Victor Hugo (Besanzón, 1802 – París, 1885) fue un poeta, novelista y dramaturgo francés, jefe de filas del romanticismo, autor de Los miserables y Nuestra Señora de París, y algo más que un escritor: durante medio siglo fue la conciencia pública de Francia, y su funeral de Estado, con dos millones de personas acompañando el féretro hasta el Panteón, sigue siendo la mayor despedida que una nación ha dado a un hombre de letras.
Hijo de un general de Napoleón, fue un prodigio precoz: a los veinte años ya cobraba pensión real por sus odas. El prefacio de su drama Cromwell (1827) fue el manifiesto del romanticismo francés, y el estreno de Hernani (1830), con su batalla campal entre clásicos y románticos en el teatro, la victoria de la nueva escuela. Nuestra Señora de París (1831) —Quasimodo, Esmeralda y la catedral— lo consagró como novelista y de paso salvó la catedral real, cuya restauración impulsó la novela. En paralelo construyó la obra poética más vasta del siglo francés, de Las hojas de otoño a Las contemplaciones (1856), escritas tras la muerte de su hija Léopoldine, ahogada en 1843: la herida central de su vida.
La política lo partió en dos. Par de Francia bajo la monarquía, evolucionó hacia la república y, tras el golpe de Estado de Luis Napoleón (1851), eligió el exilio: casi veinte años en Bruselas, Jersey y Guernesey, desde donde fulminó al «Napoleón el pequeño» y escribió sus cimas: Los castigos, Las contemplaciones, La leyenda de los siglos y Los miserables (1862), la epopeya de Jean Valjean que fue un acontecimiento editorial mundial y sigue siendo, vía teatro musical y cine, una de las historias más contadas del planeta. Volvió a París con la república en 1870, convertido en patriarca nacional, senador y abuelo laico de Francia.
Murió en 1885. Su legado es doble: literario —la novela total, el verso torrencial, personajes convertidos en mitos universales— y cívico: el abolicionista de la pena de muerte, el defensor de los pobres y de los «Estados Unidos de Europa» cuya voz sigue citándose en los parlamentos. Como resumió su testamento: «Doy mi manuscrito a las bibliotecas y mi cuerpo a la tierra; rechazo la oración de todas las iglesias; pido una oración a todas las almas».
Victor Hugo despliega una voz narrativa omnisciente y profundamente intrusiva, que no se limita a relatar sino que filosofa, juzga, contextualiza históricamente y se sumerge en la conciencia más íntima de sus personajes. Esta perspectiva oscila constantemente entre lo panorámico y lo microscópico, entre la epopeya colectiva y el drama psicológico individual. El tono resultante es una mezcla única de solemnidad épica, patetismo conmovedor, ironía mordaz y un lirismo que puede ser tanto tierno como apocalíptico. La atmósfera que genera es densa, cargada de simbolismo, donde la miseria material y…
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