Dublineses (1914) reúne quince relatos escritos en su mayoría entre 1904 y 1907, cuando Joyce tenía poco más de veinte años, y publicados tras una odisea editorial de nueve años: dos editores contratados (Grant Richards en 1906, Maunsel en Dublín en 1909) se echaron atrás por miedo a demandas —los relatos nombraban comercios reales, usaban «bloody» y aludían sin reverencia al rey Eduardo VII—, una edición entera llegó a imprimirse y destruirse en 1912, y el libro solo apareció, de nuevo con Richards, en junio de 1914, gracias en parte a la presión pública de Ezra Pound.
El programa lo dejó escrito el propio Joyce en sus cartas: escribir «un capítulo de la historia moral de mi país», eligiendo Dublín como escenario «porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis», con una prosa de «escrupulosa mezquindad» que registra sin comentario. Los quince relatos se ordenan como una vida: infancia («Las hermanas», que abre el libro con las palabras «parálisis», «gnomon» y «simonía» como diapasón; «Un encuentro»; «Araby», el niño que llega tarde al bazar donde quería comprar un regalo y descubre la vanidad de su deseo), adolescencia y juventud («Eveline», paralizada en el muelle, incapaz de embarcar con su prometido; «La casa de huéspedes»; «Dos galanes»), madurez («Una nubecilla»; «Duplicados», de la humillación de oficina a la paliza al hijo; «Arcilla»; «Un caso doloroso», el celibato como forma de muerte) y vida pública («El día de la hiedra en el comité», elegía política de Parnell; «Una madre»; «Gracia»). Cierra el volumen «Los muertos», escrito en 1907 y unánimemente considerado uno de los mejores relatos jamás escritos: la fiesta de Nochebuena de las señoritas Morkan, el discurso de Gabriel Conroy, y la revelación final —su mujer, Gretta, llora por Michael Furey, el muchacho que murió de amor por ella a los diecisiete años— que disuelve la vanidad de Gabriel en la visión de la nieve cayendo «sobre todos los vivos y los muertos».
Cada relato culmina en lo que Joyce llamó una «epifanía»: el instante en que un gesto trivial revela una vida entera, casi siempre una vida atrapada. Nada sobra y nada se subraya: el punto de vista se adhiere a cada personaje hasta contaminar el vocabulario del narrador (la técnica que la crítica llamaría «uncle Charles principle»), y el conjunto funciona como una novela coral de la parálisis irlandesa: religión rutinaria, política en duelo por Parnell, emigración imposible, alcohol y decoro. Con este libro el relato moderno cambió de naturaleza: la trama cede el centro al matiz, y el sentido, al lector.