda esto, y dice que usted sabrá qué hacer.
Felipe tomó el papel, lo desdobló, y leyó el manifiesto con atención. Al principio sonrió, pero luego su sonrisa se fue desvaneciendo, y sus ojos se volvieron serios.
—Esto es peligroso —dijo, en voz baja—. Si publico esto, me cierran el periódico y me meten en la cárcel con tu amo.
—Pero mi amo dice que usted sabe qué hacer —insistió Sancho.
Felipe guardó silencio un momento, mirando el papel. Luego, con una decisión que sorprendió incluso a sí mismo, dijo:
—Dile a tu amo que tendrá su manifiesto. Pero no en el periódico. Lo copiaremos a mano y lo repartiremos por las tabernas. Que los liberales tengan miedo de las palabras escritas a pluma, no a imprenta.
Y así, mientras don Quijote dormía en su celda, soñando con batallas y reinas encantadas, una docena de hombres, reunidos en la trastienda de la taberna de Roque, copiaron el manifiesto a la luz de un candil. Y al amanecer, cuando el cielo gris de Madrid empezaba a clarear, esos papeles volaron como palomas mensajeras por las calles de Lavapiés, de la Latina, del Barquillo.
Y en las tabernas, en las plazas, en los portales, los hombres se reunían en corrillos y escuchaban a los que sabían leer, que recitaban en voz baja las palabras del caballero preso. Y algunos reían, y otros se santiguaban, y otros, los más viejos, los que recordaban la guerra de la Independencia y la lucha contra el francés, sentían un escalofrío recorrerles la espalda.
Porque las palabras, como las semillas, germinan incluso en la tierra más árida. Y el manifiesto de don Quijote, escrito en una celda de la cárcel del Buen Suceso, empezaba a echar raíces en el corazón de los pobres de Madrid.
Capítulo 6: De la liberación del caballero y el motín en la estación de Atocha
La noche caía sobre Madrid como un manto de hollín y gas, cuando la taberna de Roque, en la calle del Oso, hervía con un bullicio inusual. Sancho Panza, sentado en un rincón, sorbía su vino con la mirada perdida en las grietas de la mesa, mientras un grupo de hombres y mujeres se apiñaban alrededor de Dulcinea, que leía en voz alta el manifiesto que don Quijote había escrito en la cárcel.
"—...y así, nobles habitantes de esta coronada villa, os convoco a restaurar el orden antiguo, donde el honor pesaba más que el oro, y la justicia no se vendía al mejor postor. El dragón de hierro que llaman ferrocarril no es sino el instrumento de una tiranía que aplasta al débil bajo sus ruedas. ¡Levantaos, que el Caballero de los Leones os guiará hacia la libertad!" —recitó Dulcinea, con voz temblorosa pero firme.
Un murmullo de aprobación recorrió la estancia. Entre los presentes se encontraban un herrero manco, tres lavanderas, un estudiante expulsado de la universidad, dos antiguos soldados carlistas y media docena de jornaleros sin trabajo. Todos ellos habían visto cómo el ferrocarril y las nuevas fábricas dejaban a sus familias sin pan, cómo los ricos se hacían más ricos mientras ellos se pudrían en los arrabales.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó el herrero, golpeando la mesa con su único puño—. ¿Dejamos que el buen caballero se pudra en el Buen Suceso mientras la reina y sus ministros se ríen de nosotros?
—Mi amo dijo que debíamos esperar —respondió Sancho, sin levantar la vista—. Dijo que él tenía un plan, y que cuando fuera el momento, lo sabríamos.
—¡El momento es ahora! —exclamó el estudiante, un muchacho pálido de ojos febriles—. He visto cómo la guardia civil se lleva a los presos al amanecer. Si no actuamos esta noche, mañana amanecerá don Quijote camino de un presidio o de un manicomio.
Dulcinea dejó el papel sobre la mesa y miró a los presentes. Sus ojos, que siempre habían mirado el mundo con escepticismo, ahora brillaban con una luz nueva. Quizá era el vino, quizá la emoción del momento, pero algo en las palabras del caballero la había tocado. Aquel hombre ridículo, que confundía molinos con gigantes y ventas con castillos, hablaba de una verdad que ella conocía en sus huesos: que el mundo era injusto, y que los pobres siempre perdían.
—El estudiante tiene razón —dijo—. No podemos esperar. Iremos a la cárcel y liberaremos al caballero.
Sancho levantó la cabeza, alarmado.
—¿Estáis locos? La cárcel está llena de guardias, y nosotros no somos más que un puñado de desarrapados. Mi amo me encomendó que os cuidara, no que os llevara a la muerte.
—Tu amo nos encomendó que lucháramos por la justicia —replicó el herrero—. Y eso haremos.
Y así, armados con palos, piedras y alguna que otra navaja, la pequeña turba salió de la taberna y se adentró en las calles de Lavapiés. La noche era fría, y la luna se ocultaba tras las nubes, como si quisiera no ser testigo de lo que iba a ocurrir.
La cárcel del Buen Suceso se alzaba al final de la calle de Alcalá, un edificio sombrío de piedra gris y rejas oxidadas. Dos guardias montaban la entrada, con fusiles al hombro y miradas aburridas. Al ver acercarse al grupo, uno de ellos dio un paso al frente.
—¡Alto! ¿Qué queréis a estas horas?
El herrero no respondió. Se limitó a levantar su palo y, con un movimiento rápido, golpeó al guardia en la sien. El hombre cayó como un fardo, y su compañero apenas tuvo tiempo de gritar antes de que las lavanderas lo redujeran a golpes de escoba y piedras.
—¡Rápido! —gritó Dulcinea—. ¡Dentro!
La puerta de la cárcel cedió bajo el peso de los cuerpos, y la turba se derramó por los pasillos oscuros, iluminados apenas por la luz vacilante de unos candiles de aceite. Los presos, al oír el alboroto, comenzaron a golpear las rejas de sus celdas, gritando y riendo.
—¡Libertad! ¡Libertad!
—¡Silencio! —ordenó el estudiante—. Buscamos a don Quijote de la Mancha. ¿Alguien sabe dónde está?
—En la celda del fondo —respondió un preso, un anciano de barba blanca—. El loco que habla con los duendes. No para de recitar versos toda la noche.
Corrieron hacia el fondo del pasillo, donde una puerta de madera maciza, reforzada con barras de hierro, cerraba el paso. El herrero levantó su palo y golpeó una vez, dos veces, tres veces, hasta que la madera crujió y se astilló.
Al otro lado, don Quijote estaba de pie, con las manos atadas a la espalda, pero la cabeza erguida y la mirada firme. A su alrededor, las paredes de la celda estaban cubiertas de garabatos: versos de caballerías, dibujos de molinos y castillos, nombres de damas y gigantes.
—¡Señor! —exclamó Sancho, abriéndose paso entre la multitud—. ¡Venimos a liberaros!
Don Quijote sonrió, una sonrisa serena y triste.
—Sabía que vendríais, Sancho. Sabía que la justicia no me abandonaría. Pero no he sido yo quien os ha llamado; ha sido la voz del destino, que habla a través de los corazones nobles.
Dulcinea se acercó y, con unas tijeras que había traído, cortó las cuerdas que ataban las manos del caballero.
—No hay tiempo para discursos, don Quijote. La guardia civil se habrá dado cuenta del ataque. Debemos huir.
—Huir —repitió el caballero, frotándose las muñecas—. No, buena señora. No hemos venido a huir. Hemos venido a luchar.
Salió de la celda y se enfrentó a la turba, que lo miraba con una mezcla de admiración y desconcierto. Su armadura, abollada y oxidada, brillaba débilmente a la luz de los candiles. Su yelmo de cartón, remendado con cinta y alambre, se erguía sobre su cabeza como una corona.
—Amigos míos —dijo, elevando la voz—. Habéis demostrado que el valor no reside en las armas, sino en el corazón. Pero la verdadera batalla no está aquí, entre estas paredes. La verdadera batalla nos espera en la estación de Atocha, donde el dragón de hierro se prepara para devorar a nuestros hijos. ¡Allí debemos ir!
Un murmullo de inquietud recorrió la turba. La mayoría eran pobres, sí, pero también eran prudentes. Sabían que atacar la estación era provocar a la autoridad, y que la autoridad siempre ganaba.
—Pero, señor —dijo el herrero—, la guardia civil nos masacrará. Tenemos palos y piedras; ellos tienen fusiles.
Don Quijote lo miró con una expresión de profunda compasión.
—¿Acaso crees que los molinos de viento son menos peligrosos que los fusiles? ¿Acaso crees que los leones de antaño eran más fáciles de domar? El valor no consiste en no tener miedo, amigo mío, sino en actuar a pesar de él. Y yo os digo que, si caemos, caeremos con honor, y nuestra sangre regará las semillas de un mundo mejor.
Las palabras del caballero, dichas con aquella mezcla de locura y elocuencia que lo caracterizaba, encendieron algo en los presentes. Quizá era el vino, quizá la emoción del momento, o quizá, simplemente, el cansancio de una vida de humillaciones. Pero lo cierto es que la turba, que había dudado un instante, volvió a rugir con fuerza.
—¡A la estación! ¡A la estación!
Y así, con don Quijote a la cabeza, la multitud salió de la cárcel y se derramó por las calles de Madrid, creciendo como un río mientras los curiosos se unían a ella, atraídos por el ruido y la promesa de algo nuevo.
La estación de Atocha, iluminada por faroles de gas, se alzaba como una mole de hierro y cristal. A su alrededor, los cargadores descargaban mercancías de los vagones, mientras los viajeros, abrigados con capas y bufandas, esperaban en los andenes. El tren de la mañana, una locomotora negra que resoplaba vapor, estaba a punto de partir.
Don Quijote, montado en Rocinante, que había sido rescatado de los establos de la cárcel, arengó a la multitud desde lo alto de un montón de carbón.
—¡Oh, pueblo de Madrid! —gritó, alzando su lanza—. ¡Mirad ese monstruo de hierro, que escupe fuego y humo, que devora el paisaje y esclaviza a los hombres! ¡Ese no es el progreso que nos prometieron! ¡Es una cadena disfrazada de libertad!
La multitud, que ahora sumaba varios cientos de personas, rugió en señal de aprobación. Algunos habían traído antorchas, y la luz danzante de las llamas iluminaba sus rostros, marcados por el hambre y la rabia.
—¡Pero yo, don Quijote de la Mancha, Caballero de los Leones, juro por mi dama Dulcinea del Toboso que detendré a esa bestia! —continuó—. ¡O la destruyo, o muero en el intento!
Y dicho esto, espoleó a Rocinante y se lanzó al galope hacia la locomotora, con la lanza en ristre y el yelmo de cartón brillando bajo la luz de los faroles.
La gente lo vitoreó, pero cuando vieron que el tren no se detenía, que el maquinista, al ver al loco, abrió el regulador y aumentó la velocidad, el grito de júbilo se convirtió en un grito de horror.
—¡Deteneos, señor! —gritó Sancho, corriendo tras él—. ¡Eso no es un dragón, es una máquina!
Pero don Quijote no oyó, o no quiso oír. Siguió galopando, con la lanza apuntando al pecho de la locomotora, hasta que el impacto fue inevitable.
El choque fue seco, brutal. La lanza se astilló contra el hierro, y Rocinante, herido, relinchó y cayó al suelo, arrojando a su jinete a un lado. Don Quijote rodó por el suelo, su armadura tintineando, mientras el tren pasaba a su lado, indiferente.
La multitud contuvo el aliento. Por un momento, todo fue silencio. Luego, don Quijote se levantó, tambaleante, con la sangre manando de una herida en la frente.
—¡No me rendiré! —gritó, alzando el puño—. ¡Mientras haya un gigante que derribar, un dragón que vencer, un tirano que desafiar, allí estaré yo!
Y entonces, en ese instante de locura heroica, ocurrió algo inesperado. Un grupo de jornaleros, que había estado observando desde las vías, tomó una decisión. Sin mediar palabra, se lanzaron sobre los raíles y comenzaron a arrojar piedras y escombros, bloqueando el paso del tren.
—¡Todos a una! —gritó el herrero—. ¡Si el caballero no puede detenerlo, lo haremos nosotros!
La multitud se arremolinó. Algunos huyeron, asustados por la violencia, pero otros, los más desesperados, se unieron a los jornaleros. Pronto, una barricada improvisada de adoquines, maderas y hierros viejos se alzó sobre las vías.
El maquinista, al ver el obstáculo, tiró del freno de emergencia. Las ruedas chirriaron, el vapor silbó, y el tren se detuvo a pocos metros de la barricada, con un gemido metálico.
—¡Lo hemos logrado! —gritó alguien—. ¡Hemos detenido al dragón!
Pero la alegría duró poco. Desde el fondo de la estación, sonaron unos silbidos agudos, y un destacamento de la guardia civil, montados a caballo, cargó contra la multitud, con los sables desenvainados.
—¡A dispersarse! —gritó el oficial, un hombre bigotudo de mirada dura—. ¡Orden de la reina! ¡Todo aquel que permanezca será detenido!
La turba vaciló. Las antorchas cayeron al suelo, y las llamas comenzaron a extenderse por las vías. El humo y el pánico llenaron el aire. La mayoría de los manifestantes, al ver los fusiles y los sables, optó por la huida, corriendo en todas direcciones.
Pero don Quijote, aún de pie, con la sangre corriendo por su rostro, no se movió.
—¡Cobardes! —gritó a los que huían—. ¡Habéis visto la cara del enemigo y habéis temblado! ¡Pero yo no temblaré! ¡Yo, don Quijote de la Mancha, desafío a vuestra tiranía!
La guardia civil lo rodeó, con los caballos resoplando y los sables brillando. El oficial desmontó y se acercó al caballero, con una expresión de cansancio y desprecio.
—Sois vos, el loco del que hablan los periódicos —dijo—. ¿Qué esperabais conseguir con esto? ¿Una muerte heroica? ¿Un lugar en la historia?
Don Quijote lo miró, y por un instante, sus ojos parecieron claros, lúcidos, como si hubiera despertado de un sueño.
—No espero nada —respondió—. Hago lo que debo hacer. Eso es todo.
El oficial negó con la cabeza y levantó la mano para dar la orden de arresto. Pero antes de que pudiera hablar, un grito se elevó desde el fondo de la estación.
—¡Dejadlo en paz!
Era Sancho, que había logrado montar a Rocinante, el pobre animal cojeando pero aún vivo. Detrás de él, un puñado de fieles —el herrero, las lavanderas, el estudiante y Dulcinea— se habían reagrupado, armados con lo que habían podido encontrar.
—Si queréis llevároslo —dijo Sancho, con la voz temblorosa pero firme—, tendréis que pasar por encima de nosotros.
El oficial los miró, y por un momento, algo en su mirada cambió. Quizá vio en aquellos pobres diablos el reflejo de su propia juventud, cuando también él había creído en causas imposibles. O quizá simplemente calculó que, si masacraba a un grupo de civiles desarmados, el escándalo sería demasiado grande.
—Llevaos a vuestro loco —dijo, montando de nuevo en su caballo—. Pero que no vuelva a poner un pie en esta estación, o no seré tan indulgente.
Y dando media vuelta, la guardia civil se retiró, dejando tras de sí el humo, el silencio y un puñado de hombres y mujeres que, contra todo pronóstico, habían logrado lo imposible.
Esa noche, en la taberna de Roque, don Quijote yacía en un catre, con la cabeza vendada y el cuerpo dolorido. Sancho, sentado a su lado, le daba de beber agua con vino.
—Señor —dijo Sancho, con voz queda—, casi os matáis.
—Casi —repitió don Quijote, sonriendo débilmente—. Pero no lo hice. Eso es lo que importa, Sancho. Que no me rendí.
—Pero la gente huyó —insistió Sancho—. La mayoría huyó.
—Sí, huyeron —dijo don Quijote, cerrando los ojos—. Pero algunos se quedaron. Y esos, Sancho, son los que cambiarán el mundo. No los que siempre ganan, sino los que nunca se rinden.
Sancho suspiró y negó con la cabeza. No entendía a su amo, pero lo amaba, y eso era suficiente.
—Descansad, señor —dijo—. Mañana será otro día.
—Sí, Sancho —murmuró don Quijote, mientras el sueño lo vencía—. Mañana será otro día. Y habrá más gigantes que derribar.
Afuera, en las calles de Lavapiés, el eco de los cascos de la guardia civil se desvanecía en la noche, y el silencio, como un manto, caía sobre la ciudad. Pero en las tabernas y en los patios, en los corrillos de los pobres y los olvidados, una chispa había prendido. Y aunque nadie lo supiera aún, aquella noche, en Madrid, había nacido algo que ni la reina ni sus ministros podrían apagar.
El nombre de don Quijote, el loco que había desafiado al dragón de hierro, comenzaba a correr de boca en boca.
Capítulo 7: Donde se explica la verdadera naturaleza del dragón y la desilusión de Sancho
La sangre de Sancho Panza manchaba el empedrado de la calle del Fúcar, formando un hilillo oscuro que buscaba la pendiente para unirse al arroyo de la plaza del Antón Martín. El escudero yacía contra la pared de una taberna, con la pierna derecha envuelta en un trapo que Dulcinea le había arrancado de su propia falda, y el rostro desencajado por un dolor que no era solo del cuerpo.
—Señor —dijo Sancho, y su voz sonó como el crujido de una puerta vieja—. Señor, ya basta.
Don Quijote, que había sido reducido por tres guardias civiles y ahora estaba sentado en el suelo con las manos atadas a la espalda, levantó la mirada. Había perdido el yelmo en la refriega, y sus cabellos canos caían sobre su frente surcada de arañazos. Los guardias, tras recibir órdenes de un oficial bigotudo que había llegado en un coche de caballos, se habían retirado a formar un cordón alrededor de la estación, dejando a los amotinados dispersos y vencidos.
—¿Basta, dices? —preguntó Don Quijote, y en su voz temblaba algo que nunca antes había habitado en ella—. ¿Basta cuando el dragón de hierro sigue escupiendo fuego, cuando la princesa encantada...
—No hay princesa encantada, señor —interrumpió Sancho, y sus ojos, normalmente risueños, estaban vidriosos de fiebre—. No hay dragón. No hay gigantes. No hay nada de eso.
Un silencio se extendió entre ellos, roto solo por el martilleo lejano de los herreros que reparaban los daños de la barricada, y por el gemido de un perro que olfateaba los restos de la refriega.
—¿Qué dices, Sancho? —preguntó Don Quijote, y su voz era ahora apenas un susurro—. ¿Has perdido el juicio? ¿Te ha herido el encantamiento del dragón?
—No, señor. No he perdido el juicio. Lo he encontrado. —Sancho hizo una pausa para respirar, y el aire le silbó en los pulmones—. Eso que usted llama dragón, señor, es un tren. Un ferrocarril. Lo construyeron los ingenieros para llevar gente de Madrid a Aranjuez, y de Aranjuez a Madrid. No escupe fuego, señor. Escupe vapor. No esclaviza a nadie. Lleva viajeros que pagan su billete, como las diligencias, solo que más rápido.
Don Quijote parpadeó. La luz del atardecer, que caía oblicua sobre la calle, parecía haber cambiado de color, volviéndose más cruda, más real.
—Pero yo lo vi, Sancho. Vi sus fauces de hierro, vi el humo que salía de sus narices...
—Lo que usted vio, señor, fue la chimenea de la locomotora. Y el humo, señor, es el carbón que queman para calentar el agua que mueve los pistones. No hay magia. No hay encantamiento. Solo máquinas.
Don Quijote se quedó mirando el suelo. Sus manos atadas temblaban ligeramente.
—¿Y los guardias? ¿Los que nos atacaron?
—Hacían su trabajo, señor. Usted estaba destruyendo propiedad privada. La estación de Atocha no es un castillo encantado. Es un edificio donde la gente compra billetes para viajar.
Un hombre se acercó a ellos. Era joven, de unos treinta años, con el rostro manchado de hollín y las manos callosas. Vestía un traje de dril que había sido azul y ahora era gris, y llevaba una gorra de tela en la cabeza.
—Permiso —dijo el hombre, y se arrodilló junto a Sancho—. Soy ingeniero de la compañía del ferrocarril. Vi lo que hizo este viejo con la locomotora. No está enfadado nadie en la compañía, la verdad. Piensan que está loco. Pero yo quería explicarle.
Don Quijote levantó la mirada y observó al hombre con sus ojos de miope, esos ojos que veían gigantes donde otros veían molinos.
—¿Explicarme? —preguntó.
—Sí, señor. Verá. —El ingeniero sacó un papel del bolsillo y lo extendió sobre el suelo. Era un dibujo, un esquema de la locomotora con sus partes señaladas—. Esto es la caldera. Aquí se quema el carbón. El calor calienta el agua hasta que se convierte en vapor. El vapor empuja estos pistones, que hacen girar las ruedas. No hay dragón, señor. No hay encantamiento. Solo física.
Don Quijote observó el dibujo. Sus dedos, aún atados, tocaron el papel con una mezcla de curiosidad y temor.
—¿Y el ruido? —preguntó—. Ese rugido que atronaba los cielos...
—Es el vapor escapando por la válvula de seguridad, señor. Y el silbato, que el maquinista usa para avisar de que el tren va a salir. No es un rugido de bestia. Es un mecanismo.
—¿Y la velocidad? —insistió Don Quijote—. Esa forma de devorar el paisaje...
—Ruedas sobre rieles, señor. El acero sobre el acero tiene poca fricción. Por eso va más rápido que un caballo. Pero no devora nada. Solo transporta.
Sancho, desde el suelo, observaba a su amo. Vio cómo los hombros de Don Quijote, siempre erguidos, siempre desafiantes, comenzaban a hundirse. Vio cómo sus ojos perdían ese brillo que los hacía parecer poseídos por una luz interior.
—Señor —dijo Sancho, y su voz era ahora más suave, casi compasiva—. Usted se equivocó. No es la primera vez. Se equivocó con los molinos, que no eran gigantes. Se equivocó con las ventas, que no eran castillos. Y se ha equivocado ahora. El ferrocarril no es un dragón. Es solo un tren.
Don Quijote guardó silencio durante un largo rato. El sol se había puesto ya, y las sombras se alargaban por la calle. Los faroles de gas comenzaron a encenderse, uno tras otro, como luciérnagas mecánicas.
—¿Y los pobres? —preguntó al fin—. ¿Los que pierden su trabajo? ¿Los que son desplazados por el progreso?
El ingeniero suspiró.
—Es cierto, señor. El ferrocarril ha dejado sin trabajo a muchos arrieros y carreteros. Pero también ha creado otros empleos. Y ha abaratado los viajes. Ahora un labrador puede ir a Madrid a vender sus productos sin tener que pasar tres días en el camino. No todo es malo, señor.
—Pero hay gente que sufre —insistió Don Quijote.
—Sí, señor. Siempre hay quien sufre con los cambios. Pero no se puede detener el progreso por eso. Lo que hay que hacer es ayudar a los que sufren, no destruir las máquinas.
Don Quijote se quedó pensativo. Sus manos, aún atadas, descansaban sobre sus rodillas. Parecía un hombre que hubiera envejecido veinte años en una hora.
—Sancho —dijo al fin—. ¿Me has perdonado?
El escudero levantó la mirada, sorprendido.
—¿Perdonarle, señor? ¿Perdonarle el qué?
—Por haberte llevado a esta locura. Por haberte hecho creer en dragones y castillos. Por haberte puesto en peligro.
Sancho sonrió, y en su sonrisa había una mezcla de tristeza y cariño.
—Señor, yo le sigo porque quiero. Porque usted me prometió una ínsula, y aunque sé que no la voy a conseguir, me gusta pensar que podría ser gobernador. Y también, señor... —Sancho hizo una pausa, buscando las palabras—. También porque usted ve un mundo mejor, aunque ese mundo no exista. Y a veces, señor, es bonito pensar que ese mundo podría existir.
Don Quijote cerró los ojos. Una lágrima, la primera que Sancho veía en años, rodó por su mejilla surcada de arrugas.
—Quizá —dijo Don Quijote, y su voz era apenas un susurro—. Quizá el verdadero dragón no sea el ferrocarril, sino mi propia locura.
El ingeniero los observaba en silencio. Luego se levantó, se quitó la gorra y dijo:
—Señor, he hablado con el oficial. Dicen que si usted promete no volver a atacar el ferrocarril, le dejarán marchar. No quieren problemas con la prensa. Dicen que un loco no merece la cárcel, sino un manicomio.
—No me meterán en un manicomio —dijo Don Quijote, y por un instante su voz recuperó el antiguo brío—. Prefiero morir libre que vivir encerrado.
—No le encerrarán, señor —dijo el ingeniero—. Solo le piden que prometa no volver a hacerlo.
Don Quijote guardó silencio. Luego, lentamente, asintió.
—Lo prometo —dijo, y la palabra le supo a ceniza—. Lo prometo.
El ingeniero se acercó al oficial, habló con él brevemente, y volvió con un cuchillo. Cortó las cuerdas que ataban las manos de Don Quijote.
—Es libre, señor —dijo—. Váyase a su casa. Descanse. Y si quiere, algún día, venga a la estación. Le enseñaré cómo funciona el tren. Sin dragones, se lo prometo.
Don Quijote se levantó, tambaleándose. Ayudó a Sancho a ponerse en pie, y el escudero apoyó su peso sobre el hombro de su amo.
—Vámonos a casa, Sancho —dijo Don Quijote—. Vámonos a la Mancha.
—Sí, señor —respondió Sancho—. Vámonos.
Caminaron lentamente por la calle del Fúcar, bajo la luz mortecina de los faroles de gas. Detrás de ellos, la estación de Atocha se alzaba negra contra el cielo nocturno, y de vez en cuando un silbido de vapor rompía el silencio, como el lamento de un animal herido.
—Señor —dijo Sancho, cuando llevaban un rato caminando—. ¿De verdad cree que se equivocó?
Don Quijote se detuvo. Miró hacia atrás, hacia la estación, y luego hacia adelante, hacia las calles oscuras de Lavapiés.
—No lo sé, Sancho —dijo—. No lo sé. Pero hay algo que me dice que, aunque el ferrocarril no sea un dragón, la injusticia que denunciaba sigue existiendo. Los pobres siguen siendo pobres. Los poderosos siguen siendo poderosos. Y el progreso, ese progreso que tanto alaban, no ha hecho más que cambiar la forma de la opresión, no su esencia.
—Entonces, señor, ¿por qué prometió no volver a atacar el tren?
Don Quijote sonrió, una sonrisa triste y cansada.
—Porque he aprendido, Sancho. He aprendido que no se puede luchar contra los molinos llamándolos gigantes. Quizá haya que luchar contra ellos llamándolos molinos. Quizá la verdadera batalla no sea contra el dragón, sino contra la idea de que el dragón es necesario.
Siguieron caminando. Las calles de Lavapiés estaban desiertas, y el único sonido era el de sus pasos sobre el empedrado.
—Señor —dijo Sancho, al cabo de un rato—. ¿Y la ínsula?
Don Quijote se detuvo de nuevo. Miró a Sancho, y en sus ojos había una chispa de la antigua locura.
—La ínsula, Sancho, sigue esperándote. Pero quizá no esté en una isla, ni en un gobierno. Quizá la ínsula sea esto: caminar juntos por las calles de Madrid, sabiendo que hemos intentado hacer el bien, aunque nos hayamos equivocado.
Sancho asintió, sin entender del todo, pero sintiendo que las palabras de su amo tenían un peso que nunca antes habían tenido.
—Entonces, señor —dijo—, sigamos caminando.
—Sí, Sancho —respondió Don Quijote—. Sigamos caminando.
Y así, bajo la luz de los faroles de gas, el caballero de la triste figura y su escudero se perdieron en las calles de Madrid, dejando atrás el dragón de hierro que nunca había sido dragón, y llevando consigo la certeza de que, aunque la realidad fuera tozuda, la locura de soñar un mundo mejor era, quizá, la única cordura posible.
En la estación de Atocha, el ingeniero observaba cómo los operarios limpiaban los restos de la barricada. Uno de ellos se acercó y le dijo:
—¿De verdad cree que ese viejo volverá?
El ingeniero negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero algo me dice que, aunque no vuelva a atacar el tren, su batalla no ha terminado. Hay hombres que no pueden dejar de luchar, aunque sepan que están derrotados.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó el operario.
El ingeniero se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero quizá, sin esos hombres, el mundo sería un lugar más sensato. Y también más triste.
El operario asintió, sin comprender del todo, y volvió a su trabajo. El ingeniero se quedó un momento más, mirando hacia el lugar por donde se habían ido el caballero y su escudero, y luego suspiró y entró en la estación.
El tren, el dragón de hierro, esperaba en la vía, listo para partir al amanecer.
Capítulo 8: De la segunda salida y el encuentro con los carlistas en la sierra
Tres días habían pasado desde el motín en la estación de Atocha. Tres días en que don Quijote yaciera en un camastro de la posada de Lavapiés, con el brazo vendado y el espíritu tan maltrecho como su cuerpo. La fiebre le había visitado durante las noches, trayendo consigo visiones de gigantes de hierro que escupían fuego y doncellas encadenadas a rieles de acero. Pero al amanecer del cuarto día, cuando los primeros rayos de sol se colaban por las rendijas de la ventana, el caballero abrió los ojos con una claridad que heló la sangre de Sancho.
—Sancho, amigo —dijo con voz firme, aunque ronca—, prepara a Rocinante. Esta ciudad de Babel no merece más de mi presencia. Partimos hacia la sierra.
Sancho, que estaba friendo un huevo en la cocina de la posada, dejó caer la sartén.
—¿La sierra, señor? ¿Y qué diablos vamos a buscar en esas peñas? ¿Más molinos que parezcan gigantes, o acaso hay por allí algún rebaño de ovejas que vuestra merced confunda con ejército enemigo?
Don Quijote se incorporó con dificultad, haciendo una mueca de dolor.
—No, Sancho. Busco a los caballeros de la causa justa. Los que luchan contra el dragón de hierro y sus secuaces. Los que defienden el honor y la tradición frente a la modernidad corrupta. Los carlistas.
—¡Ay, señor! —suspiró Sancho, recogiendo el huevo del suelo—. Esos no son caballeros andantes, sino unos pobres desgraciados que andan por los montes huyendo de la guardia civil. Mi primo el tabernero me contó que el otro día colgaron a tres en la Plaza Mayor por alzarse contra la reina.
—Mártires, Sancho. Mártires de una causa santa. Y yo, caballero andante, debo unirme a ellos.
La posadera, una mujer de rostro ajado y manos ásperas, asomó la cabeza por la puerta.
—¿Se marchan ya, caballero? Menos mal. La guardia civil ha venido tres veces preguntando por usted. Dicen que anda usted suelto y que no parará hasta que lo encierren en el manicomio de Leganés.
Don Quijote se ajustó la bacia de barbero que aún llevaba por yelmo.
—Diles que el caballero de la Triste Figura ha partido en busca de empresas más dignas que las que ofrece esta ciudad de mercaderes y burócratas.
Y dicho esto, salió al patio, donde Rocinante esperaba con la paciencia de los animales que han visto demasiadas locuras para sorprenderse ya de nada.
Salieron de Madrid por la puerta de San Vicente, cuando el sol comenzaba a dorar las cúpulas de los palacios. A sus espaldas quedaban los faroles de gas, los coches de caballos, los vendedores de periódicos que gritaban las últimas noticias sobre la revuelta de Atocha. Delante, la sierra de Guadarrama se alzaba como una muralla de piedra y piorno, azulada por la distancia.
Sancho caminaba detrás de su amo, sobre el rucio, con el ánimo por los suelos.
—Señor, ¿no sería mejor volver a casa? La sobrina debe de estar preocupada, y el cura ya habrá preparado algún sermón para hacerle entrar en razón. Además, me duele el brazo del otro día, y estos caminos están llenos de bandoleros.
—Precisamente, Sancho. Los bandoleros son señal de que nos acercamos a tierra de nadie, donde la ley del rey no llega y la ley del honor impera. Allí encontraremos a los nuestros.
Caminaron durante horas. El paisaje urbano fue dando paso a campos de trigo, luego a encinares, luego a pedregales donde solo crecían tomillos y jaras. El aire se volvía más frío a medida que ascendían, y Sancho empezó a tiritar bajo su capa raída.
—Señor, ¿y si no encontramos a nadie? ¿Y si todo esto es solo un desvarío más de vuestra merced?
Don Quijote no respondió. Iba ensimismado, murmurando fragmentos de libros de caballerías, mezclados con discursos sobre la legitimidad dinástica que había oído en alguna taberna carlista la noche anterior al motín.
Fue al caer la tarde, cuando las sombras se alargaban entre los pinos, que divisaron un humo que subía detrás de un cerro. Don Quijote espoleó a Rocinante con renovado brío.
—¡Allí están, Sancho! ¡Los caballeros de la causa!
Sancho, resignado, siguió a su amo. Al rodear el cerro, encontraron un campamento miserable: tres tiendas de lona remendada, un fuego donde hervía un puchero, y una docena de hombres harapientos que dormitaban o jugaban a las cartas sobre una manta. Sus fusiles, viejos y oxidados, descansaban apoyados contra las rocas. No había estandartes, ni armaduras, ni caballos briosos. Solo pobreza y fatiga.
Don Quijote, sin embargo, no vio nada de eso. Desmontó con la solemnidad de un embajador y avanzó hacia ellos con los brazos abiertos.
—¡Salve, valientes defensores de la fe y la tradición! ¡Salve, caballeros de la santa causa! Aquí llega don Quijote de la Mancha, el caballero andante que ha jurado restaurar el honor en estas tierras y devolver la corona a su legítimo dueño.
Los hombres levantaron la vista, sorprendidos. Uno de ellos, un barbudo con parche en el ojo, escupió al suelo.
—¿Y este quién coño es?
—Parece un loco —dijo otro, más joven, mostrando una sonrisa desdentada—. Mirad qué sombrero lleva.
—No es sombrero —terció un tercero, canoso y astuto—. Es una bacia de barbero. He oído hablar de él. Es el que armó el zipizape en la estación de Atocha. Le llaman don Quijote.
El barbudo se levantó, desconfiado, y se acercó a don Quijote.
—¿Eres tú el que atacó al tren? —preguntó, midiéndolo con la mirada.
—Yo mismo, buen caballero. Y lo volvería a hacer, pues aquella bestia de hierro es emblema de todo lo que corrompe este reino: el progreso sin alma, la técnica sin fe, la modernidad que esclaviza al hombre en vez de liberarlo.
Los carlistas se miraron entre sí. Algunos rieron por lo bajo. El barbudo, sin embargo, frunció el ceño.
—Nosotros también luchamos contra el tren y contra la reina y contra todo lo que viene de Madrid. Pero no porque sea un dragón, sino porque nos han quitado las tierras, los fueros, y el pan de la boca. Esto no es un libro de caballerías, abuelo. Esto es la guerra.
—Toda guerra justa es una guerra santa —replicó don Quijote, sin inmutarse—, y toda guerra santa es una aventura de caballeros. Decidme, ¿dónde está vuestro capitán? ¿Quién os guía en estas empresas?
El barbudo señaló con la barbilla hacia una tienda más grande, donde se oían voces.
—Allí dentro está el comandante Esperanza. Pero no le gusta que le interrumpan cuando bebe.
Don Quijote se encaminó hacia la tienda, seguido por Sancho, que caminaba con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Al entrar, encontraron a un hombre de mediana edad, vestido con uniforme desgastado, que bebía vino de una bota mientras estudiaba un mapa manchado de grasa. Al ver a los recién llegados, levantó una ceja.
—¿Qué queréis?
Don Quijote se arrodilló con una elegancia que sorprendió incluso a Sancho.
—Señor comandante, vengo a ofrecer mi brazo y mi lanza a la causa carlista. He tenido noticia de vuestras gestas, de vuestra lucha contra el dragón de hierro y sus secuaces. Permíteme unirme a vosotros como caballero andante, y juntos devolveremos la corona al legítimo rey.
El comandante Esperanza se tomó un momento para procesar lo que acababa de oír. Luego soltó una carcajada que retumbó en la tienda.
—¿Caballero andante? ¿Con una bacia en la cabeza y un rocín que parece más muerto que vivo? Esto sí que es bueno. ¡Venid, venid! —gritó hacia fuera—. ¡Mirad lo que nos ha traído la noche!
Los hombres se asomaron, y al ver a don Quijote arrodillado, muchos rompieron a reír. El comandante se levantó, dio una palmada en el hombro al caballero, y dijo:
—Está bien, está bien. Quédese usted con nosotros. Necesitamos alguien que nos anime las veladas. Y si sabe contar historias, mejor que mejor.
Don Quijote se levantó, ofendido.
—No he venido a divertir a nadie, señor comandante. He venido a luchar. Dadme una espada y un caballo, y os mostraré de qué soy capaz.
—No tenemos caballos de sobra —dijo el comandante, volviendo a su mapa—. Y el suyo parece a punto de estirar la pata. Pero puede quedarse con la mula coja que tenemos atrás. Y en cuanto a la espada... —miró alrededor—. Ahí hay un sable oxidado que nadie usa. Tómelos. Y ahora, déjeme trabajar.
Don Quijote tomó el sable, que pesaba como un hierro viejo, y salió de la tienda con la cabeza alta. Sancho lo siguió, mordiéndose los labios.
—Señor, estos hombres se están riendo de vuestra merced. No son caballeros, son bandidos disfrazados de soldados. Y el comandante nos ha tomado por bufones.
—Calla, Sancho —dijo don Quijote, mientras examinaba el sable a la luz del fuego—. Los grandes caballeros siempre han sido incomprendidos al principio. Recuerda a Amadís de Gaula, a quien tomaron por loco cuando dijo que liberaría a la doncella del castillo encantado. Con el tiempo, demostró su valor. Y yo haré lo mismo.
—Pero, señor, Amadís no existió. Eso lo sabe hasta el tonto del pueblo.
—¡Blasfemia, Sancho! —exclamó don Quijote, alzando el sable—. Amadís existió más que tú y que yo juntos, pues su espíritu vive en cada hombre que lucha por la justicia. Y ahora, ayúdame a ensillar la mula. Mañana, al alba, saldremos con estos caballeros a la batalla.
Esa noche, alrededor del fuego, los carlistas compartieron un rancho de garbanzos con chorizo. Don Quijote, sentado en una piedra, no probó bocado. En cambio, comenzó a hablar.
—Señores —dijo, con voz quebrada pero solemne—, permitidme que os cuente una historia. Es la historia de un reino que fue grande, donde los caballeros defendían a los débiles, donde las doncellas eran respetadas, donde el honor valía más que el oro. Ese reino se llamaba España, y sus reyes eran justos y temerosos de Dios.
Los hombres dejaron de masticar y lo miraron, algunos con burla, otros con una curiosidad cansada.
—Pero un día —continuó don Quijote—, llegaron los herejes, los masones, los liberales. Y con ellos trajeron el ferrocarril, la imprenta, las fábricas. Y dijeron: "El progreso os hará libres". Pero mintieron. El progreso los esclavizó. Ahora los hombres ya no son hombres, sino números en un censo, piezas en una máquina. Y el honor ha muerto.
Uno de los carlistas, el barbudo del parche, resopló.
—Déjate de historias, abuelo. Aquí lo que importa es comer. Mañana tenemos que bajar al llano a requisar víveres, y no me interesan tus cuentos de hadas.
—No son cuentos —insistió don Quijote—. Son verdades. Y os digo que si no recuperamos el sentido del honor, de la fe, de la lealtad al rey legítimo, estaremos perdidos. Más perdidos que si nos mataran a todos mañana.
—Pues mañana pueden matarnos a todos —dijo otro, más joven—. Y tus discursos no nos llenarán el estómago ni nos darán balas.
Don Quijote guardó silencio. Miró las brasas del fuego, que crepitaban como si hablaran un idioma secreto. Luego, en voz baja, dijo:
—El honor no se come, ni se bebe, ni se guarda en un arcón. Pero sin él, el hombre es menos que una bestia. Y vosotros, que lucháis por una causa, debéis saberlo mejor que nadie.
Nadie respondió. El viento sopló entre los pinos, y el fuego parpadeó. Los carlistas se fueron retirando uno a uno a sus tiendas, dejando a don Quijote solo, iluminado por las llamas.
Sancho, que había estado escuchando desde la sombra de una roca, se acercó tímidamente.
—Señor, hace frío. Váyase a dormir.
—No tengo sueño, Sancho. El honor no duerme.
—Pues el hambre sí —dijo Sancho, ofreciéndole un mendrugo de pan—. Coma, que mañana será otro día.
Don Quijote tomó el pan, lo miró un momento, y luego lo partió en dos.
—Compartamos, Sancho. Como los caballeros de antaño.
Sancho sonrió, con tristeza, y aceptó la mitad.
Al amanecer, los carlistas se pusieron en marcha. Bajaron por un sendero de cabras hacia el valle, donde un pueblo dormía entre nieblas. El comandante Esperanza había ordenado requisar ganado y provisiones. Don Quijote, montado en la mula coja, cabalgaba al frente, con el sable oxidado en alto.
—¡Adelante, caballeros! —gritó—. ¡La victoria nos espera!
Los carlistas, que caminaban a pie, lo miraron con una mezcla de lástima y diversión.
—Este tío no se entera de nada —murmuró el barbudo.
—Déjalo —respondió el joven desdentado—. Al menos nos entretiene.
Llegaron al pueblo al mediodía. Era un lugar de casas de piedra, con un campanario que se alzaba sobre los tejados. Los campesinos, al verlos, corrieron a esconderse. El comandante Esperanza ordenó rodear la plaza y registrar las casas.
Don Quijote, sin embargo, desmontó y se dirigió hacia la iglesia, donde un anciano cura salía a ver qué ocurría.
—Buen hombre —dijo don Quijote, hincando una rodilla—, ¿podría decirme si en este lugar hay algún castillo encantado o alguna doncella cautiva que necesite ser liberada?
El cura lo miró, atónito.
—¿Castillo? No, hijo. Esto es un pueblo de labradores. Lo único que hay es hambre y necesidad.
—Entonces —dijo don Quijote, levantándose—, liberaremos a los labradores de su hambre. ¡Sancho, trae las provisiones!
Sancho, que había estado ayudando a los carlistas a cargar un carro con sacos de trigo, se acercó corriendo.
—Señor, esos sacos son para nosotros, no para darlos. El comandante dijo que son para la causa.
—La causa es servir al pueblo, no robarle —replicó don Quijote—. Reparte el trigo entre los más necesitados.
—Pero, señor...
—¡He dicho que lo hagas!
Sancho, con el corazón en un puño, comenzó a repartir los sacos entre las mujeres y niños que asomaban la cabeza por las puertas. Los carlistas, al verlo, corrieron a impedírselo.
—¿Qué haces, loco? —gritó el barbudo, empujando a Sancho—. Eso es nuestro.
Don Quijote se interpuso, con el sable en alto.
—¡Alto! Este trigo es de los pobres, no de los soldados. El verdadero caballero defiende al débil, no lo despoja.
El barbudo lo miró con rabia, pero el comandante Esperanza, que había visto la escena desde lejos, se acercó tranquilamente.
—Déjalo —dijo, con una sonrisa torcida—. Deja que el loco reparta el trigo. Total, mañana requisaremos más en otro pueblo. Y mientras tanto, nos reiremos un rato.
Los carlistas soltaron las bolsas, riendo. Don Quijote, ajeno a la burla, siguió repartiendo el trigo entre los campesinos, que lo miraban con gratitud y desconcierto.
—Dios le bendiga, caballero —dijo una anciana, tomando un puñado de grano.
—No me bendiga a mí —respondió don Quijote, con los ojos brillantes—. Bendiga a la causa justa, que algún día triunfará sobre la tiranía.
Y mientras el sol se ponía tras las montañas, don Quijote montó en su mula coja y, seguido por Sancho, se alejó del pueblo, cantando una vieja canción de gesta que nadie más recordaba.
Los carlistas lo observaban desde la plaza, entre risas y silencios.
—Es un loco —dijo el joven desdentado.
—Sí —respondió el comandante Esperanza, encendiendo un cigarro—. Pero ojalá todos los locos fueran así.
Capítulo 9: Donde se narra la batalla campal entre el progreso y la tradición
El alba en la sierra de Guadarrama amaneció fría y cubierta de un manto de niebla que se enredaba entre los pinos como un sudario. El campamento carlista bullía con una actividad inusitada desde antes de que el sol asomara su rostro tras las cumbres. Los doce hombres harapientos que habían recibido a don Quijote con burlas ahora se movían con una determinación sombría, ajustando correas de cuero, limpiando los pocos fusiles que poseían, y ennegreciendo sus rostros con hollín y grasa.
El comandante Esperanza, cuyo nombre parecía una ironía del destino dada su perpetua expresión de derrota, reunió a sus hombres alrededor de una fogata moribunda. Sus ojos, dos ascuas hundidas en un rostro picado de viruela, recorrieron el círculo de caras famélicas hasta detenerse en la figura de don Quijote, quien se había levantado con el alba y se hallaba arrodillado en oración ante una cruz formada por dos ramas atadas con una cuerda.
—Escuchadme todos —dijo el comandante con voz ronca—. Esta mañana, al mediodía, un convoy del gobierno atravesará el puerto de Navacerrada. Lleva armas, municiones y víveres para la guarnición de Segovia. Son tres carretas escoltadas por una compañía de cazadores, unos cincuenta hombres.
Uno de los carlistas, un mozo barbilampiño que no tendría más de diecisiete años, escupió al suelo.
—Cincuenta contra trece. Buenas cuentas, mi comandante.
—Contra catorce —rectificó Esperanza, señalando a don Quijote—. El caballero ha pedido unirse a nosotros.
Una risa amarga recorrió el grupo. El hombre que había hablado antes, a quien llamaban el Chano, negó con la cabeza.
—¿Y qué hará ese loco? ¿Leerles un poema hasta que se rindan?
Don Quijote se puso en pie. La armadura, abollada y remendada con latas de conserva, chirrió al moverse. La celada, que había perdido el visor, dejaba ver sus ojos brillantes como ascuas en la penumbra del amanecer.
—Haré lo que siempre he hecho —respondió con una calma que sorprendió a todos—. Impartir justicia donde reina la tiranía, defender al débil contra el fuerte, y mostrar a estos siervos del progreso que el honor y la caballería aún tienen cabida en este mundo.
El Chano volvió a escupir, pero esta vez no dijo nada. El comandante Esperanza los miró a todos, uno por uno, como si grabara sus rostros en la memoria.
—Nosotros no luchamos por honor ni por poesía —dijo—. Luchamos porque no nos queda otra cosa. Porque el rey Carlos es la última esperanza de que este país no se convierta en una sucursal de Inglaterra. Porque el ferrocarril, las fábricas y los burgueses nos están robando el pan, la tierra y el alma. ¿Entendéis eso, don Quijote?
—Entiendo —respondió el caballero— que lucháis por la tradición, y yo también. Pero lucháis con odio, y yo lucho con amor. Vosotros queréis restaurar un rey; yo quiero restaurar un ideal. Vuestro rey morirá; mi ideal vivirá eternamente.
El comandante Esperanza guardó silencio un momento. Luego se volvió y comenzó a dar órdenes.
La marcha hacia el puerto de Navacerrada duró tres horas. El camino era una senda de cabras que serpenteaba entre rocas y matorrales, y los hombres avanzaban en silencio, con el fusil en ristre y la mirada fija en el horizonte. Don Quijote cabalgaba a Rocinante, que había sido alimentado con un puñado de cebada robada de una granja cercana, y Sancho Panza lo seguía a pie, refunfuñando entre dientes.
—Señor, ¿no podríamos dejar esta locura para otro día? —murmuró Sancho—. A mí me parece que estos hombres no son sino bandidos, y que lo que buscan no es la justicia sino el botín.
—Calla, Sancho —respondió don Quijote sin volverse—. Estos hombres son soldados de la causa justa, aunque no lo sepan. Luchan contra el dragón de hierro que devora nuestras tradiciones, contra el humo que envenena nuestras almas, contra la prisa que mata la cortesía. ¿Acaso no ves que el ferrocarril es la máquina del diablo?
—Lo que veo, señor, es que estos hombres tienen hambre, y que el hambre empuja a hacer cosas que de otra forma no se harían. Como yo, que por un plato de lentejas le sigo a usted hasta el fin del mundo.
Don Quijote sonrió, pero no dijo nada.
Llegaron al puerto cuando el sol estaba en su punto más alto. Desde lo alto de una loma, el comandante Esperanza divisó el camino que serpenteaba valle abajo. Allí, como una procesión de hormigas, avanzaban las tres carretas del convoy, custodiadas por soldados con uniformes azules y bayonetas caladas. El viento traía el sonido de los cascos de los caballos y el chirrido de las ruedas.
—Ahí están —dijo el comandante—. Preparaos. Cuando yo dé la señal, cargaremos.
Los hombres se distribuyeron entre las rocas, buscando cobertura. Don Quijote, sin embargo, se mantuvo erguido sobre Rocinante, visible desde el camino como una estatua ecuestre en un paisaje de piedra y retama.
—Señor —dijo Sancho, tirando de la capa del caballero—, agáchese, que lo van a ver.
—Que me vean —respondió don Quijote—. Que sepan que un caballero andante les sale al paso. Que tiemblen ante la justicia.
El comandante Esperanza se acercó a él, maldiciendo entre dientes.
—O se agacha o lo matan antes de que empecemos —siseó—. Esta no es una justa, caballero. Esto es una guerra.
—Todas las guerras son justas cuando la causa es justa.
El comandante lo miró con una mezcla de exasperación y algo que podría haber sido admiración.
—Haga lo que quiera —dijo—. Pero cuando empiecen los disparos, no espere que nadie venga a salvarle.
Dicho esto, se retiró a su puesto, dejando a don Quijote solo en lo alto de la loma.
El convoy se acercaba lentamente. Los soldados, al divisar la silueta del caballero, detuvieron la marcha. Uno de los oficiales, un teniente bigotudo con un kepí galoneado, alzó un catalejo y observó a don Quijote.
—¿Qué es eso? —preguntó a su sargento.
—Parece un hombre a caballo, mi teniente. Un paisano, quizá.
—¿Un paisano con armadura? Esto no me gusta. Preparad los fusiles.
Los soldados formaron en línea, con las bayonetas apuntando hacia la loma. Las carretas se detuvieron, y los conductores se agacharon tras ellas, buscando protección.
El comandante Esperanza, oculto entre las rocas, observaba la escena. Su plan era simple: esperar a que el convoy estuviera lo suficientemente cerca para que sus hombres pudieran disparar con precisión, y luego cargar mientras los soldados se rehacían del impacto. Pero don Quijote, con su impaciencia caballeresca, estaba a punto de arruinarlo todo.
—¡Oh, viles siervos del progreso! —gritó don Quijote, alzando su lanza—. ¡Deteneos, o enfrentad la furia de un caballero andante!
El teniente, que había oído hablar de las hazañas del Quijote en Madrid, sonrió con incredulidad.
—Es ese loco —dijo—. El que atacó la locomotora. No nos preocupemos por él. Avanzad.
Los soldados reanudaron la marcha, pero manteniendo las armas preparadas. Don Quijote, viendo que no le hacían caso, espoleó a Rocinante y comenzó a descender la loma al galope.
—¡Por Dios y por la tradición! —gritó—. ¡Por la justicia y por el honor!
El comandante Esperanza maldijo y dio la orden de disparar. Una docena de fusiles estallaron al unísono, y los soldados del gobierno, sorprendidos, se desplegaron para cubrirse. La balacera comenzó.
Pero don Quijote no se detuvo. Su carga era temeraria, absurda, hermosa. Rocinante, que había visto más batallas de las que cualquier caballo de su edad podía recordar, galopaba con una energía que parecía sobrenatural, y el caballero, con la lanza en ristre, se dirigía directamente hacia el centro del convoy.
Fue entonces cuando lo vio.
Entre las carretas, cubierto con una lona, había un cañón de montaña. Un pequeño obús de bronce, con su boca negra apuntando hacia la loma. Los soldados, al ver la carga del caballero, se apresuraron a desplegarlo, y un artillero comenzó a cargarlo con metralla.
Don Quijote, sin embargo, no vio un cañón. Vio un gigante. Un gigante de bronce y hierro, con un ojo negro y humeante, que escupía fuego y muerte. Un gigante al servicio del dragón de hierro, del progreso, de la tiranía.
—¡Gigante maldito! —gritó, cambiando el rumbo de su carga—. ¡Prepárate a morir a manos de un caballero andante!
Sancho, que observaba desde la loma, se llevó las manos a la cabeza.
—¡Señor, eso no es un gigante, es un cañón! —gritó—. ¡No se acerque!
Pero don Quijote no oyó, o no quiso oír. Espoleó a Rocinante con más fuerza, y el pobre animal, que ya no tenía fuerzas para protestar, obedeció.
Los soldados, al ver al caballero cargando directamente contra el cañón, se detuvieron, incrédulos. El artillero, un hombre de rostro curtido por el humo y la pólvora, observó la escena con una mezcla de asombro y lástima.
—Es un loco —dijo—. No disparen.
—¡Disparen! —ordenó el teniente—. Es el enemigo.
El artillero obedeció. Aplicó la mecha, y el cañón rugió.
El estallido fue ensordecedor. La metralla, una lluvia de bolas de hierro y clavos, barrió la ladera. Don Quijote, que estaba a menos de cincuenta pasos, sintió el impacto como un mazazo en el pecho. La armadura, que había resistido molinos y leones, se abrió como una flor de metal. Rocinante, herido de muerte, se derrumbó, lanzando a su jinete contra el suelo.
El silencio que siguió al disparo fue más terrible que el ruido. Los carlistas, que habían estado intercambiando disparos con los soldados, se detuvieron. Los soldados, también. Todos miraron hacia el cuerpo inmóvil del caballero, tendido entre las rocas, con la armadura destrozada y la sangre manchando la tierra.
Sancho, sin pensar, sin medir el peligro, salió de su escondite y corrió hacia su amo. Las balas silbaban a su alrededor, pero él no las veía, no las oía. Solo veía el cuerpo de don Quijote, inerte, y sentía un vacío en el pecho que no había sentido desde que murió su madre.
—¡Señor! —gritó, arrodillándose junto a él—. ¡Señor, no me deje!
Don Quijote abrió los ojos. La sangre manaba de una herida en el costado, donde un trozo de metralla había perforado la armadura. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos, esos ojos que veían gigantes donde otros veían molinos, seguían brillando con una luz tenue.
—Sancho... —murmuró—. ¿He vencido al gigante?
—Sí, señor —mintió Sancho, con lágrimas en los ojos—. Lo ha vencido. Ahora tiene que descansar.
—No... no puedo descansar... La batalla continúa...
—La batalla ha terminado, señor. Mire, los soldados huyen.
Era mentira, pero don Quijote no podía verlo. Los carlistas, viendo que la situación se volvía insostenible, se estaban retirando, dejando atrás a sus muertos y heridos. El comandante Esperanza, con el rostro ensangrentado por un rasguño de bala, dio la orden de retirada.
—¡A la sierra! —gritó—. ¡Volved al campamento!
Los hombres obedecieron, desapareciendo entre las rocas como fantasmas. El Chano, al pasar junto a Sancho, lo miró un momento.
—Déjalo —dijo—. No podemos llevarlo. Nos retrasará.
—Lárgate —respondió Sancho—. Yo me encargo de mi amo.
El Chano dudó un instante, pero luego se encogió de hombros y siguió a los demás.
Sancho se quedó solo, arrodillado junto a don Quijote, mientras los soldados del gobierno se acercaban lentamente, con las bayonetas caladas. El teniente, al ver al caballero herido, hizo un gesto para que se detuvieran.
—¿Está muerto? —preguntó.
—No —respondió Sancho—, pero poco le falta.
El teniente se acercó y observó a don Quijote. La armadura destrozada, la sangre, la lanza rota. Negó con la cabeza.
—Es el loco de Madrid. El que atacó el tren. ¿Qué demonios hace aquí?
—Luchando por lo que cree —respondió Sancho—. Que es más de lo que puede decir usted.
El teniente lo miró, sorprendido por la respuesta. Luego suspiró.
—Lleváoslo. Que un médico lo vea. No quiero que muera aquí, en medio de esta mierda.
Los soldados levantaron a don Quijote con cuidado, sorprendentemente cuidados, y lo colocaron sobre una de las carretas. Sancho, que había recuperado a Rocinante, que yacía muerto a unos pasos, tomó las riendas y siguió a la carreta, sin dejar de mirar a su amo.
El viaje de vuelta a Madrid fue largo y silencioso. Don Quijote, que había recuperado el conocimiento a ratos, deliraba entre fiebre y visiones. Hablaba de Dulcinea, de gigantes, de encantadores, de la cueva de Montesinos. Sancho, sentado junto a él, le secaba el sudor de la frente y le daba agua, aunque el caballero apenas podía beber.
—Señor —dijo Sancho en un momento de lucidez—, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué cargó contra ese cañón?
Don Quijote lo miró con sus ojos brillantes, y una sonrisa se dibujó en sus labios resecos.
—Porque era un gigante, Sancho. Y los gigantes deben ser derrotados.
—Pero no era un gigante, señor. Era un cañón. Un trozo de metal.
—Para ti, quizá. Pero yo vi lo que tú no pudiste ver. Vi su corazón de hierro, su aliento de fuego, su alma de humo. Vi al enemigo, Sancho. Y le planté cara.
Sancho negó con la cabeza, pero no dijo nada. ¿Qué podía decir? Su amo estaba loco, sí, pero también era el hombre más valiente que había conocido. Y quizá, pensó Sancho, en un mundo donde todo era mentira, donde los ricos robaban a los pobres y los poderosos aplastaban a los débiles, quizá la locura de don Quijote era la única cordura posible.
Llegaron a Madrid al anochecer. Las calles estaban desiertas, y el silencio solo se rompía por el ladrido lejano de un perro. La carreta se detuvo frente a la casa de don Quijote, y Sancho, con la ayuda de la sobrina y el ama, llevó al caballero a su cama.
El médico, un hombrecillo calvo y nervioso, examinó la herida y negó con la cabeza.
—La metralla le ha perforado el pulmón —dijo—. No hay nada que hacer. Le queda una semana, quizá dos.
La sobrina rompió a llorar. El ama se santiguó. Sancho, sentado en una silla junto a la cama, tomó la mano de su amo y la apretó con fuerza.
—Señor —dijo—, no se vaya. Todavía tenemos muchas aventuras que vivir.
Don Quijote abrió los ojos. Su mirada, por un momento, fue clara y lúcida.
—No temas, Sancho —dijo—. Las aventuras nunca terminan. Solo cambian de forma.
Y dicho esto, cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo, mientras la noche caía sobre Madrid y el silencio se hacía más denso, más pesado, como si la ciudad entera contuviera el aliento, esperando el desenlace de aquella última batalla.
Capítulo 10: De cómo Don Quijote recobró el juicio y dictó su testamento
La habitación olía a cera derretida y a sudor de fiebre. En el cuartucho de Lavapiés, donde las moscas zumbaban perezosas contra los cristales empañados, Don Quijote yacía sobre un jergón de paja que apestaba a humedad. La ventana, mal cerrada, dejaba entrar el rumor lejano del ferrocarril que silbaba al partir de la estación de Atocha.
—¿Veis? —murmuró Sancho Panza, sentado en un taburete junto al lecho—. El dragón de hierro vuelve a rugir.
Don Quijote abrió los ojos. No eran los ojos del caballero andante, sino unos ojos cansados, de un hombre que ha visto demasiado y demasiado tarde. Miró la viga del techo, carcomida por la carcoma, y luego a Sancho.
—Sancho... —su voz salió quebrada, como un cántaro roto—. ¿Qué es ese ruido?
—El tren, señor. La locomotora que atacasteis en la estación.
Don Quijote guardó silencio. Sus dedos, largos y huesudos, recorrieron las sábanas de lino basto como quien busca asidero en una tempestad.
—No es un dragón —dijo al fin, con una claridad que heló la sangre de Sancho—. Es una máquina. Una máquina de hierro y vapor. Lo sé ahora.
Sancho se persignó. El ama, que entraba con un cuenco de caldo, dejó caer la loza al suelo, donde se hizo añicos.
—¡Señor! —exclamó Sancho—. ¿Qué decís?
—Digo la verdad, Sancho. La verdad que he negado durante tantos años que ya casi he olvidado cómo pronunciarla.
La noticia corrió por Lavapiés como un reguero de pólvora. El cura, que estaba en la taberna de enfrente discutiendo con un sacristán sobre la naturaleza del milagro de San Jenaro, llegó con los hábitos alborotados. La sobrina, que había salido a comprar aceite en la tienda de la esquina, entró llorando antes de que nadie la llamara. Sansón Carrasco, que merodeaba por el barrio disfrazado de vendedor de baratijas, se quitó el disfraz y subió las escaleras de dos en dos.
—Ha vuelto en sí —susurró el ama, secándose las lágrimas con el delantal—. Dice que todo fue locura.
El cura se acercó al lecho. Don Quijote lo miró con una lucidez que el clérigo no le había visto en treinta años.
—Padre —dijo—, deseo confesarme.
—Hijo mío —respondió el cura, sentándose junto a la cabecera—. ¿Qué os ha pasado?
—He visto la verdad —dijo Don Quijote, y su voz temblaba como una vela a punto de apagarse—. He visto que no hay gigantes, ni encantamientos, ni caballeros andantes. Solo hombres. Hombres que trabajan, que sufren, que mueren. Hombres que construyen máquinas para viajar más deprisa, no para esclavizar a nadie. He visto que el ferrocarril no era un dragón, sino un invento. He visto que los carlistas no eran defensores de la fe, sino ambiciosos que usaban la religión para sus fines. He visto que yo... yo he sido un loco.
Sancho se levantó del taburete y se acercó a la ventana. No quería que nadie viera sus lágrimas.
—No digáis eso, señor —dijo sin volverse—. Vuestras aventuras eran hermosas.
—Eran mentiras, Sancho. Mentiras que me inventé para no ver la realidad. Para no ver que soy un hidalgo pobre, que mi hacienda se ha ido en libros de caballerías, que he desperdiciado mi vida persiguiendo quimeras mientras el mundo seguía su curso.
La sobrina sollozaba en un rincón. El ama se había sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos.
—¿Y Dulcinea? —preguntó Sansón Carrasco desde la puerta.
Don Quijote sonrió. Una sonrisa triste, como un rayo de sol en un día nublado.
—Dulcinea no existe, señor Carrasco. Es una labradora del Toboso, una moza de buen talle pero de manos ásperas, que nunca supo que yo la había convertido en princesa. Ella vive su vida, ajena a mis delirios. Esa es la verdad.
—Pero vuestros discursos... —insistió Sansón—. Vuestra elocuencia...
—Era la elocuencia de la locura, amigo mío. Un hombre puede ser muy elocuente y estar muy loco. De hecho, creo que la elocuencia es a menudo el disfraz de la demencia.
El cura le tomó la mano.
—Hijo, no os atormentéis. Todos hemos cometido errores.
—Errores, padre, no. Pecados. He pecado de soberbia al creerme elegido para restaurar un mundo que nunca existió. He pecado de ira al atacar a inocentes creyéndolos enemigos. He pecado de vanidad al buscar fama y gloria en lugar de virtud y humildad.
—Dios perdona todo —dijo el cura.
—Lo sé. Pero yo no me perdono a mí mismo.
Se hizo un silencio largo, roto solo por el tictac de un reloj de pared que nadie recordaba haber visto antes.
—Sancho —llamó Don Quijote.
Sancho se volvió. Tenía los ojos enrojecidos.
—Decid, señor.
—Acercaos.
Sancho obedeció. Se arrodilló junto al lecho, y Don Quijote le puso la mano en el hombro.
—Sancho, amigo mío, fiel escudero. Os he prometido una ínsula durante todos estos años. Os he hecho creer que seríais gobernador, que tendríais riquezas, que vuestra familia viviría en la abundancia. Todo fueron mentiras.
—No importa, señor.
—Sí importa. Os he engañado, y por ese engaño os pido perdón. No tengo ínsula que daros. No tengo dinero. No tengo nada. Solo este cuerpo que se apaga y esta conciencia que despierta demasiado tarde.
Sancho apretó la mandíbula.
—Señor, no necesito vuestra ínsula. Necesito que viváis.
—No viviré, Sancho. Lo sé. Y quiero que sepáis que, de todo lo que hice en mi locura, lo único que no lamento es haberos tenido a mi lado. Vos fuisteis real. Vos fuisteis verdadero. Vos, con vuestros refranes y vuestro miedo y vuestra lealtad, fuisteis lo único auténtico en mi mundo de fantasmas.
Sancho rompió a llorar. Lloraba como un niño, con sollozos que sacudían todo su cuerpo.
—Señor, no me dejéis solo.
—No os dejo, Sancho. Me voy, pero no os dejo. Os dejo mi recuerdo, que espero no sea demasiado pesado de llevar.
El cura se aclaró la garganta.
—Don Quijote, ¿deseáis hacer testamento?
—Sí, padre. Que llamen a un escribano.
El escribano llegó una hora después, un hombrecillo menudo con gafas de alambre y un tintero colgando del cinturón. Traía papel sellado y pluma de ganso.
—Don Alonso Quijano —dijo el escribano, sentándose frente al lecho—, procedamos.
Don Quijote cerró los ojos un momento, como recogiendo fuerzas.
—Primero —dijo—, declaro que mi juicio ha vuelto. Reconozco que todo lo que he hecho en estos años ha sido fruto de la locura. Pido perdón a la reina Isabel II por haber atentado contra su autoridad. Pido perdón al gobierno de Su Majestad por haber incitado a la rebelión. Pido perdón a todos aquellos que herí en mi delirio.
—¿Os referís a los soldados que atacasteis en la estación de Atocha? —preguntó el escribano.
—A ellos, y a todos. A los carlistas, que usé para mis fines sin entender los suyos. A los periodistas, que me tomaron por loco y tenían razón. A los vecinos de Lavapiés, que me siguieron creyendo en mis mentiras.
El escribano anotaba con rapidez.
—En cuanto a mis bienes —prosiguió Don Quijote—, vendo mi biblioteca. Todos los libros de caballerías, que fueron mi perdición. Que el dinero se reparta entre los pobres de este barrio, que tantas veces me dieron cobijo y comida sin pedir nada a cambio.
—¿Y vuestra casa? —preguntó la sobrina.
—La casa, sobrina mía, es para vos. Con una condición.
—¿Cuál? —preguntó ella, secándose las lágrimas.
—Que no vendáis ni uno solo de los libros que quedan. Que los queméis todos. Que no quede rastro de esa literatura que me robó el juicio.
—Pero tío...
—Es mi última voluntad. Quiero que mi muerte sirva para algo. Que ningún otro hidalgo pierda la cabeza leyendo disparates.
El escribano anotó la cláusula.
—¿Y para Sancho? —preguntó el cura.
Don Quijote miró a su escudero. Sancho seguía arrodillado, con la cabeza gacha.
—Para Sancho Panza, mi fiel amigo, dejo mi espada. No vale nada, pero es lo único que tengo. Y le dejo también mi bendición, que vale más que todas las ínsulas del mundo.
Sancho levantó la cabeza.
—Señor, vuestra espada es todo lo que necesito.
—No, Sancho. No la uséis para pelear. Colgadla en la pared, y cuando la miréis, recordad que un hombre puede ser muchas cosas, pero que lo más importante es ser fiel a sí mismo. Yo no lo fui. Vos sí.
El escribano terminó de anotar. Don Quijote pidió agua. El ama se la dio en un vaso de barro, y él bebió con dificultad.
—Ahora, padre —dijo—, deseo recibir la extremaunción.
El cura asintió. Mientras preparaba los óleos, Don Quijote llamó a Sansón Carrasco.
—Señor Carrasco —dijo—, sé que vos sois el bachiller Sansón Carrasco, y que muchas veces os disfrazasteis para burlaros de mí. No os guardo rencor. Al contrario. Os agradezco que me dierais batalla, aunque nunca pudisteis vencerme del todo.
Sansón sonrió con tristeza.
—Es verdad. Nunca pude venceros. Vuestra locura era más fuerte que mi razón.
—La locura siempre es más fuerte que la razón, amigo mío. Por eso es tan peligrosa. Pero ahora la razón ha ganado. Y duele más que todas las lanzas que recibí.
La extremaunción se administró en silencio. Don Quijote recibió los óleos con devoción, murmurando oraciones que hacía años no recordaba.
Cuando terminó, pidió que abrieran la ventana. Quería ver el cielo.
El ama obedeció. La luz de la tarde entró en la habitación, iluminando el rostro demacrado de Don Quijote. Las moscas salieron volando.
—El cielo está despejado —dijo—. Como debería estar siempre.
—Señor —dijo Sancho—, ¿queréis que os lea algo? ¿Las Escrituras, quizás?
—No, Sancho. No quiero leer nada. Quiero escuchar. Contadme algo de vuestra aldea. De vuestra mujer, de vuestros hijos.
Sancho se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared.
—Pues veréis, señor. Mi mujer, Teresa, ha plantado berzas este año. Y mi hija, Sanchica, ha aprendido a hacer queso. Un queso de cabra que sabe a gloria.
—¿A gloria? —sonrió Don Quijote—. Eso es bueno. La gloria terrenal es la única que existe, Sancho. La otra, la de los caballeros, es una invención.
—No digáis eso, señor. Vuestras hazañas fueron reales para mí.
—Fueron reales porque vos creísteis en ellas, Sancho. Eso es lo que hace real algo: que alguien crea en ello. Pero ahora ya no creo yo, y por eso se han desvanecido.
Cayó la noche. Encendieron velas. La habitación se llenó de sombras danzantes.
Don Quijote fue perdiendo fuerzas. Su respiración se hizo más lenta, más difícil. A veces abría los ojos y miraba a los presentes, como reconociéndolos uno por uno.
—Sancho —dijo en un susurro—. ¿Recordáis aquella vez que atacamos los molinos?
—Sí, señor. Los confundisteis con gigantes.
—No los confundí, Sancho. Los vi como gigantes. Los vi con tanta claridad como ahora veo estas paredes. Esa es la tragedia de la locura: que lo falso se vuelve más real que lo verdadero.
—Pero fue hermoso, señor. Veros cabalgar contra aquellos molinos, con la lanza en ristre, desafiando al viento... fue hermoso.
—Fue hermoso porque vos lo hicisteis hermoso, Sancho. Vos, con vuestra fe en mí, convertisteis mis disparates en poesía.
El reloj de pared dio las diez. La sobrina se había quedado dormida en una silla. El ama rezaba el rosario en voz baja.
—Padre —dijo Don Quijote—, acercaos.
El cura se acercó.
—¿Qué deseáis, hijo?
—Que leáis mi testamento en voz alta. Quiero que todos oigan mis últimas voluntades.
El escribano sacó el documento y leyó. La voz del hombrecillo resonó en la habitación, monótona como un sermón. Cuando terminó, Don Quijote asintió.
—Ahora —dijo—, quiero que sepáis que muero en paz con Dios y con los hombres. Que no guardo rencor a nadie. Que perdono a todos los que me hicieron daño, y pido perdón a todos los que yo dañé.
—Así sea —dijo el cura.
—Y quiero que sepáis —prosiguió Don Quijote, con voz cada vez más débil— que si alguna vez fui algo en este mundo, fue gracias a vosotros. A Sancho, que me siguió sin preguntar. A mi sobrina, que me cuidó cuando nadie más lo hacía. Al ama, que me soportó en mis peores momentos. Al padre, que me dio la fe que había perdido. A todos, gracias.
Hizo una pausa. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo.
—Y a la reina Isabel —añadió—, de quien tanto hablé mal, le pido perdón. Ella gobierna como puede, en un tiempo difícil. Yo no tenía derecho a juzgarla.
Sancho se levantó y se acercó al lecho. Tomó la mano de Don Quijote.
—Señor, no os vayáis.
—Tengo que irme, Sancho. Todos tenemos que irnos. Pero recordad: no busquéis ínsulas. No busquéis glorias. Buscad lo sencillo. El pan de cada día. El amor de los vuestros. Eso es lo único que importa.
—Lo recordaré, señor.
Don Quijote sonrió. Una sonrisa tenue, como un eco de lo que fue.
—Y una cosa más, Sancho. Cuando muráis, no dejéis que os entierren con honores de caballero. Enterradme como a un hombre. Como a un hombre que al final supo quién era.
—Así lo haré, señor.
Don Quijote cerró los ojos. Su respiración se hizo más lenta, más superficial. El reloj dio las once.
—Señor —dijo Sancho—, ¿queréis que recemos?
—Rezad vos, Sancho. Yo... yo ya no tengo fuerzas.
Sancho se arrodilló y comenzó a rezar el Padrenuestro. Su voz, ronca por el llanto, llenó la habitación. Los demás se unieron, uno tras otro.
Cuando llegaron al "Amén", Don Quijote había dejado de respirar.
Sancho se inclinó sobre el cuerpo y le besó la frente.
—Adiós, señor —dijo—. Adiós, caballero de la Triste Figura. Adiós, Don Quijote de la Mancha.
El cura cerró los ojos del difunto. El ama encendió un cirio. La sobrina lloraba en silencio.
Sancho se levantó y fue a la ventana. La noche estaba estrellada. En lontananza, se oyó el silbido del ferrocarril que partía hacia el norte.
—No era un dragón —murmuró Sancho—. Era un tren. Siempre fue un tren.
Y entonces, por primera vez en muchos años, Sancho Panza supo que ya no creería en ínsulas. Que ya no esperaría gobiernos ni riquezas. Que lo único que valía la pena era aquello que había tenido siempre: su mujer, sus hijos, su aldea.
Y el recuerdo de un loco que le enseñó a ver gigantes donde solo había molinos.
Afuera, en las calles de Lavapiés, la vida seguía su curso. Los vendedores pregonaban sus mercancías. Los niños jugaban a la pelota. Los soldados patrullaban las esquinas. El mundo seguía girando, indiferente a la muerte de un hombre que había querido cambiarlo.
Pero en una habitación pequeña, iluminada por velas, un grupo de personas velaba el cuerpo de Don Quijote. Y en ese velatorio, entre lágrimas y oraciones, algo había cambiado. Algo que no se veía, pero que se sentía.
Como si, al morir el loco, hubiera nacido algo nuevo.
Algo que aún no tenía nombre.
Sancho se volvió hacia el cuerpo de su señor. Tomó la espada que colgaba de la pared, la que Don Quijote le había legado, y la sostuvo entre las manos.
—No pelearé con vos —dijo—. Os colgaré en mi casa, y cuando mire a vos, recordaré que un hombre puede ser muchas cosas. Pero que lo más importante es ser fiel a sí mismo.
Y mientras la noche avanzaba sobre Madrid, Sancho Panza supo que nunca volvería a ser el mismo.
Porque había amado a un loco.
Y ese amor lo había cambiado para siempre.
FIN